Full text: Los dos hermanos

  
  
  
  
  
di : LOS DOS HERMANOS. 
había emprendido la fuga y que Luís Felipe de 
Orleans acababa de ser nombrado regente del 
reino. Casi á compás, se supo también que nues- 
tro obispo Forbin Janson había sido expulsado de 
Nancy y que el populacho había saqueado su pa- 
lacio. Dos días después de estas terribles noticias 
se desencadenó el furor en Chaumes entre cuyos 
montañeses reinaba la mayor efervescenciá. 
Yo, como es natural, no me moví de la escuela 
ni abrí el pico para nada de cuanto á política se 
refería. Al contrario, más hubiera querido poder 
cerrar puerta y ventanas, que no verme obligado 
á tener abierta la o e tres cuartas partes 
de cuyos bancos permanecían vacíos. 
En esto empezaron á correr rumores de que 
los de Dabo se dirigían hacia el lugar para impo- 
ner condiciones respecto la propiedad de los bos- 
ques. Efectivamente, á poco aparecieron en la 
cuesta frontera centenares de hombres, mujeres 
y niños, armados con fusiles, horquillas y hachas, 
y tomaron por la hondonada de Chenevieres. Die- 
ron las diez, y en vista del mal cariz que tomaban 
las cosas, despedí á mis discípulos, recomendán- 
doles que sin pérdida de tiempo se encaminasen 
á sus casas, y cerré la puerta después de hacer 
subir á Pablo y Julita al cuarto de arriba. 
La vanguardia de los montañeses entraba ya 
por uno de los extremos de Chaumes. 
—¡Abajo los guarda bosques! gritaban con voz 
estertórea; ¡abajo los tribunales! ¡Mueran los cu- 
ras! ¡Mueran los aforadores N los recaudadores! 
¡Nosotros somos los amos! ¡El bosque es nuestro! 
¡Viva Lafayette! 
Y vociferando se encaminaron á casa del guarda 
general, donde quemaron todos los legajos, igno- 
rando, infelices, que en el tribunal de Sarreburgo 
existian las copias de todos los procesos contra 
ellos incoados. 
Hacía un calor bochornoso; yo, colocado detrás 
de las persianas, les veía cruzar la calle. 
Mi mujer temblaba como la hoja en el arbol; 
mas como afortunadamente el encono de los amo- 
tinados no tenía más objetivo que el guarda ge- 
neral, procuré tranquilizarlacomo pude, diciéndole 
que nunca los amotinados atacaron á ningún 
maestro de escuela. Pablo y Julia estaban acurruca- 
dos en un rincón, con los ojos desencajados y fijos 
en mí, y me escuchaban con ansia. Yo, haciendo 
de tripas corazón, aparentaba la mayor impasibi- 
lidad, sin embargo de que á cada porrazo que los 
amotinados descargaban en las puertas se me su- 
bía el corazón á la garganta. : 
Mucho rato hacía que habían dado las doce y 
ninguno de nosotros pensaba en comer. Sin em- 
bargo, al dar las tres me animé á entreabrir un 
ostigo y ví que los revoltosos se encaminaban 
pe la montaña, parte de ellos borrachos, dando 
desaforados gritos. : 
Cuando ya no quedó uno en Chaumes, mi mu- 
jer, algo tranquilizada, puso la mesa y comimos 
con escaso anota, Luego, sintiendo aguijón de 
saber lo que había ocurrido en el lugar, me salí 
de casa. 
La madre de nuestro vecino Bouveret hilaba 
tranquilamente á la puerta de la calle, según su 
costumbre, y al verme exclamó toda alborozada: 
—Nada tema V., señor Florencio; ya se han 
ido. ¡Qué irrupción! - 
Y sin hacerse de rogar, me refirió de pe á pa 
los destrozos que los montañeses habían come- 
tido en casa del guarda general Botte, quien avi- 
sado á tiempo pues atravesar el Sarre y ponerse 
en salvo en el bosque de las Barracas. 
Nuestro alcalde Rantzau, que se presentó ante 
los montañeses para poner coto al saqueo, fué in- 
sultado y golpeado, y gracias como pudo esca- 
par vivo de manos de aquellos furiosos. 
Jaime Rantzau había salido de su casa álas dos, 
después de haber repartido, en el patio, á los ca- 
bezas de motín, cerveza y queso y prometídoles 
escribir á Lafayette para que les restituyese sus 
derechos, con lo que consiguió que se volviesen 
á sus hogares. 
Esto me contó la abuela Bouveret. . 
Sin embargo de que los de Dabo se habían ido, 
podían volver, y francamente, maldito el gusto' 
que nos daba semejante alternativa. Por fortuna, 
empero, Luís Felipe fué inmediatamente procla- 
mado rey de Francia por los mismos diputados 
de la Cámara que Carlos X quería disolver, y to- 
dos cuantos estuvieron á pique de verse encarce- 
lados quince días antes, recibieron recompensas. 
El señor Jaime, por su parte, recibió el nombra- 
miento de alcalde, y el droguero Claudel obtuvo 
un estanco. 
Al saber estos nombramientos, temi por mi em- 
pleo en la alcaldía; pero el señor Jaime, que se 
acordó de la amistad que me unía á su hijo, me 
hizo llamar, y en presencia del concejo en pleno 
me dijo que un hombre pacífico, instruido y es- 
clavo del deber como yo era, merecía un aumento 
de sueldo y que por lo tanto iba á solicitarlo in- 
mediatamente. 
Júzguese, pues, dep peso se me quitó de encima 
al oír al nuevo alcalde, á quien dí como pude y 
supe las más expresivas gracias por el interés 
que acababa de demostrarme. Poco tiempo des- 
pués, y muy oportunamente por cierto, me au- 
mentaron el sueldo en cien francos. 
Los montañeses, que creían que bastaba su vo- 
luntad para dar rienda á sus deseos, empezaron 
á talar los bosques del Estado; mas corrigiéron= 
los pronto mandando allá una partida de tropa y 
algunos nacionales. 
En esta ocasión el señor Jaime demostró gran 
presencia de ánimo, encaminándose solo á Dabo, 
-para comunicar á los rebeldes que de continuar 
en su Obra: de destrucción, la mayor parte de 
ellos corría riesgo de arrastrar grillete. Mas como. 
no, quisieron dar crédito á sus palabras y prosi- 
guieron cortando y derribando, las tropas, los 
milicianos y los guarda bosques prendieron á los : 
delincuentes y los trasladaron á Nancy, en cuyas 
cárceles pasaron más de un año, trascurrido el 
cual los promovedores del motín pasaron á los 
residios de Brest y Tolón, y dejaron libres á - 
OS demás, que al verse totalmente arruinados se 
convirtieron sucesivamente en cazadores furti- 
vos y contrabandistas y por fin pararon en la- 
drones. : 
¡Esta es la sociedad! 
En aquel tiempo los curas eran perseguidos 
como perros por el populacho. 
—¡Ah! señor Florencio, me decía el párroco 
Jannequin. ¡Qué yerro! ¡qué lección! Cuando la 
ambición hace servir de escabel á la religión; 
cuando á ésta la convierten en instrumento de 
embrutecimiento y de esclavitud para el pueblo, 
entonces las más espantosas reacciones quedan 
justificadas. 
IX. 
Después de las sacudidas sociales de que he 
hecho mérito y por espacio de algunos años, na- 
die pensó más que en enriquecerse. Hasta en el 
riñón de las montañas dejaron de celebrarse las 
antiguas ferias en las que las mujeres proveían, 
por haberlas hecho inútiles ya la nube de via- 
jantes que de París, Nancy y Estrasburgo acu- 
  
  
  
 
	        
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