Full text: El marido de dos mujeres

EL MARIDO DÉ DOS MUJERES. 15 
  
a 
—¡Bondad divina! ¡Sois vos, sois vos!.... 
xerardo, que ya se habia puesto en mareha, 
se detuvo estupefacto. 
—¿Me conoceis?—preguntó él. 
—¡Misericordia! replicó el personaje. ¿Si co- 
nozco al caballero Gerardo de Noyal? ¿Si le co- 
nozco? Si os he visto nacer..... y vos me cono- 
ceis tambien..... Tomaros la molestia de mirar- 
me con atencion y al puato tendré el honor de 
ser por vos reconocido. 
Y al mismo tiempo, desaciéndose de su largo 
fieltro, se cuadró delante de su interlocutor, los 
lábios sonrientes, los ojos iluminados de ter- 
nura. 
—Esperad, murmuró Gerardo despues de un 
segundo de examen—ó yó me engaño mucho. ó 
vOS seis Roberto Briquet. 
El personaje batió las palmas alegremente. 
—No os engañais—dijo él enseguida—Yo soy 
Roberto Briquet en persona. 
Y despues de un tono más grave, añadió: 
—Mayordomo del difunto conde Gontran de 
Noyal, vuestro hermano primogénito. 
—¡Mi hermano ha muerto! —exclamó Gerardo. 
—¡Hace seis meses, de la caida de un caba- 
llo, y sin posteridad! 
- —¡Dios haya acogido su alma! 
—Por un testamento bien en regla, prosiguió 
Roberto Briquet, el Condo dejaba todos sus bie- 
nes a vuestro Otro hermáno, el señor Vizconde, 
viudo, y padre de dos hijos, el cual tomó pose - 
sion del castillo guardándome á su servicio, y 
conservándome el título y las funciones de ma- 
yordomo.... 
. H¿Pero que habeis venido á hacer á París? 
interrumpió Gerardo, si ño es indiscrecion el 
preguntároslo. 
—He venido expresamente á buscaros. 
—¡A buscarme! —repitió el gentil-hombre,— 
¿hablais con seriedad? ] 
—0Obedezco las órdenes de mi señor el vizcon- 
de Amaury, hoy conde de Noyal. 
—¿Es que mi hermano se inquieta por mi 
suerte? 
—¿Si se inquieta? ¡el pobre señor! ¡ah, ya lo 
creo bien! En estos momentos, su más grande, 
su único deseo, es saber si vos, de quien no 
tiene él noticias hace ya cuatro años, os ha- 
llais en este mundo. 
—¿Y qué quiere de mi? 
—Quiere veros, pediros perdon de los disgus- 
tos que haya podido causaros, extrecharos, en 
fin, en sus brazos; así es que tengo la mision de 
conduciros, cuando os encuentre, al castillo de 
Noyal. 
—Pues no iré. 
—¡Misericordia! : 
——¿Qué voy á hacer en una morada que no es 
la mia, cerca de un hermano que me ha despre- 
clado? ¿Qué hay de comun entre nosotros, ex- 
Cepto el nombre? 
—Ese nombre, caballero vais á perpetuarlo. 
se castillo, esos vastos dominios, vais á.poseer- 
los en calidad de único heredero. 
¡Roberto Briquet, perdeis la cabeza! ¿Olvi- 
415 que mi hermano tiene dos hijos? 
¡DOS hijos que han muerto uno despues de 
otro en el espacio de seis meses! 
”-Y su padre atacado de una de esasenferme- 
  
  
dades cuyo fin se prevee, no le quedaba sino 
un sólo mes de vida, así lo pronosticó el facul- 
tativo, cuando yo le dejé hace quince dias. Ya 
veis que es preciso partir enseguida, porque es- 
tando vuestro hermano á dos dedos de la tumba, 
ya comprenderéis que él no testará hasta tener 
la seguridad de que vos le sobrevivis para dis- 
frutar de la herencia. 
vt 
LA PARTIDA . 
El hombre más bien templado que hubiera 
acabado de empeñar por veinte escudos su últi- 
ma alhaja, no dejaria de conmoverse profun- 
damente al saber de improviso que iba á ser 
rico. 
Gerardo se sometió á esta ley comun. 
El olvidó un instante los tesoros fabulosos, 
áun hipotéticos de la piedra filosofal , para no 
soñar sino en esta fortuna positiva y palpable 
que se le ofrecia, fortuna bien suficiente para la 
realizacion de sueños ménos ambiciosos é insen- 
satos que los suyos. 
El , el pobre hijo desheredado, de quien se 
habia querido, contra su voluntad , hacer un 
sacerdote, iba á ser el conde de Noyal, el último 
representante de una raza ilustre, y el dueño 
absoluto de vastos dominios. 
Gerardo sintió apoderarse de él una especie 
de vértigo. Púsose muy pálido y vaciló visible- 
mente sobre sus piés. 
—Ahora, dijo Roberto Ruiquet, el señor viz- 
conde me permitirá acompañarle á su habita- 
cion..... haremos el equipaje y en marcha, 
Gerardo, á quien no le extrañó verse ya salu- 
dado con a quel título, movió la cabeza en senti- 
do negativo. 
Acababa de acordarse de los sucesos ocurri- 
dos el dia anterior y de su amor á Hilda. 
—Pues qué, balbuceó Roberto Rriquet páli- 
do á su vez; ¿el señor Vizconde rehusará se- 
guirme? 
—No, respondió el gentil-hombre, yo no re- 
huso..... 0s acompañaré; pero hoy me es im- 
posible salir. 
—¿Cuándo, entónces? 
—Dentro (le tres dias. 
—¡De tres dias! ¡misericordia! repitió el ma- 
yordomo, ¡eso-es imposible! 
—Pero en fin, dijo despues de una ligera pau- 
sa, partirémos dentro de .»ese plazo, y haga el 
cielo que lleguemos á tiempo. 
Despues, echando una mirada discreta, aun- 
que investigadora, sobre el traje singularmente 
usado de Gerardo, continuó: 
—El señor Vizconde aprovechará esta demora 
para renovar sus prendas, 
—Cosa fácil de decir, replicó el gentil-hompre 
sonviendo. 
—El señor vizconde, ¿me permitirá dirigirle 
una pregunta? 
—Y dos, 
—¿Acaso tendrá suficientedinero?. .... 
—Me apresuro á añadir que no tengo gran 
cosa. La noche última, un incendio, del que no 
escapé sino por un milagro, se declaró en mi 
habitacion y consumió cuanto poseia, 
 
	        
© 2007 - | IAI SPK

Note to user

Dear user,

In response to current developments in the web technology used by the Goobi viewer, the software no longer supports your browser.

Please use one of the following browsers to display this page correctly.

Thank you.