Full text: El marido de dos mujeres

JAVIER DE MONTEPIN. 
EL MARIDO DE DOS MUJERES. 
PRIMERA PARTE, 
L. 
UNA BOHARDILLA "DE LA CALLE DE SAK 
HONORATO, 
El 30 de Agosto del año 1745, estaba á pun - 
to de llevarse á cabo uno de los sucesos más im- 
portantes del siglo décimo octavo. El Rey-Sol 
iba á apagarse, Luis el grande iba á desaparecer 
del mando, sobre el que tanto tiempo habia des: 
pedido rayos su gloria imperecedera, 
El dia 34 comenzo la agonia del monarca;en- 
venenada sin duda por el espectáculo de la más 
monstruosa ingratitud. El Rey reconoció desde 
su lecho de muerte la indiferencia de sus hijos, 
de sus hijas, de sus parientes, la venalidad de 
sus cortesanos y hasta la doblez del sacerdote á 
quien habia escojido por confesor. Sólo algunos 
criados lloraban junto á:la estancia donde el co- 
loso del siglo iba á lanzar su postrimer suspiro. 
El Dorsingo, 1.2 de Setiembre, á las ocho y 
once minutos de la mañana, se oyó un prolonga- 
do quejido.—¡Luis XIV habia muerto! 
A las nueve, los salones del Duque de Orleans 
fueron estrechos pera contener la muchedum- 
bre de cortesanos. 
En tanto que se disponía la mortaja del di- 
funto Rey, la nueva del gran suceso se propa- 
laba por todo París, en donde ella excitaba una 
tal alegría que se hubiera dicho que la Francia 
acababa de ser libertada del más cruel de todos 
los males. El pueblo danzaba y bailaba en las pla- 
zas públicas. El caballero de Argenson', que 
vanamente habiaintentado contrarestar este im- 
pío desbordamiento, deciaró que se veria impo- 
sibilitado para detener los más terribles desór- 
denes si el entierro pasaba por París. 
Por consiguiente, el 9 de Setiembre, durante 
la noche, el fúnebre cortejo partia silenciosa- 
mente de Versalles, atravesaba el bosque de 
  
  
  
  
  
Boulogne y por extraviados contornos sanaba la 
llanura de Saint-Dénis. 
Detrás de aquel carro fúnebre que guardaba 
los restos de un príncipe tan adulado toda su 
vida, escaseaban visiblemente los cortesanos. 
¡Cosa inaudita! Entre los principes de la 
sangre sólo el Duque acompañaba al féretro. 
Por más que fueron tomadas muchas precau- 
ciones para librar de vergonzosos ultrajes el 
despojo mortal del Rey, u» populacho desenfre- 
nado llenaba á aquella hora la esplanada de 
Saint-Dénis. El aire repetia canciones y Car- 
cajadas escandalosas. En el tránsito, bajo barra- 
cas improvisadas como para una feria, se amon- 
tonaban toneles de vino y de aguardiente. Algu- 
nos curiosos, ébrios ya, llenaban de sarcasmos 
obscenos y picantes epigramas la memoria de 
aquel que habia sido Luis XIV. Otros más cuer- 
dos, trasportados de rabia por el recuerdo de las 
persecuciones de que habian sido objeto por la 
bula Unigentius, gritaban. que era preciso arran- 
car las luces del convoy para incendiar la casa 
de los jesuitas. 
De en medio de la multitud sobresalian va- 
rias voces ahullando una redondilla, referente 
al depósito hecho del corazon del Rey en la casa 
profesa de la Compañía de Jesús, en donde ya 
se encontraba el de su padre. 
Hé aquí estos cuatro versos que aquí repro- 
ducimos á título de curiosidad histórica: 
«Sois vosotros tropa sagrada, 
los que pedis el corazon de los reyes.... 
al modo como los perros roen los despojos 
del ciervo acorralado por ellos.» (4) 
Por último, el 12 de Setiembre, el Parlamen- 
to despues de una corta deliberacion, anulaba el 
testamento de Luis XIV, y declaraba al Sr. Duque 
de Orleans, rejente de Francia, á fin de que ad- 
0) «C'est donc vous, troupe sacrée, 
qui demandez le coeur des rois..... 
ainsi d' un vieux Cerf aux abois 
on donne aux chies la curée.» 
 
	        
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