Full text: El millón de la heredera

56 : ) EL MILLÓN DE 
presenta una rentita de tres á cuatro li- 
bras por semana. 
—No importa. Ni billar, ni cartas, ni 
apuestas en las carreras. Es necesario que 
Toby se porte en adelante como corres- 
ponde á un distinguido militar. 
—Eso estaría muy bien; pero si dejo 
eso, que hoy por hoy es mi profesión, ¿de 
qué ha de vivir un militar distinguido, y 
sobre todo la mujer de ese militar distin- 
guido? 
—Ya nos arreglaremos, amigo mio,— 
contestó ella con una maligna sonrisa. — 
He dicho antes que toda mi fortuna esta- 
ba depositada en el Banco de Agra. 
—¡Razón de más! 
—Es que no he dicho que la retiré antes 
de la quietra. Querido Toby, ha sido una 
crueldad intentar esta prueba, lo reconoz- 
co; pero no he podido resistir la tentación. 
Toby tendrá todo el dinero que necesite, 
sin necesidad de recurrir al juego; vivirá 
E tranquilamente, contará sus guerras y sus 
- viajes y hará lo que le plazca sin que na- 
die se lo estorbe. 
—¡Bendita sea esa boga! —exclamó con 
verdadero fervor el bohemio, inclinándose 
para abrazar á Lavinia, y no pudiéndose 
- contener una lágrima al verse arribar á 
Puerto después de Tas tempestades de la 
vida. 
- —Ni billar, ni cartas, sin embargo, por 
- espacio de tres meses. Voy á pasar una 
temporada en el Hampshire, con unas pri- 
mas que están en el campo, y durante ese 
- tiempo no me ha de ver usted, , 2unque sí 
- consiento en que me escriba. Si al volver 
_me da usted palabra de honor de que ha 
renunciado á sus malas costumbres, en- 
bonces.... 
— -¿Entonces?.... de 
—Deje usted que llegue y lo verá. do 
ahora no sigo aquí ni un minuto más. ¿Qué 
E e van á decir mis convidados? 
Y se fué, viva y ligera como una avispa, . 
E mientras el mayor permanecía como arro- 
bado, sintiéndose mejor de lo que había 
sido desde que al embarcarse para las In- 
dias recibiera a último abrazo de su ma- : 
: dre. 
Como codo en el mundo 8 de tener in, 
también lo tuvo el baile de mistress Scully. | A 
- res, y que volvía una vez más con un po- 388 
Cuando los últimos invitados salían, esta- 
ba amaneciendo. : 
( TR, usted, mayor—decía vc von Baum- e 
LA HEREDERA 
ser á su camarada mientras bajaban la es- 
calera. —¿Le parece á usted conveniente 
enviar al diablo á un hombre como yo? Le 
advierto á usted que eso me ha ofendido 
mucho. 
—Perdón, amigo mío—repuso Clutter- 
buck estrechándole efusivamente la mano. 
—Por todo el oro del mundo no quisiera, 
haberle dado ese disgusto; pero ¡qué dian- 
tre! si alguna vez llego yo á entrar en una 
habitación en que esté usted pidiendo su 
mano á una mujer, le permito á usted 
apostrofarme con las palabras más violen- 
tas y dichas en ademán que, aunque sig- 
nifiquen lo mismo, suenen peor. 
— ¿Pero qué? ¿Ha pedido usted su mano? 
—preguntó el germano olvidando instan- 
táneamente su resentimiento.  * 
— $. 
—¿Y ella la ha concedido? 
— Sí, 
— ¡Magnífico! ¡Magnífico! Eso merece 
que lo celebremos bebiéndonos algunos va- 
sos por el futuro matrimonio. 
—Ya lo haremos; pero _por de pronto 
vámonos á dormir... Sí, señor; es uba mu- 
jer que vale mucho y además Juega al 
«whis» de una manera portentosa. | 
Y después de este singular elogio dió 
as buenas noches á su cala de y Se retiróá. 
su cuarto. 
XV 
- EN LA TABERNA DEL GALLO Y EL CUCLILLO 
El cometido de Tomás Dinsdale, no ca- 
recía ciertamente de trabajo. Además del 
que prestaba en la oficina se veía obligado 
á pasarse muchas horas en los muelles vi- 
- gilando la carga y descarga de los barcos 
de la firma. Esto, después de todo, era lo 
que más le agradaba, porque le libraba 
algunos ratos del sombrío encierro de la 
oficina y le permitía respirar el aire libre | 
en la ribera del Támesis, 
Cierta mañana, hallándose en el puerto, 
vió llegar y echar el ancla al famoso «Agui- 
la Negra», que ya conocen nuestros lecto- 
deroso cargamento. Í 
. La ae $ cordialidad de Tom: han 
l 
 
	        
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