Full text: Divertida historia del rústico Bertoldo, de Bertoldino (su hijo) y de Cacaseno (su nieto)

  
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SEGUNDA PARTE 
Bertoldino y Marcolfa (hijo y esposa de Bertoldo) 
Comunicada la orden del rey, montó Herminio a caballo con 
los demás que le acompañaban y partieron en busca de Bertoldino 
y Marcolfa. Llevaban ya recorrido la mayor parte del reino y na- 
die, por más que preguntasen, podían darles razón de la familia 
que buscaban; estaban casi desesperados; y se hubieran vuelto a 
no acordarse del riguroso precepto del rey de no regresar sin ellos 
a palacio; pero un día, después de muchas marchas y contramar- 
chas, determinaron subir una penosa y áspera cuesta, dudando 
que allí pudiesen habitar seres racionales; ya se arrepentían de 
haber subido tan arriba, y volviendo las riendas para bajar al 
monte, vieron una vereda que guiaba a un arbolado; marcharon 
por ella, y llegaron a la mitad del bosque en un sitio dominado 
por un lado de elevadísimos peñascos y por lo demás circundado 
de corpulentos robles, y en medio de ellos había una miserable 
choza hecha de tierra y ramas; llegaron a ella a tiempo que una 
mujer sumamente disforme y fea se apresuraba a cerrar la puerta. 
Era Marcolfa, sorprendida a vista de una gente que no estaba 
acostumbrada a ver. Entonces, Herminio, con mucho cuidado, fué 
indagando hasta convencerse de la certeza; y cuando lo estuvo, 
dijo a Marcolfa y Bertoldino (que éste llegó momentos después) se 
preparasen para ir a la córte con ellos, pues el rey llamaba a los 
dos, y al rey no se le podía desobedecer. 
Muchas y muy ridículas fueron ya las simplezas por Bertoldino 
dichas en aquel corto tiempo y que los caballeros, pensando en el 
rey, celebraron y aplaudieron en su fuero interno; no así Mareol- 
fa, que, por lo perspicaz y aguda, hacía honor a la sagacidad y 
astucia de Bertoldo, su esposo. 
Madre e hijo determinaron, pues, ir a la córte donde el rey les 
llamaba; y arreglado que hubieron sus cosas, marcharon con los 
caballeros, los que queriendo poner a Bertoldino a caballo, no pu- 
dieron conseguir que abriese las piernas y fué preciso ponerle 
atravesado encima de la silla como si fuera un fardo. 
Sabedor el rey de la llegada, les salió al encuentro acompaña- 
do de los de su córte, y viendo un bulto atravesado en un caballo 
  
  
  
 
	        
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