Full text: Divertida historia del rústico Bertoldo, de Bertoldino (su hijo) y de Cacaseno (su nieto)

  
  
  
  
  
  
  
  
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son de calidad porfiada, que siempre vuelven, y si tu me echas 
tengo de volver de nuevo a importunarte. 
Y el rey, díjole con acento imperioso: —Pueéz vete; mas tén por 
entendido que si no vienes delante de mí como dices hacen las 
moscas, he de mandar cortarte la cabeza sin reparo alguno. 
'Bertoldo partió a su casa y montó en un borrico viejo que te- 
nía, todo lleno de mataduras, y. se volvió a palacio acompañado 
de millares de moscas y tábanos; y llegando a la presencia del 
rey, así le dijo: Lo prometido es deuda; ya me tienes aquí, rey mio. 
En aquel momento, anunciaron al rey, que dos mujeres pedían 
real audiencia; y éste prorrumpió, asqueado: ¡Ea, quita de ahí esa 
peste, y tu retírate de mi presencia!... Después que haya despa- 
chado a esas dos mujeres, podrás volver aquí. 
Obedeció Bertoldo, y entraron las dos mujeres a presencia del 
rey; una de ellas había hurtado un espejo a la otra: la dueña del 
espejo se llamaba Aurelia y la otra Lisa; ésta tenía el espejo en la 
mano. Escuchó el rey atentamente lo que en su defensa cada una 
de ellas expuso, y como «fallo» ordenó a uno de los presentes que 
rompiera el espejo en pedazos menudos y los repartiese en partes 
iguales a las dos mujeres. 
Lisa, se avino a ello y Aurelia, no. Conociendo -el rey por la 
actitud de Aurelia, que el espejo era de ésta, ordenó que se lo en- 
tregaran; y que a Lisa se la echara de allí ignominiosamente. 
Bertoldo, que había estado escuchando, salió riéndose de la 
sentencia del rey, y le dijo que no tenia conocimiento porque 
creía en lágrimas de mujeres, que su llanto es engañoso, y todo lo 
que ellas hacen y dicen es hecho con artificio, 
—¡Tu eres un loco! —objetó el rey—«Tanta bondad tienen en 
sí las mujeres de juicio y prudencia, que es todo muy al revés de 
cuanto tu las atribuyes: y si alguna peca, es por descuido o fragi- 
lidad femenil, La mujer ama al marido, gobierna los hijos, los cría 
y educa, cuida la hacienda: la mujer, en fin, es apreciable a la 
vista de los mozos, consuelo de los viejos, la alegría de los niños; 
y no porque alguna caiga en alguna falta se debe culpar a todas; 
y así, la sentencia que yo he dado la tengo por muy justa.» 
- —Rey mio,—repuso Bertoldo,—bien se conoce por el elogio que 
amas mucho a las mujeres; no obstante, ¿qué me darás si de aquí 
a mañana te hago desdecir de cuanto has dicho en su favor? 
 
	        
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