Full text: no. 21 (1883,21)

  
  
162 MUSEO DE NOVELAS. 
LOS TRES MOSQUETEROS 
(Continuacion). 
—¿De suerte, continuó d'Artagnan, que esa 
torcedura de la rodilla, mi querido Porthos, os 
detiene en la cama? 
— ¡Ah! Dios mio, sí, esto es todo; además, den-. 
tro de algunos dias me levantaré. 
—Pero ¿por qué no os habeis hecho llevar 4 
Paris? debeis fastidiaros aquí terriblemente. 
—kEsa era mi intencion; pero, amigo mio, es 
necesario que os confiese una cosa. | 
—¿Cuál? 
—Que como me fastidiaba horriblemente segun | 
acabais de decir, y tenia en mi bolsillo los setenta 
y cinco escudos que me disteis, para distraerme 
mandé que hiciesen subir aquí á un caballero 
transeunte, á quien propuse una partida de da- | 
dos. Aceptó, y, os aseguro, que mis setenta y 
cinco escudos pasaron de mi bolsillo a] suyo, sin 
contar mi caballo, que tambien se ha llevado á 
buen librar. ¿Y vos, mi querido d'Artagnan? 
-—Qué quereis, mi querido Porthos, no puede 
uno ser privilegiado én todo, dijo d'Artagnan: 
ya sabeis el proverbio: «Desgraciado en el juego, 
afortunado en amores.» Sois harto afortunado en 
el amor para que el juego no se vengue; ¿pero 
qué os importan los reveses de la fortuna? ¡Ah 
picaruelo! ¿acaso no teneis ahí vuestra duquesa 
que.no os dejará sin auxilio? q 
—¡Pues bien! sabed, mi querido d'Artagnan, 
que mi estrella es fatal bajo todos conceptos, con- 
testó Porthos con aire muy desembarazado: la he 
escrito que me envie unos cincuenta luises que 
precisamente necesitaba, en la situacion en que 
me hallaba..... : 
—¿Y qué? E3S | | 
—Por fuerza debe de hallarse en sus hacien- 
das, pues no me ha contestado. i 
—¿De veras? ! 
—Muy de veras. Así es que ayer le envié otra 
carta mas apremiante que la primera. Pero va- 
mos, amigo mio, hablemos de vos. Confieso que 
empezaba á estar con cuidado por vuestra exis- 
tencia. 
—Pero vuestro huésped se porta bien con vOS, 
segun parece, mi querido Porthos, dijo d'Arta- 
gnan, señalando al enfermo las cacerolas llenas 
y las botellas vacías. | 
—Así, así, contestó Porthos. Ya hace tres ó 
cuatro dias que el impertinente subió con su 
cuenta, y yo le envié á paseo; de suerte que es- 
toy aquí como una especie de vencedor, ó como 
en terreno conquistado. Así es que, ya lo veis, 
temiendo siempre verme atacado en mi posicion, 
ando armado de punta en blanco. 
 —Sin embargo, dijo riéndose d'Artagnan, me 
¡parece que de cuando en cuando haceis algunas 
salidas. 
Y señaló con el dedo las botellas y cecerolas. 
—Desgraciadamente no soy yo, dijo Porthos. 
¡Esta maldita rodilla me detiene en la cama; pero 
Mosqueton las hace en mi lugar, y trae provi- 
| siones. Mosqueton, amigo mio, continuó Porthos, 
¡ya veis que nos lleya un buen refuerzo: será ne- 
¡Ccesario un suplemento de vituallas. 
 —Mosqueton, dijo d'Artagnan, -será necesario 
¿que me hagais un favor. 
—¿Cuál, señor? 
—Que deis vuestra receta á Planchel; pues 
podria encontrarme sitiado tambien, y no me 
disgustaria que me hiciese disfrutar de los mis- 
mos gustos que vos proporcionais á vuestro amo. 
—¡Ah! Dios mio, señor, dijo Mosqueton con 
alre modesto, nada mas sencillo, solo se requiere 
maña. Fuí criado en el campo, y mi padre, en 
sus ratos perdidos, cazaba en tierras agenas. 
—¿Y lo demás del tiempo, qué hacia? 
|. —Señor, ponia en práctica una industria que 
¡siempre he encontrado muy buena. 
¿Cual? 
—Como era el tiempo de las guerras entre ca- 
_lólicos y hugonoles, y veia que aquellos ester- 
| minaban á estos, y estos á aquellos, todo en nom- 
| bre de la religion, se habia formado una creencia 
| 
  
| mista, la cual le permitia ser tan pronto católico 
¡ COMO hugonote. Regularmente se paseaba con la 
¡escopela al hombro, detrás de los vallados que 
| 
¡rodean el camino, y cuando veia venir un cató- 
| momento de su corazon, apuntaba con su esco- 
| peta al viajero, cuando estaba á diez pasos de él, 
y entablaba un diálogo que concluia casi siem-. 
¿pre por el abandono que el viajero le hacia de su 
¡bolsa para salvar su vida. Es inútil decir que 
¡cuando veia venir á un hugonote, se sentia impul- 
“sado por un celo católico tan ardiente, que no 
'¡Ccomprendia como un cuarto de hora antes habia 
podido tener dudas acerca de lo superioridad de 
| nuestra santa religion. Pues yO, Señor, soy ca- 
¡tólico; mi padre fiel á sus principios, hizo hugo- 
note á mi hermano mayor. | Be do 
—¿Y cómo acabó ese hombre honrado? pre- 
-guntó d'Artagnan. AS 
'- —¡Oh! del modo mas miserable, señor; un dia 
se encontró cogido en un camino profundo entre 
¿un hugonote y un calólico, á quienes ya habia 
| asaltado, y ambos le conocieron; de suerte que 
Unieron sus fuerzas y le colgaron de un árbol, 
en seguida vinieron á vanagloriarse de la grande 
  
lico solo, la religion protestante se apoderaba al” 
  
  
  
 
	        
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