Full text: no. 21 (1883,21)

  
  
  
  
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más, como esperaba volver por el mismo sitio, 
si dentro siete ú ocho dias Porthos estaba aun 
en la posada del gran Sam Martin, lo recogeria | 
al pasar. 
Porthos contestó, que, segun toda probabili- 
dad, su magullamiento no le permitiria levan- 
tarse hasta entonces. Además, era necesario que 
. | 
se quedase en Chantilly para aguardar una tes- 
puesta de su duquesa. 
D'Artagnan le deseó que la tuviese pronto y 
buena, y despues de haberlo recomendado de. 
nuevo á Mosqueton, pagó su gasto en la posada, 
y volvió á ponerse en camino con Planchet, que 
ya se veia desembarazado de uno de los caballos 
que llevaba del diestro. 
CAPÍTULO XXVI - 
La tesis de Aramis. 
"ARTAGNAN no habia dicho nada 
    
   
Y su procuradora. Era un jóven 
ES o ; 
AQ 4 pesar de sus pocos años. Por 
lo mismo aparentó creer todo 
- cuanto le refirió el vanidoso 
mosquetero, convencido de que no hay amistad 
   
que resista á un secreto sorprendido, sobre todo, | 
cuando este secreto hiere al orgullo, pues se tie-. 
ne siempre cierta superioridad moral sobre aque- 
llos cuya vida se sabe; d'Artágnan en sus pro-. 
yectos de intriga para el porvenir, y decidido 
como estaba á hacer de sus tres compañeros los 
instrumentos de su fortuna, sentia una compla - 
cencia en reunir anticipadamente en su mano. 
los hilos invisibles con cuya ayuda contaba ma-' 
nejarse. 
Sin embargo, durante el camino, una profun- 
da tristeza le oprimia el corazon, pensaba en la 
jóven y linda señora Bonacieux, que debia pre- 
miar su adhesion. Pero, nos apresuramos á de- 
cirlo, aquella tristeza provenia menos en el jóven 
del disgusto de su perdida felicidad, que del 
temor que esperimentaba de que sucediese al- 
guna desgracia á aquella pobre mujer. No le 
cabia duda en que esta era víctima de una ven- 
ganza del cardenal, y como se sabe, las vengan- 
zas de su Eminencia eran terribles. Ignoraba 
como él habia podido hallar gracia ante el mi- 
nistro, lo cual sin duda se lo hubiera esplicad: 
encontrado en casa. 
Nada hace pasar el tiempo mas aprisa, ni abre-. 
via tanto el camino, como una idea que absorbe 
MUSEO DE 
á Porthos ni de su herida ni de 
Y) muy prudente nuestro bearnés 
  
  
NOVELAS. 
¡en sí todas las facultades de la organizacion de 
| la persona que piensa. La existencia eslerior, se 
asemeja entonces á un sueño del cual es un en- 
sueño el pensamiento. El tiempo en su influen- 
cia no tiene medida, ni distancia el espacio: se 
¡va uno de un lugar y llega á otro; á esto se re- 
¡duce todo. Del intérvalo recorrido, no queda 
presente á nuestro recuerdo mas que una vaga 
niebla en la cual se confunden en mil confusas 
¡imágenes de árboles, de montañas y paisajes. 
Así es, que sujeto á este alucinamiento, d'Ar- 
tagnan anduvo al paso que quiso tomar su ca- 
ballo, las seis ú ocho leguas que separan á Chan- 
tilly de Creveccsur, sin que al llegar á esta ciu- 
dad se acordase de ninguna de las cosas que 
¡habia encontrado en el camino, : 
Allí recobró -la memoria, sacudió la cabeza, 
vió la posada en que habia dejado á Aramis, y 
¡echando su caballo al trote, se detuvo á la puerta. 
Aquí no fué un posadero, sino una posadera 
quien le recibió. D'Artagnan era l[isonomista; 
¡abarcó de una ojeada el aire alegre de la posade- 
ra, y conoció que nada habia tampoco que temer 
de tan risueña fisonomía. 
—«Mibuena señora, le preguntó d'Artagnan, 
¿podreis decirme qué se ha hecho de un amigo 
iio, que nos vimos obligados á dejar aquí, hará 
unos doce dias? 
—Un buen mozo, como de veintitres á vein- 
ticuabro años, dulce, amable y bien conformado? 
- —El mismo, y que además estaba herido en 
el hombro. 
—Justamente: aquí está ese caballero todavía. 
| —¡Ah! pardiez, querida mia, dijo d'Artagnan 
¡apeándose y dando la brida de:ssu caballo á Plan- 
Chet, me volveis la vida: ¿en dónde está ese que- 
rido Aramis? quiero abrazarle, pues confieso que 
tengo ansia de verle. 
—Perdonad, caballero, pero dudo que os pueda 
recibir en esta ocasion. 
—¿Y por qué” ¿está con alguna mujer? 
1 
a Jes1 
¡UY Y 
4 
sús! ¡Dios mio! ¿qué estais diciendo? ¡Po- 
bre jóven! No, cahailero, no. está con ninguna 
mujer. 
—¿Uon quién eslá entonces? 
—Con el cura de Montdidier y el superior de 
los jesuitas de Amiens. 
-—¡Dios mio! esclamó d'Artagnan. ¿Tan malo 
está el pobre jóven? . 
-No, caballero, al contrario; pero de resulías 
de su enfermedad, le ha tocado la divina gracia, 
, y se ha decidido á recibir las órdenes. 
Cavois, si este capitan de guardias le hubiese 
: | 
—Eso es justo, dijo d'Artagnan, habia olvida- 
¡do que él no era mas que mosquetero interino. 
| —¿Caballero, insislís todavía en verle? 
| —Mas que nunca. 
( 
  
 
	        
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