Full text: no. 21 (1883,21)

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—Alabad á Dios, caballero, respondieron estos 
inclinándose á la par. 
—Ya lo he hecho, mis reverendos, respondió 
el jóven devolviéndoles á su vez el saludo. 
—Llegais muy oportunamente, querido d'Ar- 
tagnan, dijo Aramis, y espero que tomando parte 
en la conversacion, me ayudeis con vuestros | 
conocimientos. El superior de los jesuitas de 
Amiens, el señor cura de Montdidier y yo, ar- 
gumentamos sobre ciertas cuestiones teológicas, | 
cuyo interés nos tiene cautivados hace algun 
tiempo, y tendria mucho gusto en saber vuestro 
dictámen. ÓN 
—El dictámen de un militar no -es de gran 
peso en esas materias, respondió d'Artagnan, que 
empezaba á impacientarse viendo el giro que iba 
tomando la conversacion, y podeis ateneros á la 
ciencia de estos señores. 
Los dos hombres vestidos de negro se incli- 
naron. 
—Al contrario, repuso Aramis, vuestra opi- 
nion es para mí de mucho interés. He aquí de 
que se trata: el señor superior cree que mi tesis, 
debe ser sobre todo dogmática y didáctica. 
- —Vuestra tesis... ¿Pues estais haciendo una 
lesis? 
—En efecto, respondió el jesuita; para el exá- 
men que precede á las órdenes es necesaria una 
tesis. 
—¡Las órdenes! esclamó d'Artagnan, que no 
podia creer lo que le habian dicho la posadera y 
Bazin; ¡las órdenes! Y paseaba sus ojos estupe- 
factos de uno á otro de los tres personajes que 
tenia delante. | | 
—Ahora bien, continuó Aramis tomando la 
mas graciosa postura en su sillon, y examinando 
con complacencia su mano blanca y regordita, 
que tenia levantada para que se retirara de ella 
la sangre, ahora bien, segun habeis oido, d'Ar- 
tagnan, el superior pretende que mi tesis sea 
dogmática, mientras que yo quisiera que fuese 
ideal. Esta es la razon porque el señor superior 
me proponia una tesis que nadie ha tratado toda- 
vía, y que sin duda presta materia para magní- 
ficas conclusiones. Hela aquí: 
«Ultraque manus in benedicendo clericis in fe- 
rioribus necessaria est.» 
D'Artagnan, cuya erudicion nos es ya bastante 
conocida, no se cortó mas al oir esta cita, de lo 
que habia hecho al oir la de Treville con motivo 
de los regalos que suponia haber recibido d'Ar- 
tagnan de mano de Buckingham. 
—Lo que quiere decir, repuso Aramis, para 
facilitarle su inteligencia. Las dos manos son in- 
dispensables á los sacerdotes de órdenes inferio- 
res cuando echan la bendicion. 
MUSEO DE NOVELAS. 
—¡Admirable asunto! esclamó el jesuita. 
| —Admirable y doginático, repitió el Cura, 
quien poco mas ó menos, estaba tan versado 
¡Como d'Arlagnan en el latin, y atendia cuidado- 
'samente al jesuita á fin de caminar con él á un 
mismo paso, y repetir sus palabras como un eco. 
En cuanto á d Artagnan, permaneció perfec- 
¡tamente indiferente al entusiasmo de los hom- 
bres vestidos de negro. 
e E efecto, admirable! ¡prorsus admirabile! 
¡continuó Aramis, pero que exige un estudio pro- 
| fando de los santos Padres y de las Escrituras. 
Ahora bien, yo he confesado á estos sabios ecle- 
| siáslicos con la mayor humildad, que las vigilias 
¡del cuerpo de guardia, y el servicio del rey, me 
¡habian hecho descuidar algo el estudio, y que 
¡disertaria con mayor libertad, J/acilius natans 
¡sobre un lema de mi eleccion, el cual seria con 
¡respecto á esas espinosas cuestiones teológicas, 
¡lo que la moral es con respecto á la metafísica 
en filosofía. 
D'Artagnan se fastidiaba profundamente, y el 
cura tambien. 
—¡Ved que exordio! esclamó el jesúita. 
—£Lxordium, repitió el cura por decir algo. 
—Quemadmodum inter celorum inmensitatem. 
Aramis echó una ojeada á d'Arlagnan, y vió 
que su amigo bostezaba en términos de desenca- 
jársele las quijadas. 
—Hablemos en francés, padre mio, dijo al 
jesuita; pues así d'Artagnan oirá con mayor gus- 
Lo nuestras palabras. 
—Cierlo, estoy cansado del camino, dijo d'Ar- 
tagnan, y no entiendo ese latin. 
—Concedo, dijo el jesuita con algun despecho, 
mientras que el cura trasporlado de gozo, volvia 
á d Artagnan una mirada llena de reconocimien- 
to: ¡y bien! ved el partido que puede sacarse de 
toda esa glosa. 
«Moisés, siervo de Dios..., noes mas que sier- 
vo; ¿lo ois? Moisés bendice con las manos; se hacia 
sostener los brazos mientras que los hebreos ba- 
tian á sus enemigos, de consiguiente, bendecia 
con dos manos. Además dice el evangelio: /mpo- 
nie MANUS, Y DO MANUM, imponed las manos y 
no la mano. 
—Imponed las manos, repitió el cura haciendo 
un gesto. 
—Por el contrario, San Pedro, de quien los 
papas son sucesores, continuó el jesuila, Porrige 
digitos, presentad los dedos, ¿comprendeis ahora? 
—Ciertamente, respondió Aramis deleitándo- 
se, pero la materia es sutil. 
—¡Los dedos! continuó el jesuita, San Pedro 
bendice con los dedos. El papa, pues, bendice 
  
  
  
tambien con los dedos. ¿Y con cuántos dedos 
  
  
 
	        
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