Full text: no. 21 (1883,21)

  
168 MUSEO DE 
EL. AMOR | 
El EN SEDO E 
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(Continuacion). | 
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Pedro la recogió precipitadamente, se apre- 
suró á ocultarla en su blusa y echó á cor- 
rer como un ladron que acaba de robar un. 
Lesoro. 
l 
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VI. | 
e 
Hácia el anochecer, en el momento en que 
las barcas de los pescadores iban á dejar la pla-| 
ya, observé que una mano agitaba un pañuelo 
blanco en la ventana de que ya os he hablado. 
_ Pedro Aubert estaba en pié en la popa de su 
barca mirando mas fijamente que nunca la ca- 
sila blanca. : : 
No podia menos de haber allí encerrada algu- 
na historia. 
Si hubiera querido, habria podido saberla en- 
seguida, preguntándosela á algun vecino, me- 
jor aun dirigiéndome á alguna vecina, y mucho 
mejor tal vez interrogando directamente á Ce- 
sarina. ] | 
Pero, por mas que fuera mucha mi impacien- 
cia por satisfacer mi curiosidad, no pude menos 
de decirme: 
—Esperemos..... no quiero saber nada mas 
que por boca del mismo Pedro. 
Quince dias despues estaba con mi patron á 
bordo de su barca. Era al caer de la tarde. La 
noche se nos venia encima con su espléndido 
manto de estrellas. Reinaba una calma profun- 
da; ni el mas ligero soplo de la brisa rizaba la 
superficie del mar. El marinero y el grumete 
  
dormian en el camarote esperando que se levan- 
tara la brisa para poder echar las redes. Pedro, 
de quien me habia hecho amigo, vino á sentarse 
á4 mi lado, encima de una vela, y empezó su 
parracion de este modo..... Ó poco menos, pues 
no sé si me será posible referirla con la natu- 
ral simplicidad con que él lo hizo: 
VII. 
¿Deseais saber porqué no estoy alegre? 
Pues bien; el motivo es muy sencillo y tal vez 
os riais de él. Pero, no importa..... hedlo aquí: 
¡Amo á María! ¿Necesitabais que os lo dijera 
para saberlo? Creo que no. ¿Como brotó este 
amor en nuestras almas? No lo sé. Sin duda 
  
Dios lo habia puesto ya en nuestros corazones 
cuando nacimos. Eramos aun pequeños, muy 
NOVELAS. 
pequeños, y ya nos queríamos entrañablemente. 
Aquel cariño creció á medida que nosotros cre- 
cimos. Siempre se nos encontraba juntos, en el 
mismo surco, bajo el mismo árbol, iluminados , 
por el mismo rayo del sol, bañándonos en la 
misma ola..... Las primeras palabras, los prime- 
ros juegos, las primeras lágrimas, las sonrisas 
primeras, todo nos fué comun. Cuando perma- 
necíamos un rato pensativos y uno de nosotros 
tomaba la palabra para espresar sus pensamien- 
los, nunca el otro dejaba de esclamar: «¡Toma! 
precisamente pensaba en lo mismo. Hay veces 
en que hasta creo que tenemos el mismo espíri- 
lu, la misma alma; en el pueblo hay muchos 
viejos que nos han dicho que era así. Hemos 
hecho la primera comunion en un mismo dia, 
el uno al lado del otro y ¿sabeis? estas Cosas con- 
tribuyen á estrechar los lazos que nos -unen á 
unos con otros. Cuando empecé á ir al mar, nun- 
ca dejaba la playa sin que ella orara por mí ar- 
rodillada al pié de la cruz de la duna: nunca 
volvia de la pesca sin que ella se metiera en el 
mar con agua hasta la cintura para llegar antes 
á mi lado. Entonces se subia á mis hombros, yo 
la llevaba á tierra y allí nos abrazábamos rien- 
do. ¡Oh! ¡sí, entonces éramos felices, muy feli- 
ces! ¡Qué bello. era el tiempo de nuestra infan- 
cia! ¡Dios mio! ¿por qué no hemos de ser siempre 
niños? ¿por qué no habian de durar eternamente 
los sencillos placeres, los puros goces de la niñez? 
Sin embargo, nuestra juventud fué aun bas- 
tante bella. En invierno pasábamos las veladas 
ásla orilla del fuego, sentados uno al lado del 
otro; en el verano íbamos á buscar fresas juntos, 
juntos íbamos á la siega en el estío y en el oto- 
ño á recoger las avellanas. ¡Y en los dias festi- 
vos...! ¡Cuántas alegres danzas hemos bailado 
Marieta y yo! ¡Qué hermosos paseos hemos dado 
al iravés de los campos á la luz de la luna! ¡Qué 
risueño se nos presentaba el porvenir! ¡qué de es- 
peranzas abrigábamos! ¡qué de deliciosos ensue- 
ños haciamos! ¡Éramos tan felices entonces. ..! 
Llegamos despues á la edad en que es costum- 
bre casarse... Ni uno ni otro habríamos pensado 
en ello... ¡Oh! ¡no! de veras os lo digo... ningu- 
ha prisa teníamos por casarnos... ¡éramos tan 
dichosos de aquel modo, que ni remotamente 
soñábamos en cambiar de posicion! Pero los otros 
se ocuparon de ello por nosotros, y mas particu- 
larmente el señor cura. - 
—Casémonos, pues, ya que lo quereis, digimos 
María y yo... Pero, ¿qué puede hacernos esto á 
nosotros dos...? De seguro no nos querremos mas 
de lo que ahora nos queremos. 
  
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