Full text: no. 22 (1883,22)

  
TA A o E DD DO PO Pa Pa a Pm 
170 
MUSEO DE NOVELAS. 
LOS TRES M OSO UETEROS |y dArlagnan parecia decidido á dejar este honor 
(Continuacion). 
Interrumpióle el jesuita viendo que desatina-' 
ba y dijo: Así vuestra tesis agradará á las damas, 
eso es todo; tendrá el éxito mismo que un ale- 
gato de un abogado novel orador. 
tado. 
—Ya lo veis, esclamó el jesuita; el mundo 
habla todavía muy alto á vuestro Corazon; alti-| 
suma voce. Vos seguís al mundo, amigo mio, y. 
temo mucho que la gracia no sea eficaz. 
—Tranquilizaos, mi reverendo, yo respondo 
de mí. 
—¡Presuncion mundana! 
irrevocable. 
tesis? 
—Me siento llamado á tratar esta y no otra al- 
ñana quedareis satisfecho de las correcciones que 
haya hecho conforme á vuestros consejos. 
—Trabajad lentamente, dijo el cura; os deja- 
mos en las mas escelentes disposiciones. 
—Sí, el terreno está bien sembrado, dijo el je- 
suila, y no debemos temer que una parte de la 
simiente haya caido sobre la piedra, la otra en. 
á su amigo: 
—Ya lo veis, dijo Aramis, vuelvo á mis ideas 
fundamentales. 
—Si, la gracia eficaz os ha tocado, como decia 
hace poco ese eclesiástico. 
— ¡0h! estos planes de retiro datan de mucho 
tiempo, y ya me habreis oido hablar de ellos, ¿no 
—Pluguiera á Dios, esclamó Aramis transpor- ] 
es verdad, amigo mio? 
—Seguramente; pero os lo confieso, he creido 
que hablabais de broma. 
—¿En estos asuntos”? ¡Oh! ¡d'Artagnan! 
—¡Cáspita! Tambien se chancea uno con la 
muerte. 
—Y se hace muy mal, d'Artagnan, porque la 
muerte es la puerta que conduce á la perdicion 
¡Óá la salvacion eterna. 
—Yo me conozco, padre mio, mi resolucion es 
—Estoy conforme, pero si os parece, no ha- 
'blemos mas de teología, Aramis; debeis tener 
—¿Entonces os obstinais en proseguir esta. 
bastante para todo el dia; en cuanto á mí, casi 
he olvidado el poco latin que aprendí en otro 
tiempo; además, os lo confieso, no he comido nada 
guna; voy pues á continuarla, y espero que ma- 
el camino, y que las aves del cielo se hayan co-' 
mido el resto. 4ves coeli comederunt illam. 
—El diablo te lleve con tu latin, dijo d'Arta- 
gnan, que conocia que se le apuraba la paciencia. 
-—Adios, hijo mio, dijo el cura, hasta mañana. 
-—Hasta mañana, jóven temerario, dijo el je- 
suita; prometeis ser una de las lumbreras de la 
fuego devorador. 
D'Artagnan que durante una hora se habia roido 
las unas de impaciencia, empezaba ya á mor- 
derse la carne. 
Los dos eclesiásticos se levantaron, saludaron 
á Aramis y á d'Artagnan, y se adelantaron há- 
cia la puerta. Bazin que se mantenia de pié, y 
que habia escuchado toda aquella controversia 
con un piadoso júbilo, corrió hácia ellos, tomó el 
breviario del cura, y el misal del jesuita, y mar- 
c£ó respetuosamente como su guia para facili- 
tarles el camino. 
- Aramis los condujo hasta el fin de la escalera 
y pronto volvió á subir para reunirse á d'Arta- 
gnan, quien creia estar todavía soñando. 
Cuando quedaron solos los dos amigos, guar- 
daron un silencio embarazoso; sin embargo, era 
preciso que alguno de ellos lo rompiese primero, 
desde esta mañana á las diez, y tengo un hambre 
de todos los diablos. 
—Al instante comeremos, querido amigo; solo 
acordaos de que hoy es viernes, y que en seme- 
jante dia no puedo comer, ni ver comer carne. 
Si quereis contentaros con mi comida, esta se 
compone de tetrágonos cocidos y frutas. 
—¿Qué es eso de tetrágonos? preguntó d'Ar- 
tagnan con inquietud. d 
—Son espinacas, contestó Aramis: pero aña- 
diré para vos unos huevos, y es una grave in- 
fraccion de la regla; porque los huevos son carne; 
supuesto que engendran el pollo. 2 
—La comida no es muy sustanciosa; pero su- 
0 'plirá el gusto de estar en vuestra compañía. 
Iglesia; quiera el cielo que esa luz no sea un. 
¡sino aprovecha á vuestro cuerpo, estad seguro 
—0Us agradezco el sacrificio, dijo Aramis; pero 
¡que aprovechará á vuestra alma. 
  
—¿Conque, decididamente, Aramis, entrais 
en religion? ¿Qué van á decir nuestros amigos: 
¡que va á decir Treville? os tratarán de desertor, 
os lo prevengo. 
—No entro en religion, sino que vuelvo á ella. 
Habia desertado de la Iglesia para entrar en el 
mundo, porque sabeis que me hice violencia para 
tomar la casaca de mosquetero. 
—Yo nada sé. A 
—¿Ignorais como dejé el seminario? 
—De un todo. 
—He aquí mi historia; por otra parte las es- 
crituras dicen: «Confesaos los unos á los otros,» 
y yo me confieso á vos, d'Artagnan. 
—Y yo os doy la absolucion de antemano, ya 
sabeis que soy hombre de razon. 
Eo] + 
ds 
a 
 
	        
© 2007 - | IAI SPK

Note to user

Dear user,

In response to current developments in the web technology used by the Goobi viewer, the software no longer supports your browser.

Please use one of the following browsers to display this page correctly.

Thank you.