Full text: no. 23 (1883,23)

  
MUSEO DE 
dega herido como estaba; entonces, su amo, ha- 
biéndole recibido, volvió á atrincherar la puerta, 
y nos ordenó que nos marchásemos á nuestra 
tienda. 
—Pero en fin, esclamó d'Artagnan, ¿dónde | 
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está Athos? 
—Señor, en la bodega. 
dega al cabo de tanto tiempo! 
-—i¡Justo cielo! ¡No, 
allí. ¡Ah! si pudieseis hacerle salir, señor, 0s €s- 
taria reconocido toda mi vida, os adoraria como 
á mi protector. 
—Entonces si está allí, ¿le podré encontrar* 
—Seguramente, señor; se ha obstinado en que- | 
darse. Todos los dias se le pasa por la lumbrera 
el pan en la punta de una horquilla, y la carne 
cuando la pide; pero ¡ay! no es de pan ni de cat- 
ne de lo que hace mayor consumo. Una vez traté 
de bajar con dos mozos, pero se puso furioso. Oi 
el ruido que hizo al armar sus pistolas, y el de 
su mosquete que cargaba su criado. Enseguida, 
cuando le preguntamos cuales eran sus intencio- 
nes, el amo respondió que él y su lacayo tenian 
cuarenta tiros disponibles, y que los gastarian 
todos, antes que permitir que uno solo de nos- 
otros pusiese el pié en la bodega. Entonces, se- 
ñor, fuí á quejarme al gobernador, quien me 
respondió que no me sucedia mas que lo que 
merecia, y que esto me enseñaria á insultar á los 
respetables señores que se apean en mi posada. 
—;¿De suerte que desde entonces?*..... repuso 
d'Artagnan, no pudiendo menos de reir viendo 
la cara lastimosa que ponia su huésped. 
—De suerte que desde entonces, señor, conti- 
nuó este último, traemos la vida mas triste que 
se pueda ver, porque es preciso que sepais que 
todas nuestras provisiones están en la bodega: allí 
tenemos vino en botellas y en pipas, allí la cer- 
veza, el aceite, tocino, morcilla, y demás provi- 
siones, y como nos está prohibido bajar, nos 
vemos en la dura precision de no poder dar de 
comer ni de beber á los viajeros que llegan, y 
resulta que cada dia va perdiendo mas mi posa- 
da. Una semana mas que esté vuestro amigo en 
la bodega, y quedamos arruinados completa- 
mente. 
—Y llevarás tu merecido, perillan. ¿No cono- 
cisteis en la cara que somos gentes de distincion, 
y no falsarios, dí? j 
—Si, señor, teneis razon, dijo el posadero, pero 
mirad, mirad como se enfurece. 
—Sin duda le habrán molestado, dijo d'Arta- 
gnan. e ] 
—Pero es indispensable que se le moleste, es- 
  
| señor, nosotros retenerlo 
en la bodega! ¡Ah! no sabeis lo que está haciendo 
| 
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'mosquete cargado, se aproximó al lugar de la 
NOVELAS. 179 
'clamó el huésped; acaban de llegarnos dos caba- 
| lleros ingleses. 
- —¿Y qué tenemos con esto? 
-—Que á los ingleses les gusta el vino, como ya 
sabreis, señor, y estos han pedido del mejor. Por 
consiguiente, mi mujer habrá pedido permiso al 
señor Athos para entrar en la bodega, á fin de 
—¡Cómo, miserable, aun le reteneis en la bo- | 
como de costumbre. ¡Ah! ¡bondad divina! oid 
¡cual se aumenta la algazara. 
satisfacer áesos caballeros; y se lo habrá negado 
D'Artagnan, en efecto, oyó un gran ruido en 
la parte de la bodega; se levantó y precedido del 
huésped y seguido de Planchet, que llevaba su 
| escena. 
Los dos caballeros estaban exasperados; habian 
hecho una larga jornada, y se morian de hambre 
y de sed. 
—¡Es una tiranía! esclamaban en muy buen 
francés, aunque con acento estranjero, que ese 
caballero loco no permita á estas buenas genles 
que vendan su vino. Pues bien, forzaremos la 
puerta, y si acaso está muy furioso, lo mata- 
remos. 
—Esto lo veremos, señores, dijo d'Artagnan, 
“sacando las pistolas de su cintura, pues aquí es- 
toy yo para impedirlo. ES 
—Bueno, bueno; decia detrás de la puerta la 
voz pacífica de Athos, dejad entrar á esos traga 
niños, y luego veremos. 
Aunque parecian valientes los dos caballeros 
ingleses, se miraron vacilando; se hubiera dicho 
que habia en aquella bodega uno de esos ogros 
'famélicos, gigantescos prolagonistas de las le- 
| yendas populares, y cuyas cuevas nadie fuerza 
¡impunemente. 
Hubo un momento de silencio, pero los dos 
ingleses tuvieron vergúenza de retroceder, y el 
mas jactancioso, bajó los cinco ó seis pasos de la 
escalera, y dió á la puerta una patada capaz de 
derribar una muralla. 
—Planchet, dijo d'Artagnan cargando sus pis- 
tolas, yo me encargo del que está allá arriba, 
encárgate tú del que está ahí abajo. ¡Hola! seño- 
res, quereis pendencia, pues ahora la tendreis. 
—:¡Qué es esto! esclamó Athos, me parece oir 
la voz de d'Artagnan. : 
—En efecto, dijo d'Artagnan alzando la voz, 
yo soy, amigo mio. | 
—;¡Ah! bueno, dijo Athos, ¡entonces vamos á 
dar algo que hacer á estos forzadores de puertas! 
Los caballeros habian sacado sus espadas, pero 
se encontraban cogidos entre dos fuegos; vacila- 
ron todavía, pero como la primera vez, pudo mas 
el orgullo, y una segunda patada hizo crujir la 
puerta en toda su altura. 
  
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