Full text: no. 29 (1883,29)

  
  
  
  
MUSEO DE 
min á sus labios; d'Arlaguan volvió á encontrar | 
á la Circe que le tenia encantado con sus hechi-! 
zos. Milady se sonreia, y d'Artagnan conoció que 
se condenaria por aquella sonrisa. 
Hubo un momento en que esperimentó como 
un remordimiento de lo que habia hecho contra 
ella, 
Poco á 
guntó á d'Artagnan si era sensible al amor. 
—;¡Ay! esclamó d'Artagnan con el aire mas 
sentimental, de que pudo revestirse, ¿es posible 
que seais tan cruel para dirigirme semejante 
pregunta, á mí, que desde que os he visto, no 
suspiro ni vivo mas que por vos? 
Milady se sonrió con una estraña sonrisa. 
—¿Entonces, me amais? 
—¿Es preciso que us lo diga, y no lo habeis 
vos misma advertido? 
—Si tal; pero ya lo sabeis; cuanto mas orgu- 
llosos son los corazones tanto mas difíciles son 
de cautivar. 
—¡Oh! las dificultades no me asustan; dijo 
d' Artagnan; no me espantan mas cp las 1mpo- 
sibilidades. 
—Nada es imposible á un verdadero amor, 
dijo milad y. 
—¿Nada, señora? 
—Nada, repuso milady. 
—¡Vaya! pensó d'Artagnan; el aire ha cam- 
biado. ¿Se habrá enamorado de mí por casualidad 
la caprichosa? ¿y estaria dispuesta á darme algun 
otro záfiro igual al que me dió creyendo que era 
el conde de Wardes? Esta idea hizo que d'Arta- 
gnan aproximase su sillon al de milady. 
—Veamos, añadió milady, ¿qué hariais para 
probarme ese amor de que hablais? 
—Todo lo que se exija de mí, mandad, y estoy 
dispuesto. 
ra ES A todo? 
—A todo, esclamo d'Artagnan que sabia de 
antemano que no tenia que arriesgar gran cosa 
comprometiéndose de aquella manera. 
—Pues bien, hablemos, dijo milad y acercando 
su sillon á la silla de d'Artagnan. 
- —0s escucho, señora, dijo este. 
Milady permaneció un instante pensativa y 
como indecisa; enseguida pareciendo tomar una 
resolucion: 
—Tengo un enemigo, dijo. 
—Vos, señora, esclamó d'Artagnan, fingiendo 
hallarse "sorprendido. e posible, Dios mio? ¡VOS 
tan buena! 
—Un enemigo mortal. 
—¿De veras? 
—Un enemigo que me ha insultado tan cruel- 
mente, que existe entre él y yo una guerra á 
á poco milady se hizo mas franca. Pre- 
NOVELAS. 227 
muerte. ¿Puedo contar con vos como un ausi- 
liar? 
D'Artagnan comprendió al instante á donde 
queria ir á parar aquella vengativa criatura. 
—Podeis contar conmigo, señora, dijo con én- 
fasis. Mi brazo y mi vida os pertenecen como mi 
amor. 
—Entonces, dijo milad y, puesto que estais tan 
¡generoso como estais enamorado... 
Y se detuvo. 
—¿Y qué? preguntó d Artaguan. 
—Pues bien, repuso milady despues de un 
momento de silencio, cesad desde hoy de hablar 
de imposibles. 
—No me confundais con tanta dicha, esclamó 
d'Artagnan precipitándose de rodillas y cubrien- 
do de besos las manos que le abandonaban. 
' —«Véngame de ese infame de Wardes, pen- 
| saba milad y, y sabré muy bien desembarazarme 
de tí enseguida, gran tonto, ¡hoja viva de es- 
¡pada!» 
—«Sí, dime ahora que me amas despues de 
haberme engañado tan evidentemente, hipócrita 
¡y peligrosa mujer, pensó por su parte d'Arla- 
'¡gnan, y enseguida me reiré de tí con ese que 
tú quieres matar por mi mano.» 
D'Artagnan levanló la cabeza. 
—Estoy dispuesto, dijo. 
—¿Me habeis comprendido, mi querido d'Ar- 
tagnan? dijo milady. 
—Adivinaria una mirada vuestra, 
—¿Conque así, empleariais por mí vuestro 
brazo, que ya se ha adquirido tanto renombre? 
AD PatO.- 
—¿Y cómo podré reconocer semejantes servi- 
cios? dijo milady. 
—Ya sabeis la única recompensa que deseo, 
contestó d' Artagnan, la única que es digna de 
vos y de mí. 
Y la atrajo á sí sumamente, á lo que ella casi 
no resistió. 
—¡Ah! interesado, dijo milady sonriéndose. 
—¡Ah! esclamó d'Artegnan transportado un 
  
  
inslade por la pasion que aquella mujer sabia 
encender en su pecho. ¡Ah! es que tanta feli- 
cidad me parece inverosímil, y que temiendo 
verla desaparecer como un sueño, deseo con an- 
sia recibir una seguridad positiva de vuestra pro- 
pia boca. ES 
—Entonces tratad de merecer esta supuesta” 
felicidad. : 
  
  
  
| —Estoy á vuestras órdenes, dijo d'Artagnan. 
| —¿De seguro? insistió milady con un resto 
de duda. 
—Nombradme el infame que ie hacer llorar 
á vuestros hermosos Ojos. 
 
	        
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