Full text: no. 31 (1883,31)

        
   
  
  
  
ea 
  
—Monseñor... 
embarazado. 
—Cómo, ¿rehusais? esclamó el cardenal admi- 
rado. 
—Yo estoy en los guardias de S. M., monse- 
for, y no tengo razon de estar desconlento. 
—Pero me parece, dijo su Eminencia, que mis 
guardias son guardias de S. M. y que con tal 
que se sirva en un cuerpo francés, se sirve 
al rey. 
—Monseñor, vuestra Eminencia ha compren- 
dido mal mis palabras. 
—Lo que quereis es un pretesto, ¿no es ver- 
dad? Entiendo. ¡Pues bien! ese pretesto le teneis. 
El adelantar la campaña que se abre, la ocasion 
que os ofrezco, mirad lo que podeis alegar á los 
ojos del mundo; á los vuestros, la necesidad de 
protecciones seguras. Porque es necesario que 
sepais, Artagnan, que he recibido quejas graves 
contra vos; pues no consagrais esclusivamente 
- vuestros dias y vuestras noches al servicio 
del rey. 
D'Artagnan se ruborizó. 
—Además, continuó el cardenal, poniendo la 
mano en un lio de papeles, ahí tengo un legajo 
que os concierne. Pero antes de leerlo he queri- 
do hablaros. Sé que sois hombre resuelto, y 
vuestros servicios, bien dirigidos, en vez de 
acarrearnos mal, podrán reportarnos mucho 
bien. Vamos, reflexionad y decidios. 
—Vuestra bondad me confunde; monseñor, y 
reconozco en vuestra Eminencia mucha grandeza 
de alma, que me hace pequeño delante de vos 
- como un grano de arena; pero en fin, puesto que 
vuestra Eminencia me permite hablar franca- 
mente... 
D'Artagnan se detuvo. 
—Si, hablad. 
—Pues bien: diré á vuestra Eminencia que 
todos mis amigos están en el cuerpo de mosque- 
teros y en los guardias del rey, y que mis ene- 
migos, por una fatalidad inconcebible, están en 
los de vuestra Eminencia. Seria, pues, mal re- 
cibido aquí, y mal visto allí, si aceptase el ofre- 
cimiento de vuestra Eminencia. 
—;¿Tendriais la orgullosa idea quizá, de creer 
-que no os ofrezco lo que mereceis, caballero? dijo 
el cardenal con una sonrisa de despecho. 
—Monseñor, vuestra Eminencia me honra mil 
veces mas de lo que merezco; pues muy al con- 
trario, creo no haber hecho nada para ser digno 
de sus bondades. El sitio de la Rochela va á 
empezar, monseñor: sérviré á la vista de vuestra 
_ Eminencia, y si tengo la dicha de conducirme 
en esta campaña de modo que merezca alraer 
Sus s miradas... Noia: tendré al menos en mi 
MUSEO DE NOVELAS. 
repuso d'Artagnan con aire| 
  
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favor alguna accion que pueda ¡justificar la pro- 
teccion con que vuestra Eminencia quiere hon- 
rarme. Cada cosa puede hacerse á su tiempo. 
Tal vez mas adelante, tenga el honor de consa- 
grarme á vuestro servicio, ahora pareceria que 
me vendia. 
—¿Es decir qué rehusais entrar en mi servi- 
cio, caballero? dijo el cardenal con un tono de 
despecho en el que se traslucia, sin embargo, 
una especie de estimacion. Permaneced libre, y 
conservad vuestros ódios y vuestras simpatías. 
—Monseñor.. 
—Bien, bien, dijo el cardenal, no os guardo 
rencor por esto: pero ya os hareis cargo de que 
uno cumple bien con defender y recompensar á 
los amigos y nada debe á sus enemigos. Sin 
embargo, os daré un consejo. Andad con cuida- 
do, d'Artagnan, pues desde el momento en que 
yo retire la mano con que os apoyo, no daria un 
óbolo por vuestra vida. 
—Trataré de hacerlo, monseñor, dijo el gas- 
con con humilde seguridad. 
—Pensad mas adelante, y en cierto caso, si 
os sucede alguna desgracia, dijo Richelieu con 
intencion, que he sido yo quien os ha buscado 
y que he hecho todo lo posible para que esa des- 
gracia no sucediera. 
—Tendré, suceda lo que quiera, dijo d'Arta- 
gnan poniendo su mano en el pecho, é inclinán- 
dose, un eterno reconocimiento á vuestra Emi- 
nencia por lo que está haciendo por mi. 
—Pues bien, como habeis dicho, d'Artagnan, 
nos volveremos á ver despues de la campaña. No 
os perderé de vista, porque estaré allí, continuó 
el cardenal señalando con el dedo á d'Arlagnan 
una magnífica armadura que debia vestir. Y á 
nuestro regreso, arreglaremos cuentas. 
—¡Ah! ¡monseñor! esclamó d'Artagnan, ahor- 
radme el peso de vuestro disfavor, permaneced 
neutral, monseñor, si veis que obro como caba- 
llero. 
—Jóven, dijo Richelien; si puedo en alguna 
ocasion ropetiros lo que os he dicho hoy, 08 pro- 
melo o 
Aquella última frase de Bichialtók espresaba 
una duda terrible, y consternó á d'Arlagnan mas 
de lo que lo hubiera hecho una amenaza, pues 
¿seria una advertencia de lo que debia suceder? 
¿El cardenal tralaba de preservarle de alguna 
desgracia que le amenazaba? Abrió la boca para 
responder, pero con un ademan allivo, el carde- 
nal le despidió. 
D'Artagnan salió; pero á a puerta le faltó el 
ánimo y por poco vuelve, á á entrar. Enlonces se 
imaginó la fisonomía grave y severa de Athos. 
Si hacia con el cardenal el pacto que le proponia, 
   
 
	        
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