Full text: no. 32 (1883,32)

  
(Continuacion). 
—¿Pero cómo te encuentras tú tambien en esa 
celada? 
—¡Me propuso que me asociara á él y acepté! 
—¿Y cuánto os ha dado por esa bella espedi- 
cion? 
—Cien luises. 
—Enhorabuena, dijo el jóven riendo, en su 
conceplo tengo algun valor. Cien luises es sufi- 
ciente suma para dos miserables como vosotros 
Comprendo por consiguiente que hayas aceptado, 
y te perdono la vida con una condicion. 
—¿Cuál? preguntó el soldado inquieto viendo 
que aun no estaba todo acabado. 
—Que me traigas la carta que tu compañero 
tiene en su faltriquera. 
—Ese es otro modo de matarme, asclamb el 
bandido. ¿Cómo quereis que vaya á buscar esa 
carta bajo el fuego del baluarte? 
—Sin embargo, es preciso que vayas, ó AUTO 
que vas á morir por mi mano. 
—¡Piedad! señor, ¡piedad! en foie de esa 
jóven que vos amais, que creeis muerta quizá, 
¡y que no lo está! esclamó el bandido poniéndose 
de rodillas y apoyándose en su mano, pues co- 
menzaban á faltarle las fuerzas, á causa de la 
sangre que habia perdido... 
—¿Y por dónde crees tú que yo amo á una jó- 
ven, y que la creo muerta? preguntó d'Arlagnan. 
—Por esa carta que mi atada tiene en la 
faltriquera. 
—Pues ya ves que es preciso que yo tenga esa 
carla, dijo d'Artagnan. Así ya no hay rodeos, ni 
dudas, ó sino, por mas que me repugne empapar 
por segunda vez mi espada en la sangre de un 
miserable como tú, te juro, por mi palabra de 
o. A 
- Al decir esto d' Artagnan hizo un ademan tan 
amenazador, que el herido se levantó. 
_—¡Deteneos, deteneos! esclamó cobrando áni- 
mo á causa del temor, ¡ya iré... ya iré...! 
D'Artagnan cogió el arcabuz del soldado, lo 
hizo pasar delante de sí, y le empujó Mácio su 
compañero obligándole con la punta de su espa- 
da. Era cosa terrible ver aquel desgraciado de- 
jando por el camino por donde pasaba un regue- 
ro de sangre, pálido con el temor de su cercana 
muerte, y tratando de llegar sin ser visto hasta 
. ¿8É cuerpo de su cómplice, « que yacia en el suelo 
-á veinte pasos de allí. 
El terror estaba tan marcado en su rostro cu- 
-bierto de un sudor frio, que d'Artagnan le tuyo 
- —compasion y le miró con desden, 
  
250 | MUSEO DE 
LOS TRES MOSQUETEROS 
  
NOVELAS. 
—¡Mira! voy á mostrarte la diferencia que hay 
entre un hombre valiente y un cobarde asesino 
como tú. Quédate; yo iré. 
Y con paso ágil, el ojo en acecho, observando y 
los movimientos del enemigo, y aprovechando 
las sinuosidades del terreno, d'Artagnan llegó 
hasta el segundo soldado. 
Habia dos medios de conseguir su objeto: ó re- 
glstrarlo al frente de la plaza, ó llevárselo sir- 
viéndose de su cuerpo como de un escudo, y re- 
gistrarlo en la trinchera, así se decidió por esto 
úllimo y le cargó sobre sus hombros, al mismo 
tiempo que hacia fuego el enemigo. 
Una ligera sacudida, un úllimo grito, un es- 
tremecimiento de agonía probaron á d'Artagnan 
que el que habia querido asesinarle acababa de 
salvarle la vida. 
D'Artagnan ganó la trinchera, y arrojó el ca- 
dáver al lado del herido, tan pálido comu el 
muerto. 
En seguida empezó el inventario: una cartera 
de cuero, una bolsa en que se encontraba segu- 
ramente parte de la suma que el bandido habia 
recibido, un cubilete y sus correspondientes da- 
dos componian la herencia del muerto. 
Dejó el cubilete y los dados adonde habian 
caido, arrojó la bolsa al otro, y abrió con afan la 
cartera. | | 
Entre algunos papeles de poca importancia 
halló la carta siguiente, que habia buscado con 
riesgo de su vida: 
«Puesto que habeis perdido la traza de esa 
mujer y que se halla ahora completamente se- 
gura en ese convento, donde nunca debiais ha- 
berla dejado llegar, tratad de no errar el golpe á 
mi hombre, ó de lo contrario, ya sabeis que mi 
poder alcanza mucho y que pagareis muy caros 
los cien luises que teneis mios.» 
Sin firma. Era evidente que la carta venia de 
milady. Por consiguiente la miró como prueba 
de convicción, y encontrándose en seguridad tras 
del ángulo de la trinchera, se puso á interrogar 
el herido. Este confesó que él y su compañero se 
habian encargado de robar una jóven: que debia 
salir de París por la puerta de la. Villete, pero 
que habiéndose detenido á beber en una taberna 
se les habia adelantado el carruaje diez minutos. 
—¿Y qué hubierais hecho de esa mujer? pre- 
guntó d'Artagnan con angustia. 
—Debíamos conducirla á un LoS de la 
plaza Real. 
—Sí, sí, murmuró d'Artagnan, pe bien, á 
Casa de milady. ¡ 
Entonces conoció el jóven, estremeciéndose, la 
terrible sed de venganza que impelia á aquella 
mujer á perderle, á él y á cuantos le amaban, y 
   
      
   
  
  
el a 
   
 
	        
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