Full text: no. 36 (1883,36)

  
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LOS TRES MOSQUETEROS 
(Continuacion). 
—Mi querido Athos 
un Nestor, que era, como todos lo saben 
sabio de la Grecia. 
—Pues bien, queda dicho, repuso Athos: Plan-. 
chet y Bazin partirán. En todo caso no me dis- 
gusta conservar á Grimaud en mi compañía, está 
ya acostumbrado á mis maneras, y además, la 
mañana de ayer ha debido quebrantarle, y ese 
viaje le estropearia demasiado. 
Hicieron venir á Planchet, y le dieron sus ins- 
trucciones: habíale ya informado d'Arlegnan 
que primero le anunció la gloria, en cd la! 
ocasion de tener dinero, y por último el peligro. 
—Llevaré la carta en el forro de mi casaca, 
dijo Planchet, y si me cogen, me la tragaré. 
—Pero entonces, ¿no podrás desempeñar la co- | 
mision? dijo d'Artagnan. 
—Me dareis una copia esta noche, que mañana 
sabré de memoria. 
D'Artagnan miró á 
cirles: 
—¿Qué os habia yo prometido? 
—Ahora, continuó dirigiéndose á Planchet, te 
MUSEO DE 
, dijo Aramis, hablais como 
, el mas 
  
NOVELAS. 
Y Planchet se echó á llorar; no podremos decir 
si fué de terror á causa de las amenazas que le 
—babian hecho, ó por enternecimiento al ver cua- 
tro amigos tan estrechamente unidos. 
D'Artagnan le tomó la mano y le dió un abrazo. 
—Mira, Planchet, le dijo, estos señores te di- 
cen esto por el grande afecto y amistad que me 
profesan, pero en el fondo te aman. 
—¡Ah! ¡señor! dijo Planchet, ó desempeñaré 
mi comision, ó me harán pedazos; pero aun 
cuando esto último sucediese, estad seguro de 
que no hablaria una palabra. 
Se decidió que Planchel partiese al dia si- 
guiente á las ocho de la mañana, á fin de que, 
Como habia dicho, pudiese durante la noche 
aprender de memoria la carta. Doce horas de ven- 
¡faja le quedaron con este arreglo, pues debia 
«volver á las ocho de la noche del dia décimo- 
sesto. 
A la mañna siguiente, al liempo en que iba á 
f 
XX 
¡montar a caballo, d'Artagnan, que en el fondo 
de su corazon sentia una predileccion particular 
por Buckingham, llamó aparte á Planchet. 
sus amigos, como para de-. 
doy ocho dias para que llegues hasta lord de 
Winter, y otros ocho para que vuelvas aquí, que 
componen en lodo diez y seis. Si el décimo sesto 
de tu partida no has llegado á las ocho de la 
noche, no hay nada de lo prometido, aunque no 
pasen mas que cinco minutos. 
—Entonces, señor, dijo Planchet, emo 
un reloj. 
—Toma este, dijo Athos, dándole el suyo con 
su desinteresada generosidad, y pórtate como 
buen muchacho; piensa que si hablas, si te en- 
tretienes y gaslas inútilmente el tiempo, pierdes 
á tu amo y eres la causa de que le corten la ca- 
beza, cuando tiene tanta confianza en tu fideli- 
dad, que nos ha sio de tí. Pero piensa 
tambien que si por culpa tuya aconteciese algu- 
na desgracia á d'Arlagnan, yo te sabré Meca 
por todas partes, y luego que le haya encontrado 
te pasaré de a parte." 
—Ah! ¡señor! dijo Planchef, Os con | 
aquella sospecha, y mas que lodo asustado del 
aire impasible del mosquetero. 
—Y yo, añadió Porthos, moviendo sus amena- 
zadores Ojos, piensa que te desollaré vivo. 
—Ah! señor! 
“—Retucha. le dijo, así que hayas entregado 
la carta á lord de Winter, y que éste la haya 
leido, le dirás: «Vigilad por su Gracia lord de 
Ruékino gham, pues tralan de asesinarle.» Pero, 
mira, Planchet, esto es tan grave y tan impor- 
tanto, ) que ni aun he querido decir á mis amigos 
que iba á confiarte este secreto, el cual, no me 
¡atreveria á escribirlo ni por un erado de capitan. 
—Eslad tranquilo, señor, ya vereis si se pue- 
de contar conmigo. 
Y montando en un escelente caballo que debia 
a á las veinte leguas para tomar la posta, 
Planchet partió al galope, con el corazon algo 
  
oprimido por la triste promesa que le habian he- 
Cho los mosqueteros, pero lo demás, con las me- 
jores disposiciones. 
Bazin partió al dia siguiente para Tours, y se 
le concedieron ocho dias para qua, desempeñase 
¡su comision. 
Los cuatro amigos, durante estas dos ausen- 
cias, tenian, como no podia dejar de ser, los ojos 
en acecho y los oidos prontos al mas leve rumor. 
Sus dias se pasaban en sorprender lo que se ha- 
blaba, en acechar los pasos del cardenal, y en 
atisbar los correos que llegaban. Mas de una vez 
les sobrecogia un temblor invencible cuando les 
llamaban para algun servicio inesperado, aun- 
que por otra parte tenian de cuidar de su propia 
¡seguridad, pues milad y era un fastama que cuan- 
  
—Y yO, repuso. Aramis, con su voz dulce y do llegaba á aparecerse á las personas, no las dez 
melodiosa, piensa que te abraso á fuego lento jaba ni aun dormir tranquilamente. | 
como á un salvaje 
—¡Ah! honor! 
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El octavo dia por la mañana, Bazin, con su 
¡semblante fresco y con su sonrisa habitual, entró 
  
  
  
  
 
	        
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