Full text: no. 39 (1883,39)

   
  
312: 
MUSEO DE 
sionera? le dijo. Pues bien, pregun lad E TEO 
carcelero qu gracia le pecia anora poco. 
—¿Vos peziais una eracia? preguntó el baron 
desconfiado. 
— 1, luuota, Tenuso el jóven confuso. 
—¿Y qué gracia era esa? veamos, alauiv 1072 
de Winter. | 
—Un cuchillo, que me devolveria por el pos- 
tigo un minuto despues de habérselo dado, res- | 
pondió Felton. 
—¿Hay aquí álguien escondido, á quien esta 
erraciosa persona quiera degollar? repuso lord de 
Winter con su voz burlona y desdeñosa. 
—Soy yo, respondió milady. 
—Ya os he dado á escoger entre la América y 
'Tyburn, repuso lord de Winter; preferid á Ti- 
burn, milady; creedme, 
segura que el cuchillo. 
Felton palideció y dió un paso hácia delante, 
pensando que en el momento en que habia entra- 
do en la habitacion, milad y tenia una cuerda en 
la mano. 
—Teneis razon, contestó esta, y ya habia pen- 
sado en eso. 
En seguida añadió con voz sorda: 
—Y persistiré en mi idea. 
Felton sintió correr por su cuerpo un estre- 
mecimiento que se introdujo hasta en la médu- 
la de sus huesos. Probablemente advirtió lord 
de Winter este estremecimieto. 
—Desconfia, Jhon, le dijo; Jhon, amigo mio, 
he descansado en lí; ten cuidado, ya le he pre- 
venido. Y, además, ármate de valor, dentro de 
tres dias nos veremos desembarazados de esa 
criatura, y á donde la voy á enviar no hará 
daño á nadie. 
—¡Ya lo oís! esclamó milady en voz alla, de 
modo que el baron creyó que se aria al cielo, 
y Felton comprendió que era á él. 
Este bajó la cabeza, y quedó pongalivo. 
El baron tomó del brazo al jóven teniente, y 
se lo llevó, volviendo la cabeza por encima de 
su hombro, á fin de no rendos de vista á milad y 
hasta que hubiesen salido. - 
—Vamos, vamos, dijo la prisionera luego que 
estuvo izada la puerta, no estoy tan adelanta- 
da como creia. De Winter ha cambiado su nece- 
dad acostumbrada en una prudencia desconocida. 
¡Lo que puede el deseo de la venganza! ¡y cómo : 
forma este deseo al hombre! En cuanto á Felton, 
duda. ¡Ah! noes un hombre resuelto como ese 
maldito d'Artagnan. 
Sin embargo, milady aguardó con impacien- 
cia, pues dudaba mucho que se pasase aquella 
mañana sin que volviese á ver á Fellon. Por fin, 
una hora despues de la escena que acabamos de 
la cuerda es aun mas 
NOVELAS. 
referir, oyó hablar en voz baja á la puerta: al 
¡mismo tiempo se abrió esta y apareció Felton. 
El jóven entró en la habitacion con rapidez 
dejando la puerta abierta tras sí, y haciendo seña 
á milady de que guardase silencio. Tenia el sex:- 
lante trastornedo, 
—¿Que me quereis? preguntó milady. 
—Escuchad, respondió Felton en voz baja, 
acabo de alejar al centinela para poder permane- 
¡cer aquí sin que se sepa que he venido, y para 
hablaros sin que oigan lo que os voy á decir. El 
baron acaba de contarme una historia espantosa. 
Milady dejó ver su sonrisa de víctima resigna- 
¡da y sacudió la cabeza. .. 
—0 vos sois un demonio, continuó Felton, ó 
el baron, mi bienhechor, es un mónstruo. No 
hace mas que cuabro dias que os conozco, y á él 
le amo hace diez años, y no obstante dudo entre 
  
es preciso que yo quede convencido; esla noche 
¡me convencerels. 
el sacrificio es demasiado grande y sé lo que 0S 
cuesta. No, yo estoy perdida, no os perdais con- 
migo. Mi muerte será mucho mas elocuente que 
mi vida, y el silencio de un cadáver 03 conven- 
cerá mejor que las palabras de una prisionera. 
—C ullaos, señora, esclamó Felton, y no me 
hableis de ese modo; he venido para que me ju- 
reis por lo que tengais de mas sagrado, que no 
atentareis contra vuestra vida. 
—No quiero promeler nada, dijo milad y, por- 
us nadie respeta como yo un juramento, y sl 
lo promeliera me veria precisada á cumplirlo. 
—Pues bien, compromeleos á lo menos hasta 
que me hayais vuelto á ver persistís en vuestra 
idea, entonces sereis libre, y yo mismo os daré 
el arma que me habeis pedido. 
—Bien, dijo milad y, por vos aguardaré. 
—Juradlo. e 
—Lo juro por muestro Dios. ¿Estais contento? 
Sí, dijo Feltou, hasta la noche. : 
Y se lanzó fuera del aposento de milad y, vol- 
pica del soldado en la mano, como si estuviese de 
guardia. 
El soldado volvió y Felton le entregó su arma. 
acercado, milady vió al jóven persignarse con 
un delirante fervor y alejarse por el corredor con 
un transporle de alegría. 
(Se continuará). 
Gracia: Tip. de J. qee o Sta. Teresa, 10. 
  
  
ambos; no os espanleis de lo que os digo, pero 
despues de las doce volveré á veros, y quizás. 
  
—No, Felton, no, hermano mio, le respondió, - 
el momento en que me volvais á ver. Si despues 
“vió á cerrar la puerta, y aguardó con la media 
Entonces al través del postigo al que se habia 
  
  
  
  
  
  
  
  
  
       
 
	        
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