Full text: no. 45 (1883,45)

  
  
304 MUSEO DE 
LOS TRES MOSQUETEROS 
(Continuacion). 
En el momento en que la pequeña tropa habia 
pasado por delante de Guskal é iba á llegar á la 
posta, un hombre escondido debajo de un árbol 
separóse del tronco con el que habia quedado 
confundido en las tinieblas, y se adelantó hasta 
en medio del camino poniendo un dedo en sus 
labios. 
Athos reconoció á Grimaud. 
—¿Qué hay? esclamó d'Artagnan, ¿habrá de- 
jado á Armentieres? 
Grimaud hizo con la cabeza un signo afirma- 
tivo. D'Artagnan hizo rechinar sus dientes. | 
—¡Silencio, d'Artagnan! dijo Athos, soy yo 
quien me he encargado de todo, 4 mí me toca 
interrogar á Grimaud. 
—¿Dónde está ella? Preguntó Athos. 
Grimaud estendió la mano en direccion del Lis. 
—¿Lejos de aquí? preguntó Athos. 
Grimaud mostró á su amo su índice doblado. 
- —¿Sola? agregó Athos. 
Grimaud hizo seña de que sí. 
—Señores, dijo Athos, se halla á media legua 
de aquí en la direccion del rio. 
—Está bien, dijo d'Artagnan, condúcenos allá, 
Grimaud. 
Este se puso en marcha y sirvió de guia á la 
cabalgata. 
Así que hubieron andado unos quinientos pa- 
sos encontraron un riachuelo que vadearon. 
Al resplandor de un relámpago distinguieron 
la aldea d' Erquinheim. 
—¿Es ahí? preguntó d'Artagnan. 
Grimaud sacudió la sabeza con apeian nega- 
tivo. 
— ¡Silencio! dijo Athos. 
y la tropa continuó su camino. 
Otro relámpago brilló; Grimaud .estendió el 
brazo, y al resplandor. 'agulado que despidió la 
serpiente de fuego, disti | pequeña 
  
  
  
  
una barquilla. A 
Una ventana pr ) 
  
  
  
    
el dedo la ventana alumbrada. 
-—Allí está, dijo. 
— Y Bazin? preguntó Athos. 
- —Mientras yo guardaba la ventana, él Poo 
ba la puerta. 
—Bien, dijo Athos, todos sois fieles y leales 
servidores. 
  
  
1. el costado en un 
foso se ori era a pe mostró ad 
  
NOVELAS. 
Athos se apeó de su bado. dió la brida á 
Grimaud, y se adelantó hácia la” ventana, des- 
pues de haber hecho seña á los demás que se 
encaminasen hácia la puerta. 
La casita se hallaba rodeada de un seto vivo 
de dos ó tres piés de alto. Athos pasó el seto, 
llegó hasta la ventana, que no tenia persianas, 
pero cuyos medios visos estaban corridos perfec- 
lamente. 
Se subió sobre el zócalo de piedra, á fin de po- 
der ver por encima de los visos. 
Al resplandor de una pupara, vió á una mu- 
jer envuelta en una capa de color oscuro, sentada 
en un escabel cerca de un fuego moribundo. Te- 
nia colocados los codos sobre una mala mesa, y 
apoyaba su cabeza en sus dos manos, blancas 
como el marfil. | 
No se podia distinguir su rostro, pero una 
sonrisa siniestra apareció en los labios de Athos. 
No habia que engañarse; bien cierto estaba de 
que era la misma que buscaba. 
En este momento relinchó un caballo. Milady 
levantó la cabeza, vió la cara pálida de Athos pe- 
gada al vidrio, y dió un grito de terror. 
Athos comprendió que le habia conocido; em- 
pujó los cristales con la rodilla y con la mano; 
la puerta cedió, los vidrios se rompieron, y 
Athos, semejante al espectro de la venganza, saltó 
al suelo. Milady corrió á la puerta y la abrió. 
Mas pálido y mas amenazador aun que Athos, 
d'Arlagnan se hallaba en el dintel. 
Milady retrocedió dando un grito; y creyendo 
d'Artagnan que quizá tendria algun medio de 
fugarso, y temiendo se le escapase, cacó una pis- 
tola, pero Athos levantó la mano. 
E nelre esa arma á su sitio, d' Arlagnan, le 
dijo; es necesario que esta mujer sea juzgada y 
ho asesinada. Aguarda aun, d Artagnan, y que- 
| darás satisfecho. Entrad, señores. 
D'Artagnan obedeció, pues Athos tenia la voz 
solemne y el ademan poderoso de un juez envia- 
do por el Señor. Despues de d'Arlagnan, entra- 
e E Ton. Porthos, Aramis, lord de pS yel nializo 
casa aislada en la orill del rio, á cien 2. Paños. de| | 
de la capa roja. 
Los cuatro criados Aeerabon la pues ta y la 
lane 
Milad y habia us á caer en su e con las 
manos estendidas como para conjurar aquella 
terrible aparicion. Al distinguir á su u cuñado, dió 
| un grilo terrible. 
—¿Qué buscais? esclamó milady. e 
—Buscamos, dijo Athos, á Ana de Breuil, que 
se ha llamado primeramente condesa de la Fere, 
y despues lady de Winter, baronesa de Sheffield. 
—Yo soy, murmuró llegando al colmo de la 
admiracion. ¿Qué se os ofrece? 
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
 
	        
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