Full text: no. 45 (1883,45)

MUSEO DE 
—0s imputan crímenes que hacen rodar ca-| 
bezas mas altas que la vuestra, dijo el, cardenal. 
—¿Guáles, monseñor? preguntó d' Arlagnancon.| 
una $ que admiró al cardenal mismo. 
—0s imputan el haber tenido correspondencia 
con los enemigos del reino, os imputan el haber 
sorprendido los secretos del Estado, os Impulan | 
el haber tratado de desbaratar los planes de vues- 
tro general. 
—¿Y quién me imputa eso, monseñor? dijo 
d'Artagnan, que conoció que la acusacion venia 
de milady; una mujer marcada por la justicia del 
pais, una mujer que se ha casado con un hom- 
bre en Francia, con otro en Inglaterra, una mu- 
jer que ha envenenado á su segundo marido, y 
que ha intentado envenenarme á mi tambien? 
—¿Qué decís, caballero, esclamó el cardenal 
admirado, de qué mujer quereis hablar? 
—De milady de Winter, respondió d'Arta- 
gnan, sí, de milady de Winter, cuyos crímenes 
seguramenle ignoraba vuestra Eminencia cuan- 
do la ha honrado con su confianza. 
—Caballero, dijo el cardenal, si milady de 
Winter ha comelido los crímenes que decís, será 
castigada. 
—Ya lo ha sido, monseñor. 
—¿Y quién la ha castigado? 
—Nosotros. ( 
— Está presa? 
—Está muerta. 
—¡Muerla! repitió el cardenal, que no podia 
creer lo que via, ¡muerta! ¿no habeis dicho que 
estaba muerla? 
—Tres veces habia tratado de matarme, y la 
habia perdonado; pero ha matado la mujer que 
amaba, y entonces mis amigos y yo la hemos 
preso, juzgado y condenado. 
Entonces d'Artagnan contó el envenenamiento 
de la señora Bonacieux en el convento de las car- 
melitas de Bélhune, el juicio en la casa' aislada, 
y la ejecucion en las orillas de Lis. 
Un estremecimiento corrió por todos los miem- 
bros del cardenal, que, sin AABT Ego, no se eshre- 
mecia fácilmente. 
Pero de repente, como sufriendo la influencia 
de una idea secreta, la fisonomía del cardenal, 
sombría hasta entonces, se iluminó poco á poco 
y llegó á la mas perfecta serenidad. 
—Entonces, dijo con una voz cuya dulzura 
- Contraslaba con la severidad de sus palabras, 
- vosobros Os habeis constituido en jueces sin pen- 
sar que los que no tienen la mision de aid 
y castigan, son asesinos. 
—Monseñor, os juro que no he tenido ni un 
_ instante la idea de defender mi cabeza contra | 
vos, y sufriré el castigo que 4 vuestra Eminen- | 
| dora] 
  
  
NOVELAS. 
cia plazca señalarme. No tengo ningun apego á 
la vida para temer la muerte. 
AL ya lo sé, sois valiente, caballero, dijo el 
1, COn VOZ Casi afectuosa! puedo deciros 
de antemano que sereisjuzgado y aun condenado. 
—Cualquiera otro podria responder á vuestra 
Eminencia que tenia su perdon en el bolsillo: 
yo me contentaré con deciros: ordenad, monse- 
nor, estoy dispuesto. 
—¡Vuestro perdon! dijo Richelien sorprendido. 
—Si, monseñor, respondió d'Artagnan. 
—¿Y firmado por quién? ¿por el rey? 
El cardenal pronunció estas pa labras con una 
singular espresion de desprecio. 
cio, monseñor, por vuestra Eminencia. 
—¡Por mi! ¡Estais loco, caballero! 
—Vuestra Eminencia reconocerá su lelra sin 
duda. 
Y d'Artagnan presentó el precióso papel que 
Athos habia arrancado á milady y que habia da- 
doá d' da para que le sirviese de salva- 
guardia. ' 
3u Eminencia tomó el papel y leyó con voz 
lenta y apoyando cada sílaba: 
«Por órden mia, y para bien del Estado, ha 
hecho el portador del presente lo que ha hecho, 
»En po de la Rochela, 3 de agosto de 1628. 
»RICHELIEU.» 
El cardenal despues de haber leido estas dos 
líneas, cayó en un profundo caos de reflexiones, 
pero no devolvió el papel á d'Artagnan, sino que, 
por el contrario, despues le rompió lentamente. 
—Estoy perdido, dijo para sí d'Artagnan. 
Y se inclinó Ne ante el cardenal, 
como un hombre que dice: a que se haga 
tu voluntad.» 
Ll cardenal se acercó á la mesa, y sin sentar- 
se escribió algunas líneas en un pergamino, cu- 
yas dos terceras partes estaban ya llenas; en se- 
guida puso en él su sello, 
—E£sta es mi sentencia de muerte, dijo d'Ar- 
lagnan, me ahorra el fastidio de la Bastilla, y 
los lrámites de un Juicio. Eso es demasiado ama- 
ble para él. 
—Tomad, caballero, dijo el cardenal al ¡ jóven, 
os he quitado un documento en blanco, y os doy 
otro. El nombre no está puesto, vos mismo lo es- 
cribireis. 
D'Artagnan tomó el papel wacilando, y ones en 
él la vista. 
Era una lugartenencia en los mosqueteros. 
a Arlagnan cayó á los piés del cardenal. 
(Se continuará. / 
Gracia: Tip. de J. Aleu y Fugarull, Sta. Teresa, 10. 
 
	        
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