Volltext: Tomo 1 (01)

84 a CARLOS SOLO 
vaba y volvió á caer pesadamente sobre 
los maderos del embarcadero. 
Al mismo tiempo una voz gozosa lanza- 
da en el francés más puro: 
—¡Ah, el bárbaro! ¡A punto estuve de 
perder mi piel con la suya. 
XI 
—«¡Aoh! ¡yes!» Soy ciudadano de la li- 
bre América, y tengo el derecho de suici- 
darme si me place. i 
—Y yo digo que tengo el derecho de 
impedir beberos el océano. ¿Entendéis, 
milord ? 
—¡ No hay milores en América! Me llamo 
señor Williams Donegal, de Filadelfia. 
—Señor Williams Donegal, mucho gusto 
en conocerle! 
Y presentándose él mismo dijo: 
—Gedeón La Bastide, escultor, Bulevar 
de la Chapelle 6, París. 
.—¡Ah, señor Gedcón! ¿ Queréis un buen 
consejo ? 
—;¡ Decidlo, mi querido e 
—¡Es que os; volvais á París en el pri- 
mer barco! Si no tenéis dinero en el fondo 
- de mi sombrero hay quinientos dollars. 
—¡Viejo maligno! Para que volváis á 
reanudar el desatino, en cuanto yo haya 
vuelto la espalda. Pero no. No consiento 
e cosa, ¡ Valiente idea la de querer dormir 
en el río con el frío que hace! Volveos 
á vuestra hacienda, no vayáis á ns un 
_Teuma, 
El americano hizo , ade emán de volverse á 
tirar al río, 
'Gedeón se puso muy decidido delante 
- de él 
—¿ Dónde vais ? 
ARA 
_—¡Nol! Os he sacado y no volveréis ds 
tiraros, 
Os repito que me conviene tirarme. 
- —Con mi permiso. | 
nu. —Voy á boxearos á lo americano. 
 —¡Venga! Yo estoy por el boxeo francés. 
El americano se dispuso. - 
-. —¡Una vez! ¿Queréis? 
a E señor. 
¿Dos veces? 
NO La 
4 
— Tres veces? 
—¡ Nones! 
El señor Donegal dirigióle un puñetazd 
soberbio, pero que dió en falso. 
Gedeón había parado en seguida. Fu 
más rápido aún en la respuesta y el gol 
no marró, l 
Era un espectáculo entretenido ver aqu 
llos dos hombres que acababan de salir 
agua cambiando puñetazos en la obscuridad 
Apasionado por el boxeo, Gedeón haci 
gimnasia del espíritu á la vez que 
cuerpo, 
—¡Cogido!—exclamó el señor Donega 
enviando un golpazo capaz de matar á 
buey, pero que salió fallido como los otro$ 
-——¡Muchas gracias! ¡Y este! ¡ Llega recí! 
de la Villette!... Y este es para extr 
las muelas sin dolor... Contínuemcs, teng 
para todos los gustos, en hierro, en caol 
chouc. ¡Eh! ¿Está pegado?... Un poco ' d 
torpeza. Alla vá... Es para sacudir el pol 
Y pan, pan, lós puñetazos y torpeza 
llovían sobre la piel del pobre americaf 
como los golpes que retumban en un tar 
bor que bate la carga. 
Fué la escuela francesa, la escuela de l 
Villette la que triunfó. 
Soplando, sudando, estornudando, e 
ñor Donegal suplicó á su adversar:o que P* 
rase, y le tendió la mano lealmente. 
—Señor La Bastide, sois muy fuerte. 
—Era necesario esto para calentarM 
pues el baño no estaba caliente. : 
El americano se vistió, 
—¡ Enhorabuena !—exclamó Gurcsnd 
—Os fofrezco un «grog» en este «bar» 
está al extremo del metodo el yankó 
—Acepto, ¿Y después? 
—¡Me dejaréis solo! 
El escultor, comprendiendo que Y a 
de suicidio estaba profundamente arral 
da en el cerebro de aquel hombre, pé 
que haría una buena obra intentando C 
aquella alma enferma. Y al mismo as 
po se le ocurrió un pensamiento mé 
generoso, pero que excusaba: las ci 
tancias, 
Pensaba que esta originalidad seria! 
so la salvación. 
Después A algunos instantes de sil: 
cio, Pra 
 
	        
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