Full text: Tomo 2 (02)

32 CARLOS SOLO 
mith obligaba á las tropas boers á luchar 
entre dos fuegos pero importaba que la 
ciudad fuese tomada y esto sin dilación al- 
guna, 
Los burghers descontentos de la lenti- 
tua del sitio y habituados á no disimular 
nunca lo que respecto á los movimientos 
de sus jefes criticaban abiertamente la 
táctica del general Joubert que se obs- 
tinaba pretextando que por humanidad, á 
no llevar adelante con más actividad el 
bombardeo. 
Con la artillería de que disponían los 
confederados, hubiese sido fácil reducir en 
pocos días á la guarnición inglesa. 
Esto era al menos lo que se decía, no 
sin algunas alusiones mortificantes para los 
regimientos, 
Nuestros amigos oían todos estos comen- 
tarios y bajaban. la cabeza. 
—¡ Cumplimos nuestro deber! ¡Dios se 
encargara de lo demás!—había dicho el 
capitán Keradec. 
Diferentes escaramuzas, v.rias tenta ivas 
infructuosas ejecutadas por Buller habían 
tenido lugar en la línea de la Tugela, cuan- 
do un rumor venido, no se sabía de donde, 
corrió por la compañía. 
Los ingleses habían conseguido atravesar 
el río hacia arriba de la posición ocupada 
por el regimiento, Van Berkel, y Spioen- 
Kcop había caído en sus manos. 
- Van Berkel y su veld-cornet estaban de- 
liberando, cuando una estafeía del campo 
central vino á 
cia la colina que los ingleses habían to- 
mado por asalto á las cuatro de la ma- 
drugada. 
Eran en:onces las ocho; inmediatamente 
los burghers cumplieron la orden; á las 
diez habían reunido las tropas que iban á 
intentar el modo de recuperar la colina, 
Ya otros regimientos, l:s de Helde:bcrg 
y de Carolina se hallaban ailá y los catres 
habían huído de sus «Kaals» situados al 
pie de la montaña. 
no especie de muralla natural ón 
á los boers, que permanecieron inmóviles 
o refuerzos, 
Al fin llegaron. da | 
Un gran silencio reinaba entre los re- 
A 
Xx 
4 traerle orden de dirigirse ha- 
publicanos; todos los hombres comprer 
acaso algunos de ellos morirían. 
Esperando la orden de disponerse al asa 
to, vagaban en pequeños grupos, con 
la señorita Montecristo, Pala Ben]: 
Coco y algunas mujeres boers bajo 
Órdenes de una ambulancia europea prep 
raban camas y hojarasca. A 
Van Berkel y el capitán Keradec pW 
recían estar muy preocupados. 
Arístides Lavignette había sido cog 
en un nuevo acceso de comedia, con 
escopeta en bandolera, y con su gran 
ble en la mano, iba de grupo en gr 
dirigiendo á los unos y á los otros af 
gas á las cuales nadie prestaba atenci 
Pero he aquí que el belicoso Arístió 
encontró al señor Donegal. 
—¡Muy buenos días, señor amierical 
¡Parece que va á haber calcr! ¿Es qe 
no tenéis miedo? , 3 
El yankée llevó á sus labios el cigarita 
cuyo extremo cortaba gravemente, lo 
cendió y con su acostumbrada flema, Lo 
testó : 
—Sí, señor fiancés, tengo miedo de q% 
no podáis herir con ese sable, que es M 
grande que vos, : 
—¡Se aprovecha uno del placer allí C0 
de la encuentra! Además, no sé por Y 
os mofáis de mi sable, pues lo-he afila! 
y corta como la mejor navaja.  ; 
Un prolongado y estridente silbido le 
tó la palabra. 
Era la señal del asalto. 
Arístides vió que Gedeón estrechaba £% 
tivamente la mano de la señorita Montech 
to, y los boers se arriesgaron en el pal 
je descubierto que los separaba del 
mer contrafuerte de Spioen-Kop. 
Al mismo tiempo se hizo oir la voz 
tente de la artillería puesta en operación 
apuntada contra las alturas ocupadas P2 
los ingleses, > 
El enemigo contestó y el regimiento Vi 
Berkel, tuvo que franquear una dista 
cia de un cuarto de milla próximamen 
bajo fina lluvia de hierro y de if Us 
 
	        
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