Full text: Tomo 2 (02)

84 CARLOS SOLÓ 
¡Qué bello estaba así aquel soldado en- 
tusiasta, aquel trancés de alma y de co- 
razón |... 
Tal debía ser cuando á la cabeza de 
su escuadrón, mandaba las descargas ce- 
rradas en las planicies del Norte en per- 
secución de los bandidos del desierto. 
Tales debían ser también todos los va- 
lientes de su estirpe, héroes desconocidos 
que arrojaron su generosa sangre en los 
campos de batalla de Europa, corriendo en 
pos de una muerte segura sin esperanza 
de volver. 
Nuestros amigos y los burghers se preci 
pitaron en su seguimiento; parecía un tor- 
bellino una avalancha humana que pasa. 
Prodújose una colisión que fué una ver- 
dadera carnicería, 
Conducidos por Juan de Kéradec nues- 
tros amigos entraron al primer choque en 
las filas de los caballeros. 
Pero estas filas se cerraban, detrás de 
ellos, la muerte se cernía sobre ellos. 
Con el resplandor proyectado por el in- 
cendio del forraje que acababa de extin- 
guirse la escena teta un algo de gran- 
diosa. ? 
Las siluetas de los combatientes se des- 
- tacaban fantásticamente grandes envueltas 
en una nube encantada. 
Los burghers con los brazos de acero, ma- 
nejaban con rabia sus fusiles, cuyas culatas 
transformadas en mazas, rebotaban en las 
- cabezas que crujían como un sordo ruído. 
 Gedeón, Eustaquio y Arístides, rodeando 
á las mujeres, hacían prodigios; sus armas 
 ejecutaban terribles vueltas y dejaban alre- 
dedor de ellos lugares vacíos. 
La sangre corría á lo largo de las lá- 
minas de aceró, las carabinas de los bur- 
ghers se cubrían de una materia que no 
sabía. lo que era, trozos de cráneo. se 
an con caballos, 
aquí y por allá no se oía sino > dis. 
: Juan de Kéradec con la cabeza des- 
cubi ¡erta la mejilla con tun gran rasc uñazo. 
iba “cada vez más adelante. 
_Sembraba la muerte atrio de « eN, pero, 
ésta no quería nada con él. 
El americano le seguía iioiefaton. 
con una mano mad su sable, con la 
Ma vignette! Ned: 
Parecía estar en su elemento el dig: 
yankée pues una singular sonrisa apare 
en sus labios, 
¡ Acaso pensaba en el club de los suicidas 
La batalla era horrible y sin embarg 
fué breve. . 
Juan de Keradec acababa de hacer | 
nuevo zafarrancho. 
—¡ Adelante ! —gritó. 
Y lanzóse al espacio que vió libre, 
Los otros siguieron tras él, ¿ 
Estupefactos, espantados, aterroriza 
por esta furia que se experimentaba Pp 
primera vez entre los boers, los ingleses 
prosiguieron. 
Los soldados del campo acababan 
reunírseles, 
Pero poco cuidadosos de tener comba 
con aquellos ginetes que acababan ue die 
mar un selecto cuerpo, pusieron pie € 
tierra y se contentaron con ayudar á l 
voluntarios australianos á recoger sus mue 
tos y sus heridos. 
Cuando estuvieron en la montaña y 5 
creyeron al abrigo de un registro agres 
vo de los ingleses, nuestros amigos pn 
cedieron al recuento. 
Dos burghers no respondieron. 
Van Berkel se santiguó. 
Ocupóse enseguida de los heridos. 
Independientemente. de Juan de Kerade£ 
un burgher tenía un brazo herido, otr 
tenía arrancado el cuero tabelludo de un e$ 
padazo, un tercero tenía ¡vaciado el ojo 1 iz 
quiendo, da 
Arístides, el fogoso Arístides, se halla 
entre los heridos. 
No habiendo tenido tiempo para evit z 
la cuchillada que le había dado un Ze 
bujarrón australiano, tenía la ao de un 
Oreja cortada, 
El cómico hacía muecas y mantenía ent 
. 
gicamente con su pañuelo la parte her 
que sangraba abundantemente. 
-—¡Héme aquí en mi papel l—dijo. á Z 
zétte que se aproximaba para curarlo 
Ahora sería la ocasión de que mi antigua 
prometida si acaso vuelvo á encontrar! 
pueda decir que no estoy falto de origina 
dad: ¡Estás osa mi. pobre. Li 
y 
 
	        
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