Full text: Tomo 3 (03)

52 : CARLOS SOLO 
Después buscó en sus bolsillos y en- 
«contró un frasquito de sales cuyo conte- 
mido no se había evaporada del todo. 
Fra muy poca cosa, pero esta fué sufi- 
ente para reanimar al pobre hombre. 
Abrió los ojos. : 
A pesar dela obscuridad de la noche 
“reconoció á los que le rodeaban. 
Hizo un esfuerzo y aquel Ped tan 
fuerte, se levantó. E E 
—¡Van Berkel!... ¡Guardaos!... E-perad, 
¿mos á colocaros sobre uno de nuestros 
«Caballos. | 
—¡ Dejadme!... El que me ha herido es 
am torpe; en la posición donde se hallaba 
“hubiera debido comprender que sus bra- 
ws eran faltos de fuerza para herir mortal- 
mente á un hombre á caballo. Y oracias 
á que tengo la cabeza fuerte... 
—Estáis debilitado Van Berkel.. 
¿2 levaros á la gruta. - 
—¿ Debilitado? Has perdido la cabeza, 
«<empañero. ¿Es que un verdadero trans- 
“valianó se comporta como una seño- 
aita? ¡Vamos que me' dén un caballo y 
an camino! | | 
El anciano jefe interrumpióse, | miró al 
xededor de él buscó: á ver en las tinie- 
: blas, si sus recuerdos volvían. : 
, Y mis compañeros ?... ¿La francesita 
y el americano que: me acompañaban? ¿ dón: 
dde están?... | 
Es lo. que deseamos. ba ¡ah! “háblad, 
o pues, 
do cálmad nuestras “angustias. 
El anciano boer paróse de nuevo. 
-Vió los cuerpos de los. dos caballos ex- 
a «tendidos en ell suelo, po E 2 
Esto fué un rayo de luz. 
¡SL ya me acuerdo... Eran varios. El 
Amo se puso delante de mí y cogió mi 
cabillo por los 
COMA si una roca. cayera. sobre. mi cabe- 
, za. - Después. nada. más, (El americano no 
Vamos. 
señor Van Berkel. En nombre del cie- 
hocicos: “entonces sentí 
me socorrió; oí un grito: era la pequeñ 
que llamaba en su ayuda. Se les atacabi 
Pur tanto á ellos también, acaso veían más. 
personas que la que estaba ante mí. ¡Ah! 
ya comprendo. El tesoro... Los bandidos 
de la mina... 
Las últimas palabras del jefe boer re- 
sonaron como un toque en los oídos de 
los asistentes, E 
No había duda posible. 
L2 señorita Montecristo había sido Yro- 
bada y el americano, pagaba con su vida 
la abnegación por la joven. 
Los nombres de los raptores estaban en 
labios de todos, pero nadie se atrevía á 
pronunciaflos, 
Benjamín Coco no salía de su indigna 
ción, y, en su lengua gutural les dirigía 
un». serie de maldiciones. 
La señorita de Champigny suspiraba. 
Paméla se deshacía en 
Van Berkel les impuso silencio. 
—¡Haya tranquilidad, mujeres! A caba 
gemidos. 
llo y á la gruta de Macasa. 
Montó sin ayuda la señorita Champigh 
en el caballo en que iba Paméla. 
Y con el heroico éstoicismo de los honm* 
Eres de su raza, dió la señal de salid 
-_rehusando el apoyo que ia burgher y Bel 
jomís le. ofrecían. 
: Durante todo el camino Van Berkel gua 
dó' un : 
"Estaba ensimismado en sus pensamientó 
reservándose el hablar para cuando se h 
obstinado silencio. 
biere reunido al resto de la tropa. 
LA: 
3 
e silencio esa? acogió las noticl 
_llev.das por "Benjamín. Cc ocO. 
Pero este silencio era como la engaf 
don: calma que precede al desencade 
miento de Una tempestad. 
A la. consternación a ¡gonedal sucedió 
+A 
 
	        
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