Full text: Tomo 3 (03)

80 CARLOS 
- Enla lejanía de las vagas fostorescencias 
retumbó aún un cañonazo. : 
A lo largo de la costa, los burghers 
á caballo, inmóviles y semejantes á estatuas 
de bronce, armaron sus fusiles y respon- 
dieron con una salva á este último saludo. 
—¡Que Dios los 
Berkel. 
Y que El proteje 
proteja! — dijo Van 
pondieron los burghers. 
—Que los conduzca sanos y salvos al 
¿país de Francia. 
- —¡Amén!... 
Después, requiriendo la brida, con el 
arma á la espalda, la cabeza inclinada so 
¿bre el pecho, lentamente se alejardón en lo 
: profundo de los desfiladeros. 
EPILOGO 
El regreso se verificó felizmente. 
Ante el deseo manifestado por el señor 
- Donegal, se decidió hacer una corta escala 
en New-York antes de tomar el camino 
de Francia. 
Acababa el buque de remontar muy de la-- 
_ jos; el cabo de «Buena Esperanza» cuando 
la señorita Montecristo reunió á sus amigos 
en la cámara que a con Elena de 
zi Champigny. 
El: contenido al: saco! dé los, ¿diaman- 
tesp, había sido esparcido. sobre una misa, 
- —Bravos amigos míos—dijo—, Os he 
llamado para proceder. á la liquidación de 
nuestras. cuentas. 
del tesoro, la primera será dada en con: 
Junto á Simpson, á pa Caio, yá á Pa- 
“méla.. 
- Benjamín protestó. 
Yo: no quieré. .. yO rico, habtamte para 
«comprá» caballos: 
viví con mi hermana, 
«sombrilla. Y: traje de seda. 
Y yo, .e policia al servicio > del señor * 
_rearon del más vivo 
¿He hecho cinco partes. 
SOLO 
Donegal y me ha retribuído espléndida- 
mente, Quedo satisfecho—añadió Simps0n. 
—Lo apruebo, caballero, yo riego me 
aceptéis como árbitro en la participación— 
dijo el señor Donegal. 
La proposición fué admitida. 
El americano tomó una silla que apro-- 
ximó á la mesa y sacó las preciosas pie- 
dras con meticuloso: cuidado. 
—Hé La pre 
mera para la señorita Josselín y el señor 
ahí tres partes iguales. 
Gedeón La Bastide; la segunda para la se- 
ñorita Champigny y el señor Galimard. 
Una viva emoción se había apoderado 
de los cuatro jóvenes. : S 
Las mejillas de Elena y Zezétte se co!o- 
rojo. Y 
Un inmenso júbilo aureolaba la frente: 
del escultor, 
Tendió la mano á la señorita Josselín 
La joven comprendió sin duda, sin falsa 
verguenza, tomó resueltamente la mano ! del A 
joven. . | 
—¡La acepto, pues es la mano dé un. 
hombre honrado!—dijo. «SON 
Eustaquio Galimard miraba á lea sin 
pronunciar palabra. 
—¿ Y vos, señorita?—dijo por fin. | 
Las miradas de los jóvenes se cruzaro! 
y hablaron con miuda elocuencia, 
- Arístides Lavignette se encargó. de pre 
cipitar el desenlace. : 
qa bien, qué? ¿Es necesario tanta hi 
toria para deciros que 0s amáis?.. 
Dame tu mano, Eustaquio. Vuestra pe 
queña mano, señorita. ¡Viva la bodal - 
gar Entonces, aceptáis?—preguntó el. pa 
e riodista. con acento emocionado, 
El pecho de la joven tuvo un sobresal- 
to; el carmín de sus mejillas se aa 
Después con voz dulce, más dico e el 
ruda de la brisa, acariciando la Pp” 
Mer rosa. ON pis 
 
	        
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