Full text: La posada maldita (Bd. 3)

  
  
—¿Y qué? 
—Pues que el amo juró salvar 4 la seflorita An- 
tonieta. 
Dió Rigolo un, grito de esos en los que se es- 
capa el alma entera. 
e es por ella por quien va á venir el auio? 
Mo podré ayudar á: salvarla? 
-—Así lo cree el amo. y 
—¡Ah!—exclamó entusiasmado Rigolo.—Toda mi 
sangre es de la que salvó 4 mi hijo. ¡Qué el 
- AmO mande y yo obedeceré! 
- —¿Sabéis por qué el amo se ¡acordó de vos ?—dijo 
el excochero.—Pues porque Noel le contó la; his- 
tori ia de Pignolet. 
Al oir este nombre estremecióse Rigolo. 
—¡Ah! ¿Con qué el amo sabe esa historia ?—dijo. 
—SÍ, pero yo no la sé, 
—Os la contaré—añadió Rigolo,—por más que 
ya es antigua; cuenta cinco años de fecha : 
—Contadla—dijo el excochero, 
Rigolo continuó: 
—Pignolet era un compañero, un cofrade, un 
pobre enterrador como nosotros, 
En nuestro oficio se acostumbra uno de tal ma- 
- nera á andar con muertos y á ver cómo; las gen- 
tes se van al otro barrio, que noi nos preocupa 
más que el deseo de pasarlo lo mejor, posible. 
Se sale del cementerio de dejar á un muerto . 
y se va á echar una copa á la taberna. 
Cuando no había más que hacer que el servicio 
diario, estaba Pignolet siempre á medios pelos, 
- pero se emborrachaba y se ponía perdido cuando 
  
se frataba de un entierro de primera clase. 
Aquel desdichado no estaba casado, pero venía 
á ser lo mismo porque hacía muchos años que 
— vivía maritalmente con una frutera de la calle 
de Batisnollaises, una hermosa muchacha mu 
? ; a [os] y) SE y z 
 
	        
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