Full text: El círculo de la muerte (Bd. 4)

  
8 LOS PARDAILLAN 
casa, cincuenta botellas de vino, una barra de 
hierro y un azadón hallado en la bodega. 
—Aquí están las municiones—dijo el padre 
señalando el aceite. 
—Y aquí las provisiones—dijo el hijo subien- 
do las botellas y los jamones. 
—¡A la escalera! —dijo el viejo. 
Esta era de madera carcomida y se sostenía 
de milagro. ha 
—¡Catho!—gritó el aventurero—. Dmás 
que derribe tu casa? 
—Derribad, señor—contestó la buena mujer 
colocando sobre el fuego una enorme olla 
de hierro y en ella aceite bastante para lle- 
narla. 
Los dos hombres, con él azadón y la barra 
de hierro, empezaron a arrancar los garfios 
que sujetaban la escalera ala pared y en 
cuanto lo hubieron logrado, desde el primer 
piso, empezaron a empujar la escalera. 
Un griterío terrible se oyó entonces, pues 
habiendo derribado la puerta, los guardias tra- 
taban de penetrar en la casa a través de los 
obstáculos que se lo impedían. 
En aquel momento contestó a los gritos 
un espantoso ruido: el de la escalera que se 
desplomaba. Los asaltantes ya no tenían me- 
dios de llegar hasta los sitiados. Y dominado 
todo el ruido se oyeron las sonoras carcaja- 
das del padre y del hijo. 
—Señores guardias, ya sabemos lo que son 
asaltos—dijo Pardaillán. 
Y dirigiéndose a Catho, le preguntó: 
—¿Está caliente el aceite? 
—Hirviendo, señor. 
—Bueno, vamos a enfriar el ardor*de es- 
tos señores. ¡Cuidado! 
  
 
	        
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