Full text: El día de la justicia (Bd. 16)

      
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
   
  
  
  
  
  
  
  
  
   
  
  
  
   
   
  
  
  
  
    
146 EL DIA DE LA JUSTICIA 
desvanecido sus recelos. 
La esposa de Concini alargó un brazo y tiró del cor- 
dón de la campanilla. Acudió al punto un criado y su 
ama no tuvo que hacer más que mostrarle el cadáver 
-con un gesto para que aquel comprendiera y, sin mani- 
festar el menor asombro, llamara a otro compañero para 
que le ayudara a transportarlo. | 
—¿No me dijiste, Saetta—preguntó luego con calma si- 
niestra,—que llevando a esa joven a una casa aislada 
sería posible matar dos pájaros de una pedrada y li- 
brarnos del rey y de tu hijo? ) 
—¡A1l fin! — dijo gozosamente el florentino para .sus 
adentros.—¡ Ya sabía yo que tú vendrías a parar a eso! 
Pero no te ha costado poco decidirte. A 
Y en voz alta desarrolló, ampliando y precisando los 
detalles detenidamente madurados, el plan que le oímos 
bosquejar la víspera. 
—Creo sinceramente—dijo Leonor, cuando él hubo ter- 
minado,—que has tenido una feliz idea y que merece 
ser tomada en consideración. Vuelve mañana, a las diez, 
y te daré mis instrucciones. Ahora, vete, 
Saetta se retiró con el corazón desbordante de loca 
alegría. . 
Concini había ido la víspera a la casita misteriosa de 
la calle de los Escribanos, donde fué recibido por el 
brazo derecho del general de los jesuitas, con el que tu- 
. vo una detenida entrevista, Mejor informada, u honra- 
da con mayor confianza, Leonor se fué derecha a la, 
cárcel de las monjas y fué conducida a presencia de 
Acquaviva, con el que conversó largo y tendido. 
Al salir de la cárcel se dirigió al Louvre, y celebró 
una entrevista secreta y seguramente terrible con María  ) 
de Médicis, la amante de su marido. RS 
A las once estaba de regreso en su casa, donde Saetta 
la esperaba devorado por la impaciencia. 
, 
XX 
LA CASA DE LOS TORMENTOS 
  
Por el relato de Saint-Julien sabemos que Juan el 
Bravo no había muerto a consecuencia de la caída y que | 
la herida que se causó en la cabeza carecía de impor- 
tancia. Aprovechándose de su desvanecimiento, le des- 
armaron, como sabemos también, y transportáronle a
	        
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