Full text: 1.1911=Nr. 3 (1911000103)

   
  
  
  
  
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Señoras y Mujeres 
  
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(4 mi apreciad3 cuñado el señor Martín 
Gaspar) 
1 
—¡ bueno !—me dijo mi amigo Castulo 
al leer el título de ese articulillo.—: Y qué 
tenemos con eso? Yo creía que era lo mis- 
mo una cosa que otra; ¿Ó es que se dis- 
tinguen por el traje? 
—i¡No, señor!... No se distingue por 
el traje la que es una señora, de la que es 
simplemente una mujer, comprendemos to- 
do el sexo femenino; decir señora, ya es 
otro cantar. “El poeta nace—dice el re- 
frán,—pero no se hace” ; vuelve á la inver- 
sa el proverbio, tratando de mujeres, y 
estarás en lo justo, y precisamente eso es 
lo que viene á reforzar mi tesis. 
La “edrueación. las buenas maneras, la 
delicadeza, el señoría, en fin, no nace con 
no; se forma; es producto de la imita- 
ción de puenos modelos; de asimilarse una 
Sran dosi: de bondad, y no alvdar jamás 
al Piec?ate aquél: “No quieca: para otro 
0 que no atieras para ti” 
Bueno; pero díme, ¿este va á ser un 
Articulo cómico, ó un curso de moral? 
— Pues será, como todos, un trabajo mo- 
Talizador, con sus ribetes cómicos: y voy 
4 darte una muestra de ello. Ahí tienes 
a doña Mónica, la “vindad de aquel vista 
de aduanas, que no vió nunca más allá de 
SUS narices; á pesar de que usaba lentes 
<1 0, y que, gracias á esa miopía conven- 
ion dejó á sus hijas una posición des- 
voogada. ¿Has estado en su casa alguna 
—iSí, por cierto!... Y supongo que no 
e la audacia de criticar su rico mo- 
poe te equivocas de medio á medio, 
€ ese es el primer detalle que demues- 
te o. mal gusto y su cursilería. Sillas do- 
o pesados cortinajes, de colores; un 
Samiento de adornos que demuestran 
. afan de ostentar, de deslumbrar, mejor 
dicho, : 
: Ni €sa mujer, ni sus hijas, han sabido 
Jamás lo : 
a que era ser señora. 
eS en sus trajes de raso para diario, 
Dio 9 la sombrilla con puño de oro en 
To mublado, y con los dedos llenos de 
SOrtiia. + . 
rtijas, como si sus manos fueran una vi- 
Tera de joyería. 
EL PICAFLOR NACIONAL a 
   
    
    
   
  
  
    
    
   
  
  
    
   
   
    
     
    
    
    
   
    
    
   
     
   
      
   
    
    
     
¿No son dignas amigas de las de Tron- 
coso, que adornan sus sombreros con co- 
dornices y pájaros fritos al natural, que 
provocan la patota de las gentes? 
—¿ Pero vos, me vas á negar que son 
señoras? 
—pPor su plata, tal vez; y por eso se 
las tolera; pero no por su distinción, por 
ese chic -que sólo se adquiere con el trato 
de la buena sociedad, que impone la sen- 
cillez y el buen gusto. Por eso la mujer 
elegante huye de usar trajes y joyas que 
llamen la atención... Mira, pues, si hay 
diferencia entre las mujeres y las señoras. 
—Exageras de una manera atroz. 
—¿ Que exagero? Pues, entonces, tú 19- 
noras lo que le sucedió á la hija de doña - 
Mónica yendo en compañía de su madre, 
de paseo en Palermo. 
—¿ Qué paso? 
—Que llevaba la chica un descomunal 
sombrero con un pájaro no menos desco- 
munal, y al verla el tonto Pichote, el hijo | 
del célebre sevillano, empezó á palmotear 
y á decir: | 
— ¡Qué hermosa!... ¡Qué linda!... 
¡Qué bella... 
Doña Mónica, radiante de satisfacción, 
creyendo que aquellas alabanzas se dirigían 
á su Cirilita, su hija, se acercó á Pichoti y - 
le dijo: : 
— Muchas gracias, caballero! Es mi hi 
—:¿ Su hija?... ¡Pero si yo me refiero á 
la cacatúa que lleva en el sombrero! Va- 
liente mamarracho está su hija de usted, 
señora | , h 
A la chica, por poco le da un síncope 
pero la calmó su madre, diciéndole: 
—¡ No hagas caso, hijita mía! Son envi 
dias. a 
Federico Badía Soler. 
— 
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