Full text: 1.1911,4.Nov.=Nr. 2 (1911000102)

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otros heridos. Así siguió la jarana, esperando, como 
es natural, cada uno su turno. 
El bataltón estaba sereno, inconmovible, á cada 
cohetazo que reventaba próximo se oía la voz enér- 
gica de los oficiales, que gritaban: ¡Firme! 
Yo mandaba la primera compañía y el actual y 
simpático coronel de Guardias Nacionales, don Ro- 
dolfo Bunge, era el teniente primero. 
En esto viene un cohete, revienta sobre la compa- 
ñía sin herir 4 nadie. Con acento enérgico, digo: 
¡Firme! y el teniente Bunge, que pispa que un sol- 
dado se encoje, repite: ¡Firme-c!.... 
Yo lo llamo y le advierto que no sea tan expresi- 
vo que el comandante lo ha oído. Me hubiera exten- 
dido en mayores consideraciones sobre la estética 
del lenguaje y la moralidad de las expresiones, pero 
me contenté con lo dicho reflexionando rápidamente 
que habiendo originado todo un cohete cuanto se 
me hubiese podido ocurrir, hubiese sido lo mismo. 
El teniente, adivinando quizás lo que yo pensaba, 
y respondiendo con vivacidad á mi observación, me 
contestó: 
—¡Mi capitán! El lenguaje militar frente al ene- 
migo, no es el lenguaje del Club del Progreso! 
—j¡A su puesto, teniente! 
—¡Esté bien, mi capitán! 
Mientras tanto los paraguayos afilaban la puntería 
y cada vez más desviaban menos sus proyectiles. 
Estos bárbaros empezaron á tocar la guitarra en 
nuestros nervios. 
En esto veo uno que me pareció enorme, espe- 
cie de serpiente ígnea, que dando resopletes y con 
marcha pausada, venía derecho hacia el comandante 
Cobo. 
Este estaba 4 caballo, sobre el flanco izquierdo 
del batallón: dos pasos apenas nos separaban: mi 
posición me ubicaba tristemente frente á las últi- 
mas hileras de la izquierda de la compañía. El 
cuadro era como para pintarlo. 
El cohete avanzaba con arrogancia suma; se le 
veía venir cortando el aire. TIrremediablemente se 
le iba encima, claro, brillante, dejando un surco 
de humo como una estela de muerte; se dirigía ha- 
cia el bizarro blanco y el blanco no se movía. Viendo 
el peligro que corría mi jefe, no pude soportar más 
esa escena que, previniéndola, la sentía de antema- 
no, y le digo con petulante acento, por supuesto to- 
do teatral, porque todo. en la guerra es brillante 
mímica estudiada: 
—Comandante, ese cohete tan espléndido viene 
para usted. . 
Me respondió sereno: 
—Déjelo venir, capitán. 
—¡Fíjese, comandante! 
—Ya lo veo. Para mí no tiene cara fea; este es 
mi puesto: “Y” y suís, j'y reste!” 
Y diciendo estas palabras, acarició la cabeza 
acarnerada de su impacible jamelgo oscuro, que a 
juzgar por su imperturbabilidad, también parecía 
que tenía sangre de Lavalle. 
—*¡Moí ausi!”—le dije, y me quedé imperturba- 
ble en apariencia, fija la vista, estudiadamente, en 
mi jefe; mi cuerpo, debo confesarlo, era una cás- 
cara: fría de un volcán de emociones tremendas. 
Yo no sé si eso sería miedo; pero debo advertir 
que si existe un guapo que diga que no tiene miedo, 
es porque es flojo de la peor especie; sin embargo, 
los dos estábamos firmes; los dos esperábamos la 
muerte por momentos; pero en nuestro puesto, co- 
mo estacas. El demonio de cohete no se desviaba 
ni un ápice; venía derechito, brutalmente, como una 
flecha. Mientras tanto, hacíamos gala de una sere- 
nidad inaudita. No era para menos; teníamos por 
auditorio á la tropa que mandábamos, y a la en- 
vidia y á la ironía que ocultamente está siempre 
en el ambiente de la canalla. 
El cohete pasó entre los dos con su luz rojiza; el 
caballo estornudó groseramente, y el comandante 
Cobo me dijo: 
—¡ Pobre, lo ha resfriado! 
Siguió su curso infernal, concluyendo la pará- 
bola maldita, pasando consu palo roto muy próxi- 
mo al mayor Días, quien hubo de ser se víctima por 
segunda vez l 
Recuerdo que el malogrado capitán Martín Boneo, 
al ver nuestra salvada, y la del mayor, exclamó: 
—¡Válgales la Virgen del Cármen! 
Ese era don Juan Cobo, teniente coronel de Guar- 
dias Nacionales. 
Fortún de VERA. 
  
  
   
El Combate de Obligado 
     
N - 
| O los Misterios del Parana 
PoR H. ASCASUBI 
(Continuación) 
¡Y qué barcazos! Ché! Ché! 
tan. morrudos nunca he visto; 
si había algunos, por Cristo, 
como de aquí á Santa Fé. 
¡Y tan muchos!—ya se ve, 
como en Uropa hay manadas, 
no andan en habas contadas, 
sino en puntas á la guerra 
de Francia y de Ingalaterra 
los echan como yeguadas. 
Tres barcos ñatos venían, 
muy cosa extraña su laya, 
con ruedas y con hornalla, 
barajo!... ¡y qué estrago hacían! 
no sé qué diablos tenían 
arriba del espinazo, 
que hasta nos dieron humazo, 
y de yapa ¡Cristo mío! 
chapaliando por el río 
nos lagaban el bochazo. 
Hubo un hombre tan acosao 
de esos brutos, de manera 
que ganó una vizcachera 
por crerse más reguardao: 
¡Pero qué! si era excusao 
andarse haciendo chiquito; 
  
  
  
 
        
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