Full text: 1.1911,4.Nov.=Nr. 2 (1911000102)

  
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¡Mi Adios! 
A mi amigo Roberto Lira. 
Suena guitarra querida, 
como en esa edad primera 
cuando eras la compañera 
con que alegraba mi vida, 
es mi amarga despedida 
la que te voy á cantar, 
y me debes disculpar 
si es que vengo á entristecerte, 
y en un ¡adiós! de mi suerte 
hago tus cuerdas vibrar. 
Dulce guitarra, perdón 
si de mi lado te alejo, 
y suspendida te dejo 
en este sauce llorón; 
igual que mi corazón, 
en tu silencio abismada 
vivirás triste y callada 
cual una prenda sin dueño, 
acariciada en tu sueño 
por los vientos y la helada. 
Tal vez un ave al volar 
mueva las -ramas tristonas, 
ó enredada en tus bordonas 
el viento te haga llorar, 
entonces han de pasar 
por tu invisible conciencia, 
las horas de mi existencia, 
las caricias de mi nido, 
como fantasmas de olvido, 
como recuerdos de ausencia. 
Y en muchas noches de luna 
de las que llaman “de plata”, 
cuando el cielo se retrata 
en la dormida laguna; 
tus notas, una por una, 
vibrarán en tu desvelo, 
igual que un perdido anhelo 
ó como queja lejana, 
de mis tristezas, hermana, 
de mis pesares, consuelo. 
Guitarra de mis amores, 
con sangre á veces teñida, 
que iluminaste mi vida 
y la llenaste de flores, 
no tengo luz ni colores 
para pintarte mi amor, 
pero vencido al dolor, 
por si un día me recuerdas, 
ahí te dejo entre las cuerdas 
entrelazada esta flor. 
Quién sabe la suerte mía 
á qué abismo me conduce, 
que mi canción ya no luce 
y ha muerto mi fantasía; 
más, siempre, de tu armonía 
me acordaré cual consuelo 
y en cualquier distante suelo 
tendrá, para tu quebranto, 
una lágrima de llanto 
tu dueño: 
Jacinto CIELO. 
ADE -—— 
La venta de la suerte 
Sumamente necesitado debe estar el que en 
Pampayana, ó lugares contiguos, vende sus 
ovejas Ó sus cabras. : : 
La venta de las majadas sólo se cierra des- 
pués de muchos tratos, cuyas condiciones han 
ido variando de un día para otro. Sobre todo, 
si la majada ha sido protejida por sus “llas”, 
el comprador usa de algunas larguezas; pero 
el vendedor se reserva, en todo caso, el derecho 
de quedarse con las mascotas y con su suerte. 
De otro modo, es imposible cerrar trato, por- 
que entonces, la fortuna no acompañará otra 
vez al dueño de la majada, quien, cuando ad- 
quiera una nueva, no verá más crías ó serán 
éstas consumidas por el daño. 
El día designado para la entrega de la ma- 
jada de ovejas, que fué objeto de la venta, el 
comprador las recibe en el corral, ayudando 
al vendedor á dejar la suerte en su casa. 
—Hágalas—dice este último—voltear en el 
corral, con la cabeza junta; que lo que es la 
suerte, yo no le he vendido. 
Así se hace: las ovejas son volteadas, y una 
por una son atadas con lazos por las dos ma- 
nos y una pata; hecho esto, las ovejas son co- 
locadas convenientemente, de modo que den 
cabeza con cabeza, de dos en dos. Entonces el 
comprador, por fórmula, reclama la entrega de 
las ovejas compradas, á lo que el vendedor re- 
plica en el acto: “le hemos vendido las ove- 
jas, pero no la suerte”, á lo que el primero 
asiente en el acto. 
El dueño de la casa se acerca á las ovejas, 
y á cada una de ellas da un fuerte puñetazo, 
sacándole inmediatamente un vellón de lana, 
que va guardando en “la chuspa de la fortuna” 
ó “guayaca” con coca. Esta guayaca es un ver- 
dadero tesoro, que siempre debe tenerse con- 
sigo, y por eso es llevada, con su lana, á la 
espalda del cuerpo del pastor. Sólo después 
que la operación referida se ha practicado con 
la última oveja, y mientras se coquea para ha- 
cer acullico, el vendedor, por tercera y última 
vez, repite al comprador: “Llévense la majada; 
aquí vendimos ovejas, pero no nuestra suerte.” 
Aunque el corral quede vacía, no por eso 
se contrista tanto el hogar indígena, porque, 
al fin y al cabo, ha quedado con la fortuna en 
la guayaca. 
Esta práctica de los valles calchaquíes, y 
especialmente de Pampayana, parece propia 
de los pueblos quíchuas y aimarás, que, como 
los de estos lugares, tan rehacios se presentan 
aún en los momentos de ineludibles transac- 
ciones comerciales. No es extraño que acudan 
á tales ceremonias en casos como el menciona- 
do cuando á cada instante se producen escenas 
hasta de pugilato, durante los tratos previos 
de las más indispensables ventas. En la Que- 
brada de Huhahuaca hasta la Quiaca, es á ve- 
ces un problema conseguir alimentos en el ca- 
mino. Bien puede estar la res descuartizada á 
la vista del comprador: el criollo se encastilla 
en no vender por ningún oro del mundo aun- 
que se vea en la mayor miseria, y nada dire- 
- mos de la venta de ovejas, cabras ó gallinas, 
que resulta poco menos que imposible. 
—Vendeme esa cabrita. 
—No puedo, es de la huahua. 
—Entonces, aquel cabritillo. - 
—Es la “illa” (mascota), patroncito. 
—Pero aunque sea aquella cabra vieja... 
 
        
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