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UNA VISION DE LOS CORRALES ESPAÑOLES 
EL ALCALDE DE ZALAMEA 
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espués de comer, 
muy frugalmen 
te, en mi escudi 
lla, el puchero y 
las judías, man 
jares deleitosos 
para mi apetito 
juvenil, cepílle 
me las calzas y 
el sayo, cuya ne 
grura iba toman 
do el pardo ma 
tiz del paño de Segoviá cuando enve 
jece; echeme á los hombros la capa que 
bordaban remiendos y costurones mal 
encubiertos, me calé el chambergo alicaí 
do y desencintado, y, atusándome el re 
cién salido bozo, con esperanzas de mos 
tacho, salí de mi buhardilla, no sin pro 
curar contener los ímpetus de mi inquieto 
regocijo. Era el domingo 6 de Noviem 
bre del año de gracia de mil y seiscientos 
y treinta y seis, y décimoquinto del rei 
nado de nuestro buen rey don Felipe IV, 
que Dios guarde. Tiempo hacía que las 
campanas del templo de San Sebastián 
habían convidado con su grave tañido á 
las oraciones del mediodía. Debería de 
ser poco más de la una de la tarde. Pen 
sando en esto, apresuré el paso. 
En el portal de la casa, di de manos á 
boca con un alegre compañero mío, de 
oficina, un amanuense como yo, del es 
cribano Castillejos, del vejete regañón 
que á ambos nos tenía, toda la semana, 
dale que que le das, sobre los papeles, 
requiriendo la péñola vaciando, en 
nuestras fanfarronas caligrafías, el tinte 
ro de loza blanca y azul. 
—¿A dónde vas tan desalado y pre- 
suntuosillo?—me preguntó mi amigo, 
viéndome al soslayo con risueña socarro 
nería. 
—Al corral de la Cruz—le respondí— 
donde la compañía de Roque de Figue- 
roa representará esta tarde la famosa co 
media de don Pedro Calderón de la Bar 
ca, El Alcalde de Zalamea. Van á salir 
al tablado, por primera vez en Madrid, 
nuevos farsantes, contratados y recogidos 
de una farándula que vino de Valencia. 
¿No vas tú? 
—No—me contestó.—Iré más tarde 
al Corral del Príncipe, donde tengo sepa 
rado un asiento de barandilla, bajo el apo 
sento del Duque de Lerma. Pláceme, al 
levantar la cara, figurarme por entre las 
celosías, las escenas de amor, más ardien 
tes que las que se vitorean en el tablado, 
y que el noble magnate sostiene con la 
comedianta Jerónima de Burgos, blanco 
de su nueva aventura. Además, allí se 
dará la celebrada comedia No hay vida 
como la honra, del doctor don Juan Pérez
        
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