Full text: Año 2.1913=No. 13 (1913001300)

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COSMOS 
de Montalbán. Y por cierto que promete 
divertimientos la función. Hanme dicho 
que don Francisco de Quevedo asistirá, 
y que, confundido con las mujeres de la 
cazuela, va á soltar la vena de su gracejo 
para zaherir y mortificar al autor. 
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* * 
Me despedí de mi camarada y seguí 
mi camino. Al dar vuelta por la esquina 
de las calles de Santa María y León, me 
santigüé frente al retablo de la Virgen 
de la Novena, patrona de la gente de 
teatro, gracias al milagro portentoso con 
que mostró su misericordia álahistriona 
Catalina Flores, á quien volvió los movi 
mientos del cuerpo tullido y como aga 
rrotado. Pasé por mi sitio favorito: el 
Mentidero de los comedíanles.. Nadie ha 
bía en aquella hora. La oscura taberna, 
en la que solía echarme el azumbre de 
vino, en compañía de bolulúes y ñaques 
de la legua, estaba desierta. Me dirigí, 
á rápido paso, ya decidido á no detener 
me en ninguna parte, hacia el corral de 
la Cruz. Llegué. Comenzaba á entrar la 
mosquetería por la amplia puerta, y por 
la otra, por la de la jaula, escurríase el 
alborotador mujerío. Antes de instalar 
me en el banco que, por derecho, había 
heredado de mi padre, antiguo y célebre 
mosquetero, que daba y quitaba famas á 
poetas y farsantes, compré al conocido 
vendedor Francisco Briseño avellanas y 
turrones, en la pequeña cantidad queme 
permitían mis salarios. Por el pringoso 
empedrado del patio oí sonar las gasta 
das suelas de mis zapatos, Al pie del ta 
blado estaba mi banco, en el cual me sen 
té con aire de orgullo satisfecho. Me pa 
recía que aquel sitio me otorgaba la hi 
dalguía que me negó el origen plebeyo 
de mi familia. Entretanto, se llenaban 
gradas, desvanes y rejas. Yo entretenía 
mi inquietud pensando que la comedia 
que se iba á representar, estrenada el 
año anterior, había provocado una tem 
pestad de vítores, y que su autor, joven 
aún, recién llegado en los tercios que 
volvieron de Lombardía, era recibido en 
la Corte con tan vivas muestras de admi 
ración, que el monarca, á fuer de protec 
tor de las artes, le había dado el encargo 
de componer una comedia fantástica, en 
la que pudieran estrenarse las tramoyas, 
maquinarias y apariencias que un tal 
Cosme Loti, un italiano de gran inventi 
va, había construido para el maravilloso 
teatro del Buen Retiro. 
* 
* * 
¡Ah! ¡El Buen Retiro\.. qué diferencia 
debía de haber entre ese encantador por 
tento y éste en que ahora me hallaba yo, 
semi-arreglado por el tacaño Alberto 
Ganasa, otro italiano pobretón. Levanté 
los ojos para perseguir la soñada visión 
del Buen Retiro. Por el blanco toldo de 
tela burda que cubría el corral, se tami 
zaba, en reflejos de oro, la luz del sol. 
¡Don Pedro Calderón de la Barca! De 
boca en boca corría la narración malicio 
sas de sus lances de amor y fortuna. Se 
hablaba de ciertos juveniles devaneos, de 
ciertas aventuras de soldado, y aun de 
ciertas cuchilladas, que se levantaron en 
una pendencia, cerca de las Trinitarias, 
iglesia en la cual tuvo que refugiarse el 
adversario del poeta, para librarse de las 
ciegas acometidas de éste. Pero ya, se 
gún parecía, aquellos ímpetus y bravu 
ras se desvanecían y deshacían en piedad 
cristiana. Se aseguraba que don Pedro 
Calderón se disponía á tomar iglesia. 
Como mi padre me había contado de Lo 
pe de Vega, el monstruo de la Naturaleza, 
cuyas comedias repletaban el hato, lo 
mismo el de las seis compañías reales, 
que el de los cambaleos, garnachas y mo 
jigangas que recorrían por un puñado de 
maravedíes las fiestas de las aldeas. Pe 
ro este Calderón levantaba en mi ánimo, 
más que los otros, un sentimiento hondo, 
aunque indefinible, de fuerza vanidosa. 
Toda comedia suya me reconfortaba y 
enorgullecía. Era como un baño de vigor 
pata mi espíritu. Sentía yo con ellas una 
conciencia más firme y segura de mi sér 
español. Y muchas de tales comedias ha 
lagaban mi devoción como católico, mi 
obediencia como súbdito, y mis ideas de 
moralidad caballeresca y puntillosa. Y 
como estos pensamientos iban envueltos 
como en linos siderales, en luminosas y 
matizadas retóricas, en aéreos encajes de 
sutileza y gallardía, en misteriosas alu 
siones de mitología é historia clásica, en 
citas de recóndita erudición, en pompas 
y ornatos platerescos, todo lo cual era in 
trincado laberinto de la fantasía, á la vez 
que caricia y regalo de la oreja, mi ad 
miración y veneración crecían de punto 
cada vez que mis cavilaciones me lleva 
ban á profundizar los méritos y virtudes
	        
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