Full text: 1.1915=Nr. 1 (1915000101)

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La travesía hecha en. un bote desde 
la Isla de Elobey hasta aquella parte 
■del continente africano, llamada Cabo 
de San Juan, dejó mis huesos, en tal 
forma molidos, que vi el cielo abierto 
■cuando puse pié en tierra y oí la voz 
de la mulata María, que decía: «Si tu 
cuerpo está cansado, «mi preparará 
cama bonito para dormir bueno, y mi 
cocinará «plenti» comida de blanco, para 
que tú cojas fuerzas.» 
María es, en Cabo de San Juan, la 
persona (claro está que después de los 
frailes misioneros) que goza de mayor 
prestigio y simpatía, y a pesar de que 
por sus venas corre sangre de inglés y 
sangre de negros, con su presencia 
viene a la memoria el recuerdo de 
aquellas gitanas, que van por el mundo 
echando naipes, averiguando amores y 
prodigando la suerte de que, las pobres 
muchas veces se hallan tan faltas. 
Las facciones de María son correctas, 
Anas las líneas, el rostro libre de inci 
siones y tatuages, expresivos los ojos, 
blancos los dientes, el cuerpo esbelto y 
bien formado y el cabello tan abun 
dante, que al saltar del pañuelo de seda 
que a modo de turbante aprisiona las 
sienes y caer libre, las desnudeces de 
la hembra quedan envueltas en un mar 
de rizos muy azules, a fuerza de ser 
negros. Los pies descalzos, y sin más 
ropa, que un cloter de vistosos co 
lores, que muy coquetonamente lleva 
ceñido sobre el cuerpo. Esto no quiere 
■decir que María no tenga buena ropa; 
afirmarlo sería una calumnia que la 
mujer no habría de perdonar. María 
tiene ricas telas, blusas con encaje, me 
dias caladas, enaguas con puntillas, za 
patos de charol, sombreros y otros mo 
lestos artefactos. Así como entre sus 
abalorios de cristal, marfil, uñas de ti 
gre y pelos de elefante, cuenta con va 
liosos anillos de oro y otras alhajas, 
que si no de muy lina y costosa pedrería, 
son poco más o menos, de la misma 
clase, que aquellas perlas y brillantes, 
que muchas veces, así como por descui 
do, suelen ostentar con orgullo, dedos, 
pecho y garganta de las propias du 
quesas. 
«Casa de padres, está lejos, no vayas 
Misión; casa mía, es bonita, tengo pla 
tos y vasos; mi sabe cocinar gallina». 
Y después de una pausa preguntó: 
¿quedas?. Y como lo preguntase, de la 
misma manera que hubiera podido ha 
cerlo, una chula de los barrios del Ava- 
piés o de Triana, mi patriotismo me 
obligó a aceptar. «Me quedo», dije, y 
cumpliendo mi palabra, me quedé. 
No llegarán a ocho el número de cho 
zas, que forman el poblado donde María 
vive. Vive sola, en su casa propia; es 
la única vivienda que no es de bambú; 
la casa de María es de cemento. Un 
hábil negro puso toda su sabiduría en 
construirla. Es a modo de un nido, pro 
tegido del rayo y del sol por árboles 
inmensos, que a su vez protegen los 
amores de escandalosos pájaros. Un 
riachuelo, pisa musgo, serpentea en 
tre guijarros, llega a la playa y tiene 
la osadía de ofrecerle al Océano un 
hilo de agua cristalina. En el vértice 
que forman río y mar, se halla situada 
la pintoresca residencia. Amplia gale 
ría la rodea. Cuando llegué a ella un
        
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