Full text: 1.1915=Nr. 1 (1915000101)

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Letras 
tierra, más allá uno se balancea entre 
las ramas, otro de gran tamaño en me 
dio de un círculo cual si fuera de goma 
dá saltos de acróbata, otros dos se 
persiguen y arrojan piedras de buen 
tamaño y aquellos sonidos que, por su 
pureza antes me admiraron, son ahora 
siempre acompañados de los más ri 
dículos y extravagantes gestos. Un gru 
po de hembras llama extraordinaria 
mente mi atención y admirado quedo 
ante el instinto de amorosa ternura con 
que las madres amamantan y cuidan a 
los hijos. 
Algo aún más interesante llegó a dis 
distinguir en la mitad de la pendiente 
que conduce al barranco, es a dos de 
estos antropoídes, el uno es fuerte, mus 
culoso de gran tamaño, el otro más dé 
bil y pequeño, se hallan de los demás 
aislados, no quieren tomar parte en la 
estrafalaria fiesta, contentase el más 
fuerte con acariciar al más débil y 
ofrecerle frutas, se rascan mutuamen 
te, se miran con fijeza y ridiculas mue 
cas se hacen de continuo. El más débil 
lanza un grito, el de mayor tamaño cae 
sobre él y de una manera bestialmente 
amorosa, ambos se van con los nervudos 
brazos envolviendo. La región frontal 
quedóse unida, unidas también que 
dáronse las bocas, nerviosamente se 
muerden en ellas buscándose los dientes. 
Fué entonces cuando un nuevo grito de 
gozo repercutió llenando con sus vi 
brantes ecos toda la solemne majestad 
del inmenso bosque. Fué entonces cuan 
do aquellos dos seres en su sexual ca 
ricia rodaron abrazados por toda la 
pendiente. Un clamor incesante surge 
por todos los ámbitos del espacio y en 
aquel momento mis ojos observan de 
que manera extraordinaria exterioriza 
su alegría un nuevo antropoíde, que por 
su aspecto parecía ser de todos ellos el 
más viejo; hace, sin embargo, tal es 
fuerzo por sentirse fuerte que la encor 
vada espalda queda erguida y tal sen 
sación lasciva experimenta ante el 
abrazo que tiene ante sus ojos, que en 
su feo rostro de viejo aparece brillando 
una sonrisa. Golpea con sus brazos y 
en sus gritos dice, que él, como más 
viejo, no quiere que la raza de chimpan 
cés se extinga, como se han extinguido 
tantas otras especies, grupos y clases 
intermedias, dificultando al hombre el 
descubrimiento más colosal de los mo 
dernos tiempos. 
Amanecía, los primeros rayos del sol 
comenzaban a apagar la luz de las es 
trellas, allá lejos un nuevo horizonte 
empezaba a distinguirse, mientras la 
noche, majestuosamente, se iba despo 
jando de sus sombras de encaje. 
José Salafranca
        
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