Full text: 1.1913,30.Sept.=Nr. 11/12 (1913001100)

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Crónica 
genio de todas las ambiciones, de 
todos los dolores, de todos los marti 
rios y de todo lo sublime. 
Una raza Gondensada forma un hé 
roe. Esparta produjo a Leónidas; Ma- 
cedonia tuvo un Alejandro, Francia 
un Cario Magno y Europa un Napo 
león. Y América tuvo á Francisco 
Solano López. 
Bolívar fué grande; San Martín 
también. Pero López fué inmenso, 
fué sublime, fué la América. 
Continuemos. 
Por la llanura que conduce a la 
cordillera avanza un hombre. Encor 
vado por la fatiga camina lentamente. 
Sus pies descalzos sangran dejando 
señales rojas sobre la arena. 
Es alto, musculoso y bien forma 
do. Su faz de bronce viejo tenía un 
sello de energía indomable contras 
tando con sus ojos profundamente 
negros y risueños pero hipnotizantes. 
No tenía trajes sino harapos. La 
cabeza descubierta, . con la melena 
suelta que se agitaba al viento. Sobre 
un hombro llevaba un poncho, cuyos 
flecos tremolaban juguetones azotan 
do sus espaldas. En una mano, un 
grueso y nudoso palo; en la otra 
un clavel blanco. Es joven, treinta 
años a lo sumo. Porte aristocrático 
pero viril sin afectación. No tenía 
barbas. 
Seguia caminando. Tropezaba, caía, 
volvía a levantarse, siempre mirando 
adelante con las ansias de un enfer 
mo. Retratando en sus pupilas la si 
lueta del cerro-que parecía un formi 
dable puño cerrado amenazando el 
espacio. 
El cielo fué ensombreciéndose poco 
á poco. Soplaba un viento frío. Gran 
des nubes grises encapotaban el hori 
zonte formando fantásticas decora 
ciones. 
El sol asomó su faz por entre las 
nubes. Una oblea roja sin fuerza y 
sin calor. Tiñó el cielo de púrpura y 
desapareció. 
Algunos que otros relámpagos rom 
pían el aceitunado color del horizon 
te. Los truenos lejanos retumbaban 
con desgano, rodando lentamente. 
Los elementos iban á empeñar la 
lucha. 
Una batalla entre hombres es gran 
dioso, un combate cósmico es subli 
me. El uno tiene la grandeza real del 
pod'ér; el otro, la sublimidad del mis 
terio patente. 
Una tormenta que se prepara, es 
un instinto que espera. Un delirio 
huraño se agita sobre la tierra, mien 
tras en el cielo el alma gris de las 
nubes se inquieta. El espacio se cu 
bre de arrugas. Arrugas siniestras y 
perversas. La rabia del viento y la 
neurosis del rayo se hermanan. Es la 
inconciencia que se hace posible. Tie 
ne por alma lo terrible y por figura 
lo tenebroso. 
El viajero se paró un instante. Miró 
hacia atrás. Y luego, como si cobrara 
nuevos bríos avanzó con más rapidez. 
La llanura se extendía con deses 
perada insistencia. Allá a lo lejos 
envuelta en la gris melancolía del 
ambiente, las altas palmeras como 
lanzas empenachadas de verde pare 
cían amenazar al cielo. Los buitres 
dando aletazos, planeaban describien 
do parábolas extrañas y lanzando 
graznidos prolongados. Las perdices 
ensayaban sus monótonos gritos, vo 
lando en espirales. La cordillera iba 
desapareciendo podo á poco. 
La tarde se ensombreció más. Gran 
des nubes corrían persiguiéndose 
apuñaleadas por los relámpagos. Es 
algo muy bello el color de la sangre 
sobre el plomizo de las nubes. 
Quien ha visto la neurosis taciturna 
de la inmensidad, ha asistido al rego 
cijo interno de Chateaubriand. 
.El viajero se sentó en el suelo. Te 
nía hambre. Y sed. Hacía ocho días 
que caminaba. Ocho días de horribles 
sufrimientos. Perseguido, odiado, ad 
mirado, rotoso, caminando de noche 
para no ser visto. Descansando de
        
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