Crónica 
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Estas Ihicas sou notas de mi breviario intimo. Hay en ellas mi aroma de ternura sincera ( 
infantil <¡ue d ralas me hace sonreír: el único mérito que poseen y por el cual me placen todavia. 
asó el romanticismo en litera- 
|3® tura; pero el romanticismo 
¿Mf juvenil subsiste. Lo veréis 
^ vagar ;'t la hora del crepúscu 
lo en forma de lánguidos suspiros ó 
de melancólicas miradas: es el per 
fume que despiden llores ingénuas é 
inmarchitas: son los suspiros y las 
miradas que envían los enamorados, 
desde la esquina de la calle, á las 
novias que las miran sonriendo des 
de un balcón ó tras las rejas dé una 
ventana. ¡Es el alma candorosa de 
la juventud enamorada!, 
¡En la tierra de los naranjos aspi 
raréis ese perfume y veréis ese mis 
mo cuadro de luz y de intenso ro 
manticismo cada risueño declinar de 
las tardes de verano! 
En otras ocasiones pasaron por 
la plaza varias veces; pero yo por 
poco no las miraba, temeroso de 
que trasluciesen el fuego que anima 
ba mis ojos. ¡Así solemos ser tontos 
los enamorados! 
Una vez tomaron asiento en un 
banco cercano al en que yo estaba 
sentado. Fingí leer una novelita que 
tenía en las manos, no atreviéndome á 
1 respirar siquiera. Ella tenía un ne- 
nito entre brazos y lo acariciaba. 
¡Tan linda es cuando habla Y cuando 
camina! 
La hermana que la acompaña, jó- 
ven también, pero de mayor edad, 
es una flor magnífica, radiante de be 
lleza. 
Por ahora las suelo ver con fre 
cuencia y he quitado algo esa exce 
siva timidez que me dominaba. 
Veremos en qué para esto: ojalá 
ella me quisiese y entonces sería yo 
el mortal más dichoso de la tierra! 
... Y cierta mañana de invierno, 
cuando la vi cruzar de nuevo, her 
mosa como nunca, esa misma plaza 
en donde naciera mi primer pasión, 
ya no observé en ella ese carmín 
que coloraba sus mejillas ni sus tier 
nas miradas de antaño, frías y pene 
trantes ahora, que parecieran escu 
driñarme compasivas. Volvió indife 
rente y desdeñosa su bella cabecita, 
al llegar cerca de mí, negándome 
siquiera una vaga sonrisa para lle 
narme aún el alma de ilusiones. Po 
día quitarme ya la idea de recon 
quistar un amor perdido quizás.para 
siempre! 
De ese amor no me quedan hoy 
sino los recuerdos, con los cuales 
logro calmar mis horas nostálgicas 
de la felicidad pasada. Y evoco tenaz, 
obstinadamente aquella carita dulce 
y risueña, suavemente sonrosada. Me 
vienen á la memoria las escenas que 
presencié, en las tardes crepuscula 
res, cuando ella acariciaba sentada, 
lánguidamente, un rubio nenito que 
llevaba entre sus brazos. Y luego 
las noches de corso, inolvidables, de 
carnaval, en las que recogí algunas 
flores que ella tocara con sus mane- 
citas morenas y delicadas. 
Y esas visiones que en el vertigi 
noso revuelo de mi imaginación, ya 
se desvanecen lentamente, ora apa 
recen y desaparecen ligeras en la 
hora de las meditaciones, por las no 
ches, cual las vaporosas espirales del 
humo de un cigarrillo se ván esfu 
mando ténuemente
        
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