Full text: 1.1897,12.Sept.=Nr. 11 (1897000111)

VIDA MONTEVIDEANA 
s 
chacho de pocos años, sano y contento. No 
diré feliz, pues la felicidad la conciben solo 
los hombres cuando han sabido llorar, no 
con los ojos, sino con el alma; cuando vierte 
esas lágrimas que no se evaporan nunca, 
que jamás mojan y que condensadas cada 
día, son la esencia del dolor que hasta se 
muestra á veces en risas locas y frenéticas, 
para acompañar al mundo en su mafcha que 
necesita mezclar en sus diferentes vaivenes, 
el dolor y la alegría. Feliz pues solo á la 
manera de los niños, se deslizaron para En 
rique los días de varios años, hasta que 
comprendiendo su padre que se acercaba la 
edad efe escuela, lo trajo á Montevideo, pues 
fué preciso buscar un buen colegio, ya que 
en la localidad los había solo medianos. Llo 
ró la pobre anciana y hasta hizo enternecer 
con sus lágrimas al buen muchacho, que 
acostumbrado ásus caricias, creyóse solo por 
vez primera en su vida. Mas la sola idea de 
que había de conocer la ciudad de Montevi 
deo, lo hizo alegrar, contrastando una vez 
más un dolor y una alegría nacidos de la 
misma causa... Lloran y rien con facilidad 
los niños; pronto las lágrimas humedecen 
el rosto, sin marchitar el alma y píntase en 
los lábios estridente risa, sin siquiera con 
mover una sola de las fibras del corazón, 
templadas á la misma altura, para cantar 
eterno himno á la bella y dulce inocencia de 
la niñez... 
Una vez en el colegio, dedicó sus primeras 
planas y sus buenas notas á la buena abuela, 
probando así que hasta en los primeros al 
bores del despertar de nuestra alma, merece 
las primicias el ser que verdaderamente 
amamos; primicias que traen girones de 
sentimientos íntimos y pedazos de cielo. Si 
guió sus estudios sin más ideal que la ter 
minación de su carrera, llegando á ser ya un 
hombre é ignorando que la vida en Monte 
video aunque sola' y monótona, tenía en 
cantos misteriosos que desconocía... 
Necesitaba su alma, como todas, deespan- 
sión y por eso en uno de los Veranos, iba 
diariamente á la playa. En uno de sus viajes 
sintió ánsias desconocidas... ; al compás de 
los dulces acordes de la música, concibió y 
soñó con el bello ideal que le forjó en su 
mente un montón de blanca espuma. Amaba 
el ideal de su primer sueño de amor y no lo 
conocía... Adoraba una linda cabecita con 
ondulados y sedosos cabellos, grandes ojos 
negros de apasionado mirar, que dejan en 
trever todo el ardor de un corazón de quin 
ce años, que se abre al amor, después de 
haber creído encontrar el alma gemela, que 
engranando con ella se une y funde- hasta la 
eternidad, pues la muerte misma es impo 
tente para desligar esa unión mística del es 
píritu. Solo asi puede explicarse que en 
aquella tarde melancólica, en la que el po 
bre Enrique, se sentía aún más arrastrado 
por la pena que produce en el alma la no 
realización de un ideal concebido, pudiera 
de pronto sonreír cuando en frente de la 
«Beba», la mujer de sus sueños, la de ojos 
negros, sedoso y ensortijado cabello, llegó 
en una sola mirada á llevar al término de la 
realización, ese sueño perfumado y grato, 
sugerido en la playa, en una linda y apaci 
ble noche de estío. 
Transcurrieron varios años y solo ligeras 
nubes que se resuelven siempre en finísimas 
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Hospital Italiano de Montevideo-Fachadaprincipal y jardines-(De fotografía) 
gotas de lluvia, han venido á quitarla trans 
parencia de ese cielo de felicidad. Talvez 
infundados celos... caricias prodigadas en 
abundancia á la «Beba» que lué siempre la 
única en su hogar y los mimos de aquella 
Pobre abuela, son los motivos que empañan 
ese cielo envidiado por los que conocieron 
un di‘a, toda la dicha que vierte al alma, ese 
color que engendra la felicidad y la esperan 
za. .. iVIás aún en medio de tanta felicidad, 
conoció la tierna niña un dolbr profundo, 
pues el prometido de su corazón fué amaga 
do por terrible enfermedad, tanto, que por 
varios dias ló lloró muerto. Entonces espe 
raba impaciente la llegada de su madre que 
velaba al enfermo algunas horas -del.día, ya 
que las de la noche se las disputaban los 
ruuchos amigos que había sabido formarei 
sano criterio y buen carácter de Enrique, 
declinó la enfermedad y la dicha de la «Be 
ba» llegó al colmo, cuando séconvenció que 
salvaba. Fué desbordante la alegria, cuando 
la madre de la llorosa niña anunció que de 
úuevo las facultades del enfermo habían ad 
quirido su habitual lucidez. ¡ Feliz nueva 
que la llenaba de gozo! Ahora ámabá á la 
rnadre mucho más, pues fué ella la porta 
dora del mensaje de eterna felicidadl; fué 
ella misma la que atestiguó á su querida hija 
con un lindo bouquet de delicados jazmines 
oue siempre la amaban y que á pesar de la 
fiebre alta, no había podido borrarse de 
aquel cerebro delirante y calenturiento, a 
dulce imagen de la que postrada delante de 
un crucifijo, rogaba varias veces, al día, por 
la salud del querido enfermo. Fue sftlo una 
o-rata burla del destino, una de esas burlas 
que son para hacernos concebir todo el do 
lor que siente el alma que sabe querer y que 
3e vé obligada á llorar muertos recuerdos, a 
dulces idilios cortados. 
Cuando el domingo volvio de nuevo a la 
’asa de su prometida, en las primeras horas 
dé la tarde, pintábase en todos los rostros, 
la alegría que la visita producía... pues ja 
más comprendemos la dicha como cuando la 
meemos perdida... nunca valoramos de 
bidamente una afección muy grata, has 
ta que sintamos en el alma ese vacio mmen- 
o, infinito, que no se llena nunca y 
’e solo la misma afección jsabe producir. 
Pasaron pocos meses y la dicha que se go- 
faba en ese feliz hogar, fué interrumpida 
por la muerte de la buena señora, de la ma 
dre de la dichosa niña enamorada, cuya 
imágen fué forjada y nacida en medio de la 
melancolía de los misterios de la playa, en 
tibia noche de estío. 
Vivió la madre hasta tanto que creyó ver 
á su hija feliz... desde el cielo la bendice sin 
apartar una sola vez sus ojos de ella, al 
mismo tiempo que agradecida llora, cuando 
en las tardes depositan sobre su sepulcro 
frescas flores en nombre de sus hijos, con 
tando entre ellos á Enrique que la llora do 
veras, pues antes de espirar leyó claramente 
el pedido que en ese momento augusto y 
solemne le hacía, pidiéndole que hiriera su 
esposa á la niña mimada y que atraída por 
el misterio de la playa había sido el ideal de 
su primer sueño de amor. 
Laura PALUMBO. 
Montevideo, Setiembre 11 de 1897. 
/''Entreabrió la flor su broche 
Vi exhaló su último aliento ; 
Ç Entreabrió la flor su broche
	        
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