Full text: 1.1897,17.Okt.=Nr. 16 (1897000116)

VIDA MONTEVIDEANA 
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propuesta por juez imparcial, ante quién se 
elevaba la querella. El padre decidía que, 
pasado por agua, el huevo se dividiera entre 
los litigantes, sentencia que sellevaba á efec 
to con entera satisfacción y sumisión de las 
partes. Los niños prodigaban entonces á la 
Cenicienta las caricias posibles, dándole en 
las manecitas ahuecadas las migajas sobran- 
tes^de su escasísima merienda. 
El dia de la escena que pintamos, la Ceni 
cienta, como si hubiera adivinado su prema 
turo íin, se estuvo largas horas perdida. De 
pronto salió de entre unos pajonales, caca 
reando con más escándalo que nunca, para 
avisar que había puesto su cotidiano huevo. 
— Papá, dijo Cárlos, no matemos á la 
Cenicienta. La pobrecita nos dá todo lo que 
puede. Comámonos el huevo, y esperemos á 
ver si Doña María, nuestra buena amiga, 
nos manda un poco de pan ó repite el regalo 
de los ricos pasteles de ostras.. Si después 
nos falta de comer y no tenemos nada, ma 
taremos á la Cenicienta, siempre que deje de 
poner, pues tu dices que los ociosos no sir- 
venparamalditadeDioslacosa y quedebende 
ser castigados, sino hacen algo de provecho. 
— Yo, dijo medio llorosa Albertina, no 
quiero que muera la Cenicienta, ni ahora ni 
nunca, porque, me dará gran pena, ¡ Pobreci 
ta ! ¿qué motivo ha dado? ¿ No dices, papá, 
que no se castigue á nadie sin causa alguna? 
( En ese instante la Cenicienta cacareaba 
con más fuerza.) 
— ¿Oyes mamá,lo que dice la Cenicienta ? 
replicó algún tanto alegre Albertina. 
—¿Qué está diciendo ? 
—« ¡ Quiéro que no me maaaaten, que no 
me maaaaten! » 
— Pero, hija del alma, yo te veo desfalle 
cer de pura debilidad. 
— ¡Ciérto ! ¡ Tengo hambre! 
Y la niña se dejó caer sobre un desvenci 
jado diván, como dália que languidece y se 
apoya sobre un trozo de pared derruida. 
Tenía los lábios secos, los negros ojos vi 
vaces casi apagados, y con todo, le latía el 
corazón de pena por la Cenicienta. Era cora 
zón de mujer, y mujer niña. 
Cárlos, menos compasivo como más agui 
joneado del hambre, consintió al fin en la 
muerte de la Cenicienta, con la condición de 
no presenciar el degüello. 
La suerte de la Cenicienta, fué decretada. 
La madre vertió algunas lágrimas ; privaba 
á sus hijos de un. entretenimiento y habría 
un individuo menos en la casa, y la chacra 
iba á quedar silenciosa y un nido desocupa^ 
do. Siempre dá dolor el ver los nidos vacíos 
y las.cunas-sin niños. 
Habían pasado cinco largas horas. 
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Vista interior de la Estación, 
Al rededor de la mesa estaban sentados 
los cuatro personajes del hogarmenesteroso. 
El sol descendía tras la verde cuchilla, envian 
do sus últimos rayos sóbrela frente del padre, 
que con sonrisa ocultaba su pesar, aún que 
á veces con disimulo alzaba la siniestra pa 
ra apretarse el corazón que le latía en vio 
lencia. Queriendo distraer à sus hijos del re 
cuerdo de la Cenicienta, les contaba algunos 
episodios de la actual guerra, que los niños 
escuchaban con gran atención. Entre tanto, 
se sirvió el caldo, que exhalaba- apetitosa 
aroma, como diciendo: bébeme. 
— Ya veis, vidas mías, dijo la madre. ¿No 
os anunc é que el pobre, en el día de mayor 
hambre, come gallina? 
— ¿Y no nos prometiste también pan? re 
puso Cárlos. 
— Todo estaría completo!, exclamó Alber 
tina. 
Al mismo tiempo asomaba por la puerta 
tO'rxiadg. en dirección al Norte—( 
la sirvienta de Doña María, trayendo en 
una fuente, algo que despertó. la apetitosa 
curiosidad de los muchachos. Eran dos 
grandes alfajores de Mendoza, regálo del 
niño Roque para Albertina, y de Lucía pa 
ra Cárlos,—cuatro amiguitos que se visitaban 
con frecuencia y se querían mucho, habien 
do ternura v gratitud en los niños pobres, y 
generosidad y benevolencia en los niños ri 
cos. 
La sirvienta, al entregar el regalo con des 
deñosa gravedad, echó una mirada escudri 
ñadora y se marchó. 
— ¡ Oh ! dijo el padre de los niños pobres, 
con que tenemos ya aves y alfajores en casa? 
Bendecido sea Dios! liemos festejado bien á 
la Cenicienta. 
Los niños, aunque todavía medio tristes, 
devoraban las tostadas alas de la Cenicienta. 
Se comían á su propia compañera. 
Satisfecha el hambre, se durmieron des- 
(D© una. fotografía de Filliat} 
pués de haber rezado un Padre nuestro y 
dicho más de cien veces: ¡qué buena es 
Doña María! 
La madre de los niños ricos, estaba tam 
bién en abundante y opulenta mesa, cuando 
regresó la sirvienta. 
— ¿Dejaste ya el pan á esa familia? ¡quién 
sabe si para ellos les servirá de almuerzo, 
comida y cena! 
— ¿Y Vd, señora los cree pobres? 
—¿ Qué no son pobres ? ¡ Pobrísimos ! 
— i Ja! ¡ Ja...! Vd. es muy buena y la en 
gaña su piadoso corazón. 
—¿ Por qué dices eso ? 
— Porque no .son tan pobres como Vd. 
piensa; han estado comiendo gallina. 
— ¡Hola ! 
— Como lo oye^otros si. que son pobres; 
los que mendigan y tienen harapos. 
— ¿Es indispensable tener harapos para 
recibir limosna? preguntó Roque, ¿No des-'
	        
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