Volltext: 1.1897,5.Dez.=Nr. 23 (1897000123)

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VIDA MONTEVIDEANA 
En Ia puerta de la calle la directora les 
gritaba: 
«—Qué os portéis bien, niñas, ¡y cuidado, 
mucho cuidado con los ' mozalbetes'!.... » 
Fueron tantas las descripciones, — cada 
una distinta, — que las niñas hicieron á la 
buena señora de la manera tan bella, tan 
adorable como habían adornado al Santo, 
rodeándole de florés y de luces, que ella, — á 
pesar de que no pensaba ir á la iglesia, — 
resolvió hacerlo para recrearse, placentera, 
en la contemplación de la obra de sus 
queridas discípulas. 
Y ¡ah! ¡pobre señora; creyó que soñaba, 
que no estaba en su razón, cuando, al 
aproximarse al altar del Santo predilecto, le 
encontró solo, olvidado en la sombra, sin 
una sola flor y cubierto de polvo.... 
Y su dolor fué aún más intenso, no tuvo 
ya limites, á la salida del templo, en cuya 
puerta,—colocados en dos alas, — aquellos 
truhanes, que la hacían rabiar eternamente 
con sus atrevimientos, la saludaron cortés- 
mente, con atenciones exageradas, y orgu 
llosos de mostrar en la botonera de sus 
vestones de estudiantes el primer ramillete 
de flores ganado en las lides del amor. 
José M. BARRETO. 
Gante de, ta 6ót>fco£a 
Yo cruzo peregrina la selva hospitalaria, 
buscando en su recinto las huellas de mi amor: 
mi canto es el remedo de fúnebre plegaria... 
Soy harpa de Ja noche que vibra de dolor. 
>Ii pluma, que carece de primorosas galas, 
revelación patente de mi destino es: 
es pardo el cuello mío, y obscuras son mis alas 
lo mismo que las hojas marchitas del ciprés. 
En un ciprés marchito de la montaña verde 
suspenso está mi nido, mansión de dulce paz, 
y en su regazo estrecho mi cantiga se pierde, 
como mi angustia acerba, como mi bien fugaz. 
Fugaz, lejos, muy lejos, huyó mi bien perdido, 
mis gratas ilusiones huyeron de él en pos, 
rodearon mi existencia las sombras del olvido, 
tomaron mis arrullos el aire de un adiós. 
Yo soy un haz de plumas henchida de retama, 
mi vida es un misterio, un símbolo mi ser, 
yo soy una avecilla que tórtola se llama..., 
amar es mi martirio, mi sino es padecer. 
Por eso al ver las aves, al despuntar el alba, 
del seno de los bosques salir de dos en dos, 
mi soledad contemplo, y al escuchar su salva, 
mientras que cantan ellas, murmuro triste ¡adiós! 
Manuel PADILLA DÁVILA. 
I I I I I til II lililí I I I I I I I I I I II I I II I II I I I I I II I II II I I MUI I I lili: 
LA MAESTRA 
Lo que son las casualidades ! Cierto dia 
de estos terribles, en que marchaba con un 
buen amigo en dirección á la Universidad, 
con el ánimo turbado por la duda impía que 
siempre nos hace titubear cuando hemos de 
rendir un exámen, se cruzó con nosotros 
una de esas bellezas montevldeanas, capaces 
de hacer olvidar, — no ya las diversas partes 
de un curso científico, sino hasta la cariñosa 
madre que nos meció la cuna. 
—;Quién es 1- —nos preguntamos ,á un 
tiempo mismo, mi amigo y yo. 
Naturalmente, ninguno lo sabía. Seguimos 
apurados nuestro camino, pensando y 
comentando los atrayentes dones de nuestra 
desconocida, sin dejar de mirar una vez 
que otra en la dirección que ella se alejaba 
con paso precipitado y ágil. 
Dimos nuestro exámen. Salimos, bien, 
como se dice generalmente, cualquiera que 
sea la nota obtenida. 
Después nos fuimos á sentar en un banco 
de la plaza Constitución, con el objeto de 
refrescar nuestra imaginación, para empren 
der el estudio de una nueva asignatura. 
Apenas nos instalamos y ya vimos apare 
cer con mayores atractivos otra vez á la 
hermosa rubia. 
Siempre sola, pero entonces con paso pe 
rezoso y gentil. 
Tuvimos tiempo de escudriñar bien el tipo. 
Su íisonomia era simpática en alto grado. 
Azules sus ojos de mirar dulce, gracioso 
y bien formado su talle estrecho. 
Sonrosado el color de sus frescas mejillas. 
‘Sonoro y dulce el eco de su voz. ( En ese 
momento llamaba á un ramilletero para 
comprarle flores) 
¡Que divina estaba con su traje menos 
celeste que sus sueños ! 
Bien podemos, á la verdad, decir con la 
distinguida señorita María II. Sabbia y Ori 
be que «cielo y mar es la vida)). 
No yo, mi amigo tomó gran empeño en 
ello, y averiguó qué se llamaba Amelia, que 
es maestra y que vive en la calle Durazno, 
siendo un modelo de educacionista y una 
notable inteligencia. 
Vice Gama 
Montevideo, Diciemrbe 4 de 1807. 
Las puertas de la civilización 
Pase a la segunda puerta y llamé repeti 
das veces, hasta que me abrieron. El guar 
dián me detuvo en el dintel mostrándome 
esta orden que me aterró: «Quéden atrás 
los escrúpulos vamos; por aquí no entra la 
conciencia.)) l£n vano le dije que eso no era 
posible; que sin la conciencia el hombre 
descendía de juez á reo; que el sér humano 
se convertiría en un autómata; que los ac 
tos de la humanidad se reducirían á dos 
solos; mandar y obedecer, sin que en ellos 
intervinieran la equidad ni la justicia, y 
que la humanidad llegaría asi á ser una 
máquina alimentada por la necesidad, im 
pulsada por el egoísmo y desprovista del 
sentimiento generoso con que la dotó Dios. 
Pero el guardián se mostró inflexible; me 
dijo que los escrúpulos eran un peso que 
se echaba sobre las cosas, que eran una 
barrera que se ponía delante del hombre, 
que eran un obstáculo» para la vida de 
ganancias, y que donde habia rieles para 
facilitar la marcha, vapor para andar más 
pronto y electricidad para volar con el pen 
samiento, era necesario suprimir los obs 
táculos del camino; y que así, se quedasen 
afuera los escrúpulos vanos, porque por 
allí no entraba la conciencia. 
Cuando llegué á la tercera puerta, esta se 
abrió de par en par y el guardián me invitó 
que entrara, con la mayor solicitud; pero un 
letrero que vi allí, grabado,, me hizo alejarr 
me precipitadamente; porque el letrero de 
cía sin ambajes: «Esta es la puerta del vicio; 
puede pasar libremente el género humano»'. 
Siete puertas tenía la famosa Tebas; pero 
la Civilización, llena de brillantes grande 
zas, tiene muchas más: tiene tantas como 
esplendores hay dentro. 
Yo era joven y habia nacido en el campo, 
en el regazo de la naturaleza, al pié de una 
montaña, cerca de un bosque, á orillas del 
mar y junto á una fuente. Aire puro, agua 
pura, cielo puro y horizonte despejado... allí 
también mí corazón latía en toda su pureza. 
Los impulsos de la edad me apartaron de 
aquellos parajes, y cuando las pasiones agi 
taban ya mi pecho, y mi sangre tenia todo 
su vigor, me llevaron, por penosos caminos, 
tras una visión de felicidad forjada por el 
deseo, hasta las puertas mismas de la Civi 
lización. 
Siete puertas tuvo la famosa Tebas; pero 
la Civilización, llena de brillantes grandezas, 
tenia muchas más: tantas como esplendores 
había dentro. 
Lleno de entusiasmo llamé á la primera, 
y el guardián la abrió violentamente para 
enseñarme esta sentencia: «Quédan atrás 
las ternezas sentimentales: per aquí no en 
trad amor.» En vario le dije que eso no era 
posible; que el amor era el sentimiento más 
grande, más fuerte, más universal y más 
humano que existía, y que el hombre no 
podia despojarse de él; pero el guardián se 
mostró inflexible y no me dejó pasar. Me 
contestó que yo estaba en la edad de los 
idílios y que-Los idilios estorbaban á la 
Civilización. Qtfe el amor á la Naturaleza 
era demasiado grande para que se ,encerrase 
entre aquellos*muros; que el amor á la fa 
milia apretaba con lazos tan fuertes que 
quitaba libertad al trabajo, y que el idilio de 
los enamorados se armonizaba bién con el 
susurro de la brisa, con el murmullo del 
arroyuelo, con el trino de las aves; q, si se 
quiere, con los rumores poéticos de la Natu 
raleza; pero no con el hervor de las calderas, 
ni con el chirrido de las grúas, ni con el es 
truendo de las fábricas; que los pobres no 
tenían cariño sino para el trabajo y les ricos 
solo páralos placeres; que, en fin, esos eran 
sentimientos inútiles que no producían renta 
ni aumentaba el capital ni cabían entre tan 
tas grandezas. Asi, pués, que se quedaran 
atrás, las ternezas sentimentales, porque, 
por allí, no entraba el Amor. 
Francisco GOBOS. 
Buenos Aires, 1897. 
'M EL AMOR f¡. 
—¿A qué vienes? 
—A engañarte. 
—¿Qué me traes? 
—Ilusiones. 
—¿Eres sencillo? 
— Con arte. 
—¿Odias algo? 
—Las razones. 
—¿Qué quieres? 
—Aprisionarte.' 
—¿Tu lema? 
—Causar desvelos. 
—¿Qué me quieres? 
— Verte herido. 
—¿Por qué hieres? 
—Es mi anhelo. 
—¿De dónde vienes? 
—Del cielo. 
—¿A dónde vas? 
—Al olvido. 
Sólo el matar ni o d. vierte; 
me llama el vulgo traidor , 
porque el herir es mi suérfí... 
—¿Cuál es tu final? 
—La muerte. 
. —¿Cuál es tu nombre? 
—EL amor. 
R.'fl. SANS. 
EL APARECIDO 
(Conclusión) 
—¿Vuelves pronto, hijito? 
Rip-Rip sintió que todo era rojo en torno 
suyo. ¡Miserable...! ¡Miserable...! Tem 
blando como un ébrio ó como un viejo entró 
á la casa. Quería matar; pero estaba tan 
débil, que al llegar á la sala en que habla 
ban ellos,cayó al suelo. No,podía levantarse, 
no podía hablar; pero si podía tener los ojos 
abiertos, muy abiertos, para ver cómo pa 
lidecían de espanto la esposa adúltera- y el 
amigo traidor.
	        
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