Full text: 2.1898,2.Jan.=Nr. 27 (1898000227)

VIDA MONTEVIDEANA 
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guerra abierta con la Ciencia, porque adop 
tamos métodos sencillos, y no hacemos los 
aüaratos y misterios délos sabiondos... 
Para probarlo,' están tantos Doctores que 
nos mandan sus enfermos, que con sus 
diagnósticos ayudan á los nuestros, basados 
en la práctica larguísima de más de 30 
años de salvar enfermos y llevar ei- bien 
en el seno de las familias. Y lo decimós sin 
falsa modestia, porque el modesto es á 
veces , un hipócrita solapado.... 
Asi que, acenada la curación, por medio 
del agua y del magnetismo, conseguimos 
derrotar, fácilmente, al enemigo que es la 
enfermedad. 
Ya ven, pues, si estamos dispuestos á 
admitir y poner en práctica lo que la Cien 
cia nos enseña, día por día, hora por hora, 
instante por instante, no hacemos como 
los oscurantistas que la niegan. La Ciencia 
es nuestra guia que con la antorcha de la 
Razón nos alumbra el camino! 
Luis CURBELO. 
Minas, Diciembre 30Me 1807. 
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. "Se alza en el templo, sobre las aras, 
en.ve ; del C ’isto... ¡becerro de oro! 
y ante él de hinojos gentes ignaras 
mil alabanzas cantan en coro. 
En las orgias á que se entrega 
del nuevo Judas el beso estalla. 
Sobre las almas la noche llega: 
¡Poeta calla! 
En grande léria se vende todo: 
las dignidades y los honores. 
Con el dinero se lleva el lodo 
basta el santuario de los amores. 
En el naufragio moral del mundo 
el vicio infame no tiene valla, 
abre un abismo grande y profundo; 
¡Poeta calla! 
La lira, un tiempo llena de encantos, 
hoy al servicio de mente estulta, 
alza al becerro sus dulces cantos... 
¡Y en esos cantos á Dios insulta! 
¿Antes, la lira que así se yea, 
rota en pedazos por qué no estalla? 
De infame \ i :io sierva es la idea... 
¡Poeta calla! 
La envidia se alza torpe y rastrera 
y á todo arroja su baba impura. . . 
¡pobre de génio que alegre quiera 
á ftieiza de ala Subir la altura! 
Caerá á los golpes de la.perfidia, 
Caerá á los golpes de la canalla. 
La turba ríe. triunfa la en; í lia... 
¡Poeta calla! 
La cienc'a humana de orgullo ciega 
en .la materia cifra su anhelo, 
á Dios y al alma rabiosa niega, 
desdeña el arte, suprime el cielo. 
En pos de goces y de placeres 
riñen lo; hombres cruda batalla. 
Los nuevos dioses son mercaderes... 
¡Poeta calla! 
Mientras no vuelvan dias mejores 
y no disipen'la noche obscura 
de las virtudes los resplandores, 
d.e la justicia la lumbre pura: 
mientras^ aquello que él alma adora 
se rinda al vicio que lo avasalla; 
mientra no brille la nueva Aurora: 
. ¡Poeta calla! 
Nuestras piezas de música 
Con el presente número recibirán nues 
tros abonados una preciosa fantasía para 
piano titulada «Reverie», espresamente es 
crita para nuestra revista por el renom 
brado profesordon José Uguccioni, hermano 
del inolvidable violinista Alejandro Ugu 
ccioni. 
«Reverle» es una de las más notables pro 
ducciones del profesor Uguccioni, cuyas 
piezas de música son conocidísimas y muy 
apreciadas, tanto en Europa como en el Rio 
de la Plata, por su inspiración, gusto ex 
quisito y fácil ejecución. 
Además, el maestro Uguccioni nos ha 
obsequiado galantemente con la propiedad 
artística de las siguientes composiciones su 
yas, todas ellas bellísimas: «Pourquoi sé 
triste?» (Morceau de Sentiment), «Porqué 
suspiras?) (.Meditación), « Vmalia» (Noctur 
no), «Pianto e Gioia» (Polka de Salón), 
«La estrella matutina» (Nocturno), «Recuer- . 
dos de la infancia » (Melodía), «Pensée m,e- 
lancolique (Souvéniraffectueus I, «Cielo Pie- 
toso» (Plegaria para soprano y tenor-Piano 
y canto), «Povero sono e mi-ero» (Roman 
za para contralto y baritonor-Piano can o), 
«La Rimembranza» (Romanza paras >prano y 
tenor, Piano y canto), «Voglio morir» (Para 
tenor—Piano y canto). 
Otro notable y distinguido profesor, el 
señor Luis Sambucetti, nos ha obsequiado 
idénticamente con la propiedad artística de 
las siguientes preciosas producciones «Idi 
lio á Dora» (Fantasia para piano y canta), 
«Souvenir» (Muzurka), «Cernevalesca» (Pol 
ka), «Roma y Venezia» (Nocturno), «Dora» 
(Vals de Salón), «Egli spari» (Romanza para 
piano y canto), «La góndoia» (Barcarola 
para piano y canto), «Ave María» (Para 
harmonium .y canto). 
Estos selectos trozos musicales de dos 
notabilidades en el arte, los iremos publi 
cando alternadas con piezas de otros profe 
sores y obsequiaremos con ell is á nuestros 
lectores. ' 
La próxima pieza que publicaremos será 
el vals «Dora», de Sambucetti que agra 
dará muchísimo á los amantes de la buena 
música. 
Al notificar á nuestros lectores el impor 
tante contingente musical que ha recibido 
Vida Montevideac?\, nos complacemos en 
hacer público nuestro agradecinrento más 
profundo á los distinguidos maestros Ugu 
ccioni y Sambucetti. 
LAS MARIPOSAS BLANCAS 
José C1BILS. 
MoiUevideo, Enero I. e de 18ÍI8. 
Era una tarde de verano. El sol descendia 
ya á su ocaso y uno que otro vago reflejo de 
su luz venia á posarse en las verdes hojas de 
los árboles que se movían suavemente al 
impulso de un ligero vientecillo Horas de 
quietud y reposo eran aquellas que, al par 
que deleitaban, elevando el pensamiento 
fuera de los limites del mundo, invitabm al 
espíritu á entregarse á una gozosa medita- 
ci ón. 
Recorria yo las desiertas calles de un 
! cementerio, cuando á la distancia pareció" 
i me ver una columna de humo que ascendía 
y descendía, describiendo caprichosas y fu 
gaces formas. Me encaminé presuroso hacia 
j el sitio en que había distinguido la blanca 
aparición, con el deseo de cerciorarme ante 
la realidad, pero aquella columna en mo- 
\ imiento había desaparecido. Llegué por 
fin ante una reja que resguardaba una cruz 
de mármol colocada á la cabeza de una 
lápida en que se leia; 
Elvira 'Fernandez.—5 de Noviembre de 
1883-R. I. P. 
La cruz estaba envuelta en una tupida 
enredadera de madreselva, cuyos vástagos 
se extendían descuidados sobre la lápida. 
Un centenar de mariposas blanças lecoirían 
la ¡osa sepulcral en continuo ir y venir, 
para luego ocultarse entre las hojas de la 
madreselva.. Durante una semana volví á 
igual hora, al mismo sitio, y siempre pude 
contemplar en la tumba de Elvira las ma 
riposas blancas. 
* 
* * 
Amante de todo lo que es triste y miste 
rioso, me dediqué á buscar la explicación de 
aquel enigma, porque para mi no era aque 
llo natural, puesto que, á ser asi en otras 
tumbas se hubiese podido ver igual fenóme 
no; ni era tampoco un acontecimiento casual 
digno de admirirse, pero no de ser conside 
rado extraño y misteiioso. 
Después de un me i de pesquisas, sólo ha 
bía conseguido saber, que cuando el ataúd 
que encerraba los despojos de Elvira fuó 
depositado en el cementerio, y cuando el 
ortejo fúnebre se hubo retirado, un enjam 
bre de mariposas blancas sentó sus reales 
en esa tumba, sin abandonarla jamás. 
En una de tantas lardes qué visitaba esa 
tumba perfumada por las mil flores de la 
madreselva,, vi acercarse una anciana de 
paso vacilante, de voz temblorosa y mirada 
débil. Se arrodilló y oró largo rato; luego 
sí levantó, y abriendo un pequeño estuche, 
sacó una mariposa blanca y la arrojó sobre 
la'., tumba, v esa mariposa fue á unirse con 
las otras que ahi habia. 
Se disponía á retirarse ya, cuando impul 
sado por la curiosidad y la acción de esta 
mujer, que unía otro misterio al misterio 
que contemplaba, sin poder articular una 
sola palabra la detuve. 
La anciana pareció comprender lo que por 
mi pasaba, porque sonriendo tristemente 
me dijo. 
—Veo que ha extrañado á Vd. mi acción 
orno le extrañará el misterio de esta tumba 
¿verdad? 
Respondí no se qué; fué tal la impresión 
que experimenté, que 'no podría asegurar 
que dije ent i ces. 
—Salgam >s luego deeste sitio tan querido 
como triste, tan poético como humilde y 
bella era la p bre niña que en él reposa, me 
dijo la anciana. ■ 
Nos alejamos efectivamente, y después de 
haber caminado mucho sin pronunciar una 
sola palabra, llegamos á la casita blanca 
como la misma nieve, semioculla entre el 
follaje de una veintena de corpulentos y 
frondosos castaños y cerezos que exuberan 
tes crecían á la orilla de un arrovueio de 
cristalinas y tranquilas aguas. 
Én derredor sólo se extendían alegres va 
hes que semejabin una inmensa alfombra 
verde, reinando doquier el más completo 
s lencio: ese mutismo admirable de la na 
turaleza en el crepúsculo vespertino. 
Tan abstraído estaba en mis pensamien 
tos, que 1 egué á la masión de la viejecita 
cómo podría haberse llegado al tin del 
inun >lo, sin darme cuenta del trayecto re 
corrido ni del paraje en que me hallaba: 
lodo mi pensamiento estaba en ¡a tumba 
de Elvira, y en las.mariposas blancas, cuyo 
: misterio había llegado á ser para mi una 
continua pesadilla que no me dejaba un 
sólo momento de reposo. 
Entramos en la casita, formada por dos 
pequeñas habitaciones, comedor y dormi 
torio, pobremente decoradas ,y escasamen 
te amuebladas; pero todo indicaba allí e. 
orden y el aseo más perfectos.
	        
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