Full text: 1.1915,1.Nov.=Nr. 9 (1915000109)

PÁGINA BLANCA 
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5¿L. SOCIEDAD DEL DURAZNO -i& 
Señora Dora de L. de Demarco 
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^ las ramas de los viejos cipreses guar 
nes de las tumbas, silenciosos y ergui 
dos, se arrullaban las aves entonando su canto 
de amor... 
Resplandecía la blancura de las lápidas bajo 
Rs rayos del sol primaveral y las flores ponían 
ll na nota de alegría en la triste mansión del dolor. 
Todo era paz en el viejo cementerio, pero una 
Paz tan llena de opresión para las almas, que 
inútilmente reía el sol desde la altura, envolvién 
dolo todo en un nimbo dorado. 
Junto a una tumba estaba una pareja. Ella, la 
madre de la niflita que dormía allí su último sueño, 
después de haber llenado el hogar con sus risas 
y cantos, inclinaba la frente y lentamente brota 
ban lágrimas de sus ojos. Una a una, como de 
inagotable surtidor, resbalaban por las tersas me^ 
R mí amiga Cármem. 
jifias y ella las dejaba correr sin enjugarlas si 
quiera, como si supiera que era tarea inútil. Con 
los ojos fijos en la blanca tumba, entrelazadas 
las manos que acariciaron otrora la cabecita do 
rada de su hija, murmuraba una plegaria... No 
era no, la mujer desesperada que se rebela y 
protesta ante la terrible prueba; era la madre cris 
tiana que acata el sacrificio, ripitiendo; «Hágase, 
Señor, tu voluntad». 
Había fé en su mirada dolorosa que de vez en 
cuando se elevaba al Cielo como buscando á Dios! 
Su compañero, cejijunto y ensimismado, no 
lloraba, pero había tal angustia en su pálido sem 
blante, encuadrado por la negra barba, que aquel 
dolor sin lágrimas imponía acaso más que el otro 
que estallaba en sollozos. 
Largo rato estuvieron así. Después, dulcemente,
	        
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