Full text: 2.a série, tomo 7 (1866) (1866,7)

  
EL SECRETO. 
me pone en camino de empezar inmediata- 
mente á deciros lo que se me ha encargado. 
Hasta entonces habia estado moviéndose en 
la habitacion como un alma en pena; tan 
pronto se sentaba como se levantaba un mi- 
nuto despues. En este momento adelantó un 
sillon donde fué 4 instalarse á igual distancia 
«de Rosmunda, que estaba sentada con su hijo 
cerca de la ventana, y de su marido que ocu- 
paba el sofá colocado en el fondo de la sala; 
en esta situacion, que le permitia dirigirse 
alternativamente, sin la menor dificultad, tan- 
to á uno como á otro de sus oyentes, y á po- 
co hubo recobrado la calma que le era indis- 
pensable para resistir las preocupaciones y al- 
ternativas de su relato. 
—Cuando se hubo hecho lo mas difícil, di- 
jo, dirigiéndose á Rosmunda... cuando estu- 
vo en disposicion de escuchar, y yo mismo 
me encontré en estado de poder hablar... mi 
; Pa consuelo fué el mensaje de que me 
abiais encargado cerca de ella. Entonces me 
miró de frente, con los ojos agrandados por 
la inquietud y el temor, «¡Estaba presente su 
marido? me dijo. ¡Estaba encolerizado?... 
muy encolerizado?,.. ¡No demostraba verda- 
deramente nada, cuando recibisteis de ella 
ese mensaje para mi!—No, le he dicho, ab- 
solutamente nada, En su semblante no se ad- 
vertia la menor señal de cólera, ni de disgus- 
to. Nada que se asemejara, nada de lo que 
temes. — Y, continuó, ¡no ha habido entre 
ellos ninguna desazon ? Este nuevo estado de 
cosas ¿no ha turbado lo mas mínimo todo el 
afecto, toda la felicidad que les unia tan estre- 
chamente uno á otro! — Y yo contesté : No, no 
han tenido ninguna desazon, su felicidad con- 
tinua inalterable... Aguarda, si quieres, voy á 
buscar á la buena señorita; ella misma vendrá 
á tranquilizarte en persona, respecto á los sen- 
timientos de su buen marido... «Mientras yo la 
hablaba de esta manera, pasó por su fisono- 
mía una como si dijéramos expresion... ¡qué 
es lo que digo, expresion?... como una luz, 
como un rayo de sol. Este rayo duró el tiem- 
po de contar uno, dos, tres! y desaparece. 
El rostro vuelve á ponerse sombrío... se des- 
wia de mi, oculta la cara con la almohada, y 
veo una mano colgando al lado de la cama, 
que empieza á estrujar el cobertor. «Y bien, 
¿quedamos en lo dicho ? ¡voy en busca de la 
jovencita!» Yo me expresaba de este modo, 
pero ella: «No, no, todavía no. Yo no debo 
volverla á ver, yo no me atrevo á ello hasta 
que sepa...» Hé aquí que se detiene todavía, 
y la mano que vuelve á estrujar la ropa... 
Entonces bajito, muy bajito: «Hasta que se- 
pa qué!» le pregunté. Y me contesta: «Lo 
que yo, su madre, no puedo decir en su pre- 
sencia sin morir de vergúenza, — Entonces, 
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hija mia, le dije, ¡4 qué viene esa confesion, 
por qué? ¡No vale mas callarse?...» Pero 
ella, con un movimiento de cabeza semejante 
á este, y juntando las manos sobre el cubre- 
cama de este modo: «Es necesario que esta 
confesion tenga lugar, dijo, es necesario que 
salga de mi corazon lo que le está royendo 
hace tanto tiempo... Sin esto ¿cómo podria 
gozar de la felicidad de volverla 4 ver, sino 
despues de haber dejado mi conciencia satis- 
fecha?...» Luego se detiene, levanta las dos 
manos en alto, como yo, y se pone á decir 
en alta voz: «¡Oh! la bondad celestial, la 
misericordia de Dios no podrá inspirarme el 
modo de hacérselo saber todo á mi-hija, sin 
que tenga que decirselo yo misma?..» Y en- 
tonces yo: «Chut!, le he dicho; ese medio, 
voy yo á proporcionártelo. Cuéntale al tio Jo- 
seph, que es para tí como un padre... cuén- 
tale al tio Joseph cuyo hijo murió en tus bra - 
zos, del cual tu mano, en otro tiempo, en la . 
hóra de los pesares, enjugó las lágrimas... 
cuéntame 4 mí, hija mia, y soy yo el que 
correrá el riesgo, yo quien soportará la ver- 
gúenza, si vergilenza hay en ello, de repe- 
tir ese relato. Yo, 4 quien nada recomienda 
mas que miemblanquecida cabellera, yo que 
no tengo nadie que me auxilie mas que mi co- 
razon exento de malas intenciones... yo iré á 
encontrar á esa buena y generosa señora, y 
depondré á sus piés la preciosa carga, el do- 
lor de su madre. Pues bien, abrigo en lo mas 
profundo de mi alma la seguridad de que no 
me rechazará,» 
Aquí suspendió su relacion, dirigiendo una 
mirada hácia Rosmunda. La cabeza de la jó- 
ven estaba inclinada encima de su hijo. Las 
lágrimas se desprendian lentamente de sus 
ojos, una á una, yendo á caer sobre el blan= 
co tisú que cubria aquel sér querido, Despues 
de haberse reprimido, tendió la mano al an- 
ciano, y contestó á su mirada fija en ella con 
una mirada firme, resuelta, en la que se pin- 
taba el mas viyo reconocimiento. 
- —¡Oh! continuad, continuad... le dijo; y 
dejadme que os pruebe que no os habeis equi- 
vocado al depositar en mi vuestra generosa 
confianza. 
—Ya lo sabia tan bien como lo sé ahora, 
dijo el tio Joseph. Y cuando Sarah me hubo 
escuchado tuvo tanta confianza como yo. Ha 
cesado de hablar por algunos momentos... 
Tambien ha llorado... Luego incorporándose * 
me ha abrazado, porque yo estaba sentado 4 
su cabecera... En seguida, mirando al fondo, 
á la profundidad de ese largo pasado oculto 
dentro de si misma, muy lenta, muy tran- 
quilamente, con sus ojos fijos en los mios, su 
mano colocada encima de la mia, me dijo las 
palabras que voy á repetiros, á vos que. la 
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