Full text: 2.a série, tomo 7 (1866) (1866,7)

   
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Francisco, seducido por la hipócrita bondad 
que le mostrara Luchino, habia pur su des- 
gracia aceptado la embajada que le confió pa- 
- ra Mastino de la Scala. Ni las instancias de 
Buonvyicino, ni las caricias de su esposa, pu- 
dieron disuadirle de su proyecto. Así que par- 
tió , Margarita resolvió dejar la ciudad y vi- 
vir en el reposo del campo, por no ver el 
triunfo de los malvados, y: buscar mas fre- 
cuentes ocasiones de ejercer su caridad. 
Ramengo de Casale interpretó 6 quiso in- 
terpretar de otro modo la resolucion de Mar- 
garita. Este adulador de Luchino; de que ya 
hemos tenido ocasion de hablar otra vez, se 
presentó en el palacio de Visconti poco tiem- 
po despues de la partida de Francisco Pus- 
terla para Verona, — Señor, le dijo, Marga- 
rita se ha retirado á Montebello, y en verdad 
que no buscará la soledad sino para inspirar 
á alguno el deseo de consolarla de su desam- 
paro. ¡No la honrareis con vuestras visitas 1 
La utilidad mas directa que los malos prín- 
cipes sacan de sus cortesanos, es el que estos 
les sugieran las malas acciones que ellos me- 
ditaban de antemano, para buscar así una ex- 
cusa ante su propia conciencia. Disimulando 
sus sentimientos, Luchino aparentó no hacer 
gran caso de una sugestion que tan conforme 
estaba con sus secretos deseos; pero pocos 
o dias despues ordenó una gran caza en los 
bosques de Limbiata, 
Grande fué la turbacion de Margarita cuan- 
do le anunciaron la venida de Luchino. Ves- 
tida con la sencilla elegancia que conviene al 
campo, llena de todas las gracias de la her- 
mosura , empero grave y majestuosa, aco- 
gió con dignidad á la comitiva del príncipe 
cuando vino á descansar á su palacio. 
Por órden suya se habia provisto el come- 
dor y las despensas de exquisitos manjares 
para los señores y su séquito. Cuando hubie- 
ron tomado parte en el festin, en medio de 
la alegría y de las groseras chocarrerías de 
Grillinceryello, á las cuales"oponia Margarita 
un silencio lleno de dignidad, Luchino supli- 
có á su hermosa huéspeda le acompañase á 
admirar, solo con ella, la deliciosa posicion 
del castillo y la elegancia de su construccion. 
Consintió Margarita, y desde lo alto de las 
torres que dominaban toda la llanura, ense- 
ñó á Luchino el paisaje animado entonces por 
la gente de su comitiva, Pero la castellana 
no soltaba de la mano á su hijo Venturino y 
una grave Camarera y algunos criados, que 
la acompañaban, como para hacer honor al 
príncipe, no se separaron de ella un momen - 
to. Luchino pudo apenas decirle algunas ga- 
lanterías que Margarita aparentó recibir como 
cumplidos venales é insignificantes. Al des- 
pedirse, el principe, despues deshaber pon- 
MARGARITA PUSTERLA. 
derado la hermosura del sitio y la belleza del 
castillo, deslizó estas palabras al oido de Mar- 
garita : —En un retiro tan solitario, señora, 
seria de desear que estuvierais menos acom- 
pañada. 
El temerario creyó haber hecho compren- 
der de este modo sus deseos, y lo esperó tan- 
to mas cuanto que habia quedado prendado 
de la amable acogida que le hiciera su her- 
mosa prima. La virtud bien conocida de la 
noble Margarita, léjos de disuadirle de sus. 
odiosos designios, no hacia sino excitarle mas 
y mas á perseverar en ellos, en virtud de esa 
inclinacion del alma humana que nos incita 
á desear los obstáculos. ; 
Ramengo y los demás cortesanos no deja- 
ron tampoco de atizar la' llama, elevando á 
las nubes los méritos de aquella belleza, y la 
gracia y deferencia con que habia recibido al 
príncipe su pariente. Tan solo el bufon osó 
dirigir á su señor algunos equívocos sobre su 
. caza infructuosa y otras bellaquerías que ha- 
ciendo reir á Luchino, aguijoneaban su amor 
propio y le excitaban á avivar su pasion. 
Esta primera tentativa era como la descu- 
bierta que se hace en una plaza enemiga pa- 
ra reconocer los lugares, los campamentos fa- 
vorables y los sitios mas ventajosos para el 
asalto. Pocos dias habian trascurrido, cuando 
Luchino, acompañado de algunos de sus cor- 
tesanos mas intimos, volvió audazmente á 
Montebello. Esta visita desagradable no era 
sin embarge inesperada, 
Margarita habia comprendido demasiado el 
pérfido uso que el principe queria hacer de la 
familiaridad que los vínculos de la sangre au- 
torizaban, y de la superioridad de su rango 
y sus riquezas. Aumentaba, pues, el peligro, 
ho para la virtud de Margarita, sino para el 
reposo que iba á perder en su lucha contra 
un audaz, y en la incertidumbre en que vivia 
sobre el carácter que tomarian al fin las per- 
secuciones de su pariente. 
Un dia volvia Luchino hácia Milan calcu- 
lando los pasos que habia dado hácia el tér- 
mino de sus deseos, cuando Grillincervello le 
dijo de repente: — Mira, amo mio, mira; 
aquel es indudablemente uno de tus deudores. 
Y diciendo esto, lé mostraba con el dedo 
á un jóven que venia á escape por el ca- 
mino, y el cual así que descubrió la comitiva 
del principe, se lanzó al través de los cam- 
pos para evitar su encuentro. Era Alpinolo,, 
á quien, si el lector no lo ha olvidado, en- 
contramos en el primer capítulo de esta his- 
toria , acompañando á Pusterla; y como en 
adelante tomará una parte activa en nuestra 
narración, conviene que digamos acerca de 
él algunas palabras. 
Se le tenia por uno de esos desgraciados 
  
  
  
 
	        
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