Full text: segunda série, tomo 8 (1866) (1866,8)

    
  
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mo sin dificultad, y un cuadro bordado en ca 
ñamazo que representaba frutas, un caldero y 
un alfabeto. 
En una palabra, todos los muebles, desde 
los armarios hasta las almohadillas y los po- 
mos de las mesas de tocador, ofrecian la mis- 
ma diversidad, y solo tenian de comun entre 
sí su exquisito aseo y la profusion de hojas de 
X rosa y de naranjo que habia en cada cajon, 
Así se nos apareció por primera vez la Casa 
lúgubre con sus ventanas arrojando en las 
sombras de la noche la luz de sus bujías, con 
su llama en cada chimenea, sus hábitos de co- 
modidad, su sonido hospitalario de platos y 
«cubiertos que anunciaban la cena, el rostro de 
su generose dueño alumbrándolo todo con su 
mirada y bastante viento en el exterior para 
acompañar con su murmullo esta interior ar- 
monía. 
—Me alegro que la Casa lúgubre sea de 
vuestro gusto, nos dijo M Jarudyce condu- 
; -ciéndonos al saloncito de Eva; es una morada 
- sin pretensiones pero cómoda, y que lo será 
¿mas aun con jóvenes sonrisas y tan hermosos 
-ojos en sus: paredes. Dentro de media hora 
“cenaremos, y no tenemos ningun huésped á 
excepcion de la mejor criatura del mundo..... 
«de un niño. 
— —Ya tienes un niño á quien mecer, Ester, 
«me dijo Eya. a : 
-. —No entiendes el sentido de mis palabras, 
 sañíadió mi tutor; la persona á que me refiero 
.es un hombre de mi edad, pero no por eso 
«deja de ser un niño por la sencillez y el en- 
tusiasmo de su alma y la inocente ineptitud 
    
   
    
   
te Es músico excelente, dibuja muy 
bien, podria ejercer la profesion de artista, pe- 
«ro vive en continua holganza. Además es muy 
instruido y-su trato es amable y seductor. No 
«ha sido feliz en sus negocios, en sus empresas 
.nisen:el interior de la familia , pero ni siquie- 
- ra se acuerda de cosas tan graves que consi- 
¡dera como: bagatelas. nz 
- —¡ Tiene hijos? preguntó Ricardo. 
Sí, media docena, ocho ó diez tal vez, 
«pero munca se ha cuidado de ellos. ¿Cómo ha 
«de pensar en sus hijos si no Se cuida de sus 
«propias mecesidades * : 
—¡ Y qué ha sido de esos hijos? añadió Ri- 
¿Han podido al menos hacer carrera 
por sí propios ? en Sh 31ñ1ól 
Creo que sí, dijo M. Jarudyce cuyo ros- 
-tro se entristeció. Los hijos de los pobres no 
son educados con cuidados sino con golpes, ne 
avanzan por el sendero de la vida sino que 
“son empujados con violencia, y los. de Harold- 
Skimpole han ido dando traspiés hasta Caer en 
.el hoyo... Se vaá mudar:el viento, sí, mucho 
lo temo. ; ] 
   
  
  
  
  
servado para todas las cosas de es- 
LA CaSA 
Ricardo hizo observar que la Casa lúgubre 
estaba en efecto muy expuesta á los vientos. 
—Tienes razon, Ricardo, respondió M. Ja- 
rudyce, y es indudable que eso es la causa de 
la molestia que siento. Ven á tu aposento que 
está cerca del mio, 
Me vestí en algunos minutos, y abria los 
baules cuando una criada, que no habia yis- 
to aun, me trajo una canastilla que contenia 
dos manojos de llaves. 
—Para vos, señorita. 
—¡ Para mi? : 
—Son las llayes de la casa que me han di- 
cho que os entregase. Creo que no me equi- 
voco; ¡no sois miss Summerson 1 
—Si, respondí. 
—El manojo mayor de llaves es el de los 
cuartos y el otro el de las despensas y la bode- 
ga; mañana á la hora que gusteis os enseñaré 
las puertas y los armarios que abren. 
La dije que estaria dispuesta á las seis y 
media de la mañana. El 
Se retiró la criada, y permanecí en pié de- 
lante del canastillo, conmovida al pensar 30- 
bre la importancia de mi nuevo cargo, pero 
despues de enseñar las llayes á Eva y de re- 
vyelarle todo lo que pensaba , me manifestó tan- 
ta confianza que hubiera sido una ingratitud 
no sentirme animada. Sabia que sus palabras 
nacian de su natural bondad y condescenden- 
cia, pero me era muy grato dejarme engañar. 
Cuando volvimos á la sala fuimos presenta- 
.das:á M. Skimpole á quien encontramos con- 
tando 4 Ricardo la gran aficion que tenia al 
juego de la pelota cuando estaba en el colegio. 
Era un hombre de baja estatura, de aspecto 
vivo y desembarazado, de cabeza algo abul - 
tada, de fisonomía delicada, de voz suave, muy 
simpático, y de un carácter tan fino, amable 
y espontáneo que todas sus palabras, anima- 
das por' una jovialidad infantil, cautivaban 
completamente. Parecia tener menos edad que 
-M. Jarudyce, y mas bien me hacia el efecto 
de un jóven envejecido que de un anciano 
bien conservado; su traje participaba de la 
¡indiferencia llena de gracia que manifestaba en 
sus maneras, y sus cabellos, que le caian ne- 
gligentemente en los hombros, su corbata 
blanca y atada al descuido como la que habia 
reparado en el retrato de ciertos artistas pin- 
tados por sí mismos, me confirmaban en la idea 
que me hacia formar de un jóven novelesco, 
agostado por alguna: causa desconocida y en- 
=vejecido antes de tiempo, sin haber seguido 
la senda comun al través de los años, la ex - 
periencia y los cuidados. ] 
«Habia estudiado la medicina en su juventud 
y habia sido médico de un principe aleman, 
pero no habiendo sabido nunca nada de pesos 
y medidas, porque esto era muy antipático á 
  
 
	        
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