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— ¡Qué le sucederá ?!
Y no es su mujer la causa menos poderosa
de sus angustias; porque la necesidad de ocul-
tarle un secreto y de estar siempre alerta pa-
ra no dejarse sorprender y sonsacar, da á M.
Suagsby en presencia de su esposa el aspecto
de un perro que ha robado una tajada de car-
ne y mira de reojo para espiar la mirada del
amo.
Signos son estos muy evidentes que no se
han escapado á la penetracion de su mujer.
De este modo se ha introducido la sospecha
en Cursitor street, y como desde la sospecha
á los celos el camino es tan corto y tan natu -
ral como de Cursitor-street 4 Chancery Lane,
los celos han penetrado en casa de M, Suags-
by. Luego que han penetrado, lo cual les ha
costado poco trabajo, han despertado en la mu-
jer una actividad que nada contiene, que la
arrastra al exámen nocturno de los bolsillos
de su esposo, á la lectura de su correspon-
dencia, á investigaciones en Sus libros de
cuentas, en su escritorio y en su caja, á ace-
char por las ventanas y á escuchar por el ojo
de la llave,
Mistress Suagsby está tan alerta que se di-
ria, al oir los misteriosos crujidos del pavi-
_mento, el ruido inexplicable de vestidos invi-
sibles que frotan por las paredes y los mue-
bles, que la casa está llena de duendes; los
aprendices suponen que en otro tiempo se Co-
metió en ella algun asesinato, y Gunter, reu-
niendo los átomos dispersos de una idea que
recogió en Tooting donde revoloteaban sobre
la cabeza de log huérfanos, piensa que hay
en la bodega un tesoro custodiado por un an-
ciano de barba blanca , que está allí hace se-
tenta mil años sin poder salir porque reza al
revés el Padre nuestro.
—¡ Quién es pues ese Nemrod!? se pregun-
ta continuamente mistress Suagsby. ¡ Quién
pueden ser esa lady... esa criatura y ese mu-
chacho! « Nemrod ha muerto, á la lady no
se la puede encontrar , y solo queda el mu-
chacho sobre el cual es preciso ejercer la mas
activa vigilancia.» Pero ¿ quién es ? se repite
por milésima vez la buena mujer. ¡ Qué mis-
terio es este, Dios mio ?
Ilumina de pronto su mente una inspira-
cion que atenta contra el respeto que le in-
funde M. Chadband. El santo varon habia di-
cho al muchacho sospechoso que yolviera pa-
ra darle las señas de su casa; mistress Suags-
by lo oyó, no tiene duda, y el muchacho no
volvió, ¡ Por qué 1 ¡ Y por qué le mandó que
volviera? ¡ Ab! mistress Suagsby lo ha adi-
vinado por fin todo.
Pero afortunadamente M. Chadband habia
encontrado el dia anterior al pilluelo en la ca-
lle, y como la conversion de semejante pa-
LA CASA
gano era de un valor inapreciable y podria
formar las delicias de una congregacion esco-
gida , el santo "varon cogió por el cuello al
vago y le amenazó con conducirle á la poli-
cía si no consentia en decirle dónde vivia ó
prometia formalmente ir á la tarde siguiente
á casa de M, Suagsby. :
—Mañana vendrá, repite mistress Suagsby
“moviendo la cabeza y sonriendo con amargu-
ra, mañana vendrá, y le observaré tanto á
él como al otro. Podeis guardar vuestros se-
cretos tanto tiempo como gusteis , dice la es-
posa ofendida con desden , pero yereis que %
mí no se me engaña,
Al dia siguiente se hacen preparativos muy
sabrosos eon motivo de la visita del reveren-
do predicador , y M. Suagsby baja con la le-
vita negra al salon 4 donde llegan los esposos
Chadband algunos minutos despues. Cuando
el santo varon está saciado , los aprendices y
Gunter entran á reforzar el auditorio del elo-
cuente personaje, y detrás de ellos aparece:
Jo, el Duro de Cocer que M. Chadband pre-
tende convertir , con las orejas bajas , la ca-
beza inclinada , arrastrando una pierna des-
pues de avanzar la otra, tras un momento de:
intervalo y de vacilacion, y dando vueltas en-
tre sus mugrientas manos á la gorra,
Mistress Suegsby le lanza una mirada atenta.
Ha mirado á su marido al entrar y M. Suags-
by le ha mirado tambien. :
¡ Por qué?
Mistress Suagsby lo adivina.
¿ Porqué tiene su marido ese ademan de
confusion y hace oir detrás de su mano Una
tos de aviso ? ¿ Porqué ?
Es tan claro como la luz del dia... porque
aquel pilluelo es hijo de M. Suagsby.
— ¡La paz sea con nosotros ! dice M. Chad-
band levantándose y enjugándose el sudor
aceitoso que cubre su rostro. ¡La paz sea con
nosotros ! ¿ Y por qué, amigos mios 1 Porque:
la paz no endurece sino que ablanda los co-
razones , porque no declara la guerra como el
ave de rapiña , sino que viene á nosotros Co-
mo la paloma. Por eso , repito, amigos Inios ;
¡La paz sea con nosotros | Acércate, mucha- :
cho.
M, Chadband extiende su mano de gordura:
fofa y coge del brazo á Jo, á quien retiene
algunos instantes mientras busca donde colo-
carlo. Jo, que tiene poca confianza en las.
intenciones de M. Chadband, y que se ha
visto coger mas de una yez de aquel modo
para no temer las consecuencias de semejante
apreton, balbucea entre dientes : ,
— Soltadme , no os he hecho nada ; sol-
tadme. ,
—No , amigo mio, no quiero soltarte, res-
_ponde M. Chadband con dulzura. ¡ Y por qué