Full text: segunda série, tomo 8 (1866) (1866,8)

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522 HISTORIA 
<ion, y Zebedé que marchaba á mi lado me refe- 
ria todo lo que habia pasado despues de la ba- 
talla de Lutzen : las grandes victorias de Baut- 
zen y Wurtschen; las marchas forzadas para 
alcanzar al enemigo que emprendia la retira- 
da; la esperanza. que tenian de llegar hasta 
Berlin. En seguida se hizo el armisticio , du- 
rante el cual se acantonaron en las aldeas; 
«despues llegaron los veteranos de España, 
hombres terribles, acostumbrados al pillaje y 
que enseñaban á los jóvenes á vivir sobre el 
país. 
Desgraciadamente al terminar el armisticio 
todo el mundo se declaró contra nosotros ela 
gente del país nos tenia horror, cortaban los 
puentes luego que habíarmos pasado, avisaban 
á los prusianos, á los rusos y á los demás 
enemigos de todos nuestros movimientos , y 
«cada vez que sufríamos algun contratiempo, 
en lugar de auxiliarnos procuraban causarnos 
mayores perjuicios. La temporada de las llu- 
vias habia acabado de anonadarnos, El dia de 
la batalla de Dresde lloyia con tal fuerza que 
al emperador le colgaba el sombrero sobre los 
hombros; pero cuando se logra la victoria es- 
tas cosas hacen reir: se tiene hasta calor; lo 
peor de todo es cuando se sufre una derrota, 
que ha de correr uno por el barro teniendo á 
sus espaldas húsares, diagones y ginetes de 
toda clase, y que cuando de noche ve á lo lé- 
jos una luz no sabe si ha de ayanzar Ó pere- 
cer bajo la lluvia. E e : 
Zebedé me contaba todo esto con sus por- 
menores, y me decia que despues de la vic- 
toria de Dresde ,-el general Vandamme que 
debia cortar la retirada á los austriacos , ha- 
bia penetrado por la parte de Kulm en una 
especie de embudo, á causa de su extraordi- 
nario ardor, y que aquellos á quienes había-- 
mos derrotado la víspera cayeron sobre él por 
todos lados haciéndole prisionero junto con 
otros varios generales y destruyendo su cuer- 
po de ejército. Dos dias antes , el 26 de agos- 
€, habia sucedido una cosa igual á nuestra 
division, lo mismo que á los 59, 69 y 110 cuer- 
pos de ejército en las alturas de Lowenberg. 
Debíamos en este punto destruir á los pru- 
sianos, pero por un falso movimiento del ge- 
neral Macdonald, el enemigo nos sorprendió 
en el hueco de un barranco con nuestros Ca- 
ones atascados en el barro, nuestra caballe- 
ría en desórden y la infantería que no podia | 
hacer fuego á causa de la lluvia; sin embargo . 
se defendió á la bayoneta, y el tercer batallon 
llegó , perseguido por los prusianos, hasta el 
rio Katzbach, donde Zebedé recibió de un 
granadere dos culatázos en la frente. La cor- 
riente le arrastró en tanto que sostenia en sus 
brazos al capitan Arnould, y los dos hubieran 
perecido si el capitan no hubiese tenido la 
suerte en noche tan oscura de agarrarse á la 
rama de un árbol que estaba en la orilla 
opuesta, logrando salir del agua. — Zebede 
me dijo que toda aquella noche, á pesar de 
la sangre que le manaba de la nariz y de las 
orejas, habia caminado hasta la aldea de Gold- 
berg, anonadado por el hambre, la fatiga y. 
los culatazos, y que un carpintero se habia 
compadecido de él y le habia dado pan, ce- * 
bolla y agua. Contóme luego que el dia si- 
guiente toda la division , seguida de otros 
cuerpos de ejército, marchaba a la desbandada 
campos ú través sin recibir órdenes, porque 
los generales, los mariscales y todos los ofi - 
- ciales montados habian huido lo mas léjog po- 
sible por temor de caer prisioneros, Me ase- 
guró que cincuenta húsares los hubieran co- 
gido uno tras otro, pero que felizmente Blu - 
cher no habia podido atravesar el rio desbor - 
dado, de modo que habian logrado reunirse 
en Wolda, donde los tambores de todos los 
cuerpos tocaban la llamada de su, regimiento 
en todos los ángulos del pueblo, Por este me- 
dio los soldados se reunian con su respectivo 
regimiento siguiendo á su tambor. 
Lo mas singular en esta derrota es que Un 
poco mas allá, en Bunztlau, los oficiales 8u- 
- periores se habian tambien reunido, sorpren- 
- didos de tener aun batallones que mandar, 
Esto es lo que me refirió mi camarada, sin 
hablar de la desconfianza que debian inspirar 
nos nuestros aliados quienes de un momento á 
otro no dejarian de echarse sobre nosotros. 
Me dijo que los mariscales Oudinot y Ney ha- 
bian sido tambien derrotados, el uno en Gross 
Beeren y el otro en Dennewitz, y que era eso 
muy triste, porque en esas retiradas los re- 
clutas morian de extenuacion, de fatiga y de 
miseria , y solo podian resistir tan grandes fa- 
tigas los veteranos de España y de Alemania, 
—Por último, me dijo Zebedé, todo se re- 
bela contra nosotros: el país, las continuas 
lluvias y nuestros mismos generales, cansa- 
dos de la vida que llevan, Los unos son du - 
ques, y principes, y se fastidian de estar Siem- 
pre sobre barro, en vez de sentarse sobre si- 
llones; y los otros, como Vandamme , quie- 
ren á toda prisa el baston de mariscal, y para 
lograrlo se arrojan á cualquier empresa por 
temeraria que sea, Nosotros pobres diablos 
que no vamos á ganar otra cosa sino quedar 
inútiles para el resto de la vida , y que somos 
hijos de labradores y de obreros que se batie - 
ron para abolir la nobleza, es menester que 
muramos para crear otra nueva. ] 
Estas palabras me hicieron comprender que 
los mas pobres, los mas desgraciados no son 
siempre los mas tontos, y que á fuerza de su- 
frir se llega á conocer la triste verdad. Pero 
yo no dije nada, solo suplicaba al Señor que 
SS 
  
y 
 
	        
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