Full text: Gwen Ween, ó, La heredera

  
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GWEN WEEN Ó LA HEREDERA. : 925 
En los bolsillos de su casaca, casi tan grandes 
como un morral, se distinguen dos protuberan- 
Clas : es el regalo de que acaba de hablar Rogerio, 
consistente en un salmon de tres ó cuatro libras, 
y un hermoso faisan. 
Despues de saludar á las tres personas, Cora- 
cle Dick se dispone á descubrir el regalo, pero 
Rogerio le detiene diciendo : 
—-¡Esperad ! hay cosas que no se deben ver á 
la luz del sol. Si pasara por aquí alguno de los 
guardas de Llangorren y viera eso, podriamos 
quedarnos en ayunas. Esos hombres tienen ojos 
de lince, sobre todo en un dia tan claro como el 
e hoy; y porlo tanto, amigo Coracle, mejor 
será que lleveis eso á la cocina. 
El cazador furtivo se dirige á la casa, y entra 
po la puerta que hay detrás, mientras la señora 
Murdock lo hace por la principal, para dar sus 
Instrucciones sobre la comida, sin la intencion de 
restar su auxilio, pues á pesar de la pobreza de 
a casa de Glyngog, no falta cocinera. 
Murdock y el escribano continúan en el mismo 
  
sitio, y el primero ofrece al segundo un poco de 
aguardiente. Rogerio acepta gustoso, pues aun- 
que francés, bebe como un aleman. y 
Despues de hablar un momento sobre cosas 
“indiferentes, porque Murdock no parece dispuesto 
á volver á tratar del asunto que mas le preocupa, 
Rogerio se acerca mas á él y le dice: 
—¡Pardiez! diríase que allá abajo se divierten 
mucho; mirad cuántas lujosas señoras hay en 
Llangorren. ¡Brillante sociedad! no dudo que 
formará parte de ella el caballero del kepis blanco, 
quien seguramente estará conquistando á la here- 
dera, para ser cuanto antes el dueño de Llan- 
gorren. 
—¡Eso nunca! exclama Murdock, añadiendo 
esta vez una blasfemia. ¡Jamás mientras yo viva! 
Cuando muera..... 
—¡La comida! interrumpe una voz de mujer 
desde la casa. 
—La señora nos llama, dice el escribano; mien- 
tras se trincha el faisan podreis completar vues- 
tro pensamiento. ¡Vamos! 
  
Glyngog. 
- CAPITULO XIII. 
ENTRE FLECHAS. 
Los convidados á la fiesta campestre cuya pri- 
Mera parte consistirá en lucir su destreza las Dia- 
has cazadoras, tirando al blanco con sus flechas, 
han llegado casi todos. 
El ejercicio ha comenzado ya; media docena 
de flechas, silbando al cruzar el aire, han tocado 
en el blanco. 
Solo un reducido número de señoritas compi- 
£n para alcanzar el primer premio, y cada cual 
tiene á su lado algun caballero que hace las ve- 
Ces de paje. 
wen tin! como es natural, toma parte en 
aquella lucha: tan diestra para manejar el arco 
como el remo, y siendo ya en el condado una ce- 
lebridad como arquera, por haber obtenido ya va- 
rl0g premios de su club, dedúcese casi con seguri- 
ad que ella alcanzará la victoria. 
ln embargo, sus competidoras comienzan á 
Observar muy pronto que tiene mal dia: no dis- 
Para las flechas con su acostumbrada habilidad y 
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buen acierto; parece que está preocupada y sus 
ojos se fijan continuamente en los diversos gru- 
pos, cual si buscaran alguna persona. —_ 
La sociedad es considerable; entre señoras y 
caballeros se han reunido lo menos cien indiví- 
duos; y habiendo tanta gente, bien puede pasar 
una persona desapercibida. Gwen espera sin 
duda á alguno que no ha llegado todavía; y sus 
miradas se dirigen de preferencia hácia el em- 
barcadero, como si el personaje á quien aguarda 
debiera llegar por aquel camino. Diríase que 
la heredera está impaciente; cada vez que mira, 
sin ver lo que desea, sus OJOS expresan la inquie- 
tud y el enojo. 
No falta quien observa todo esto: junto á ella 
hay un caballero que lo vé y sospecha, sin duda 
con profundo sentimiento, la causa del malestar. 
Es Jorge Shenstone que hace las veces de paje, 
presentando á la dama las flechas que debe dis- 
parar. Tampoco el caballero cumple sus deberes 
con la precision y oportunidad requeridas, sino 
que parece estar algo torpe; diríase que se halla 
igualmente preocupado é inquieto, puesto que 
dirige la vista á todas partes; si bien se fija de 
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