Full text: Una boda aristocrática

  
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12 BIBLIOTECA ILUSTRADA DE TRILLA Y SERRA. 
— ¿Cuáles son? No me las habeis dicho. 
—¡0h! son varias; algunas de ellás bastante vi- 
sibles. Cosas de esa quijotesca señora que tanto 
tiempo ha estado haciendo los honores en Llan- 
gorren. 
— ¡Ah! la señora Linton. ¿Y cómo ha inter- 
pretado el asunto? 
— Ya os lo diré despues que haya comido y be- 
bido algo. Olvidais sin duda, Olimpia, que he es- 
tado todo el dia en la vivienda del cazador, quien 
ocupado deotro modo hace algun tiempo, no tenia 
en su casa ni un mísero conejo. Cierto que des- 
pues he ido á una hostería, pero no he tomado 
nada en ella. ¿Qué teneis ahora para recompen- 
sar mi abstinencia? 
—Entrad, contesta Olimpia alejándose con 
Murdock del pórtico, donde han conversado 
hasta entonces, y conduciéndole al comedor. 
¡Mirad! 
Complácele á Murdock el aparato, aunque no 
le causa la menor sorpresa, pues ya sabe de dónde 
viene todo, así como tambien que se trata de ha- 
cerun sacrificio al sol naciente; pero tampoco 
ignora con cuál deberá corresponder: nada menos 
que con la cesion de una tercera parte del domi- 
nio de Llangorren. 
—Querida Olimpia , dice Murdock á su esposa 
al hacer esta reflexion, veo que todo esto nos cos- 
_tará muy caro, pero supongo que no habrá mas 
remedio que resignarse. 
—Ninguno, contesta Olimpia , que comprende 
todas las circunstancias mejor que Murdock; he- 
mos hecho el contrato, y á él debemos atenernos; 
si faltásemos, ya no se trataria de una cuestion de 
propiedad, sino de salvar la vida; no estaria se- 
gura la de los dos ni una sola hora, pues la 
sociedad secreta á que pertenece Rogerio nos 
perseguiria por todas partes. 
— ¡Infame canalla! exclama Murdock sentán- 
dose al fin á la mesa. 
-- Sin duda tiene mucho apetito, porque mas 
bien que comer, devora, y bebe además copiosa- 
mente. Ha terminado su tarea del dia, y juzga 
-que puede permitirse este regalo. 
Durante la cena refiere á Olimpia todos los 
detalles acerca de cuanto ha hecho y oido, dando 
á conocer entre otras cosas las razones que ha 
tenido la señora Linton para proceder secreta- 
mente á las pesquisas. 
—j¡ Grandisima necia! exclama al concluir el 
relato ; creyó que mi prima se habia escapado 
con el capitan de húsares, y aun es capaz de 
creerlo. ¡Já, já, já! ya pensará de otro modo 
cuando vea el cuerpo que sacarán del agua. Esto 
zanjará la cuestion. 
Olimpia Regnault se retira al fin á descansar, 
y durante mucho tiempo no puede conciliar el 
sueño , al pensar que dentro de poco cambiará el 
mísero lecho de Glyngog por uno espléndido en 
la casa de Llangorren. : : 
CAPITULO VII 
IMPACIENCIA. 
Jamás hombre alguno esperó con tanta inquie- 
tud como el capitan Ryecroft la correspendencia 
que procedente del Oeste se distribuye por la 
mañana en Lóndres, porque en ella debe venir 
una carta de cuyo contenido depende su suerte, 
asegurando su felicidad ó haciéndole desgraciado 
para toda su vida : si esta carta no llega se habrá 
desvanecido su última esperanza. 
Inútil parece decir que la misiva esperada tan 
impacientemente es la contestacion á otra suya, 
la que escribió en Hereford , enviándola al correo 
antes de marcharse. 
Veinte y cuatro horas han trascurrido desde 
entonces , y ahora, en la mañana siguiente, se 
  
halla en Lóndres, en el hotel de Langham , dol: 
de debe recibir la contestacion, si hay alguna. 
Ya se ha informado de las horas á que'llega él 
correo y de aquella en que se hace la primera dis 
tribucion de cartas en el distrito metropolitano: 
esta última se efectúa con anticipacion en Lang 
ham, porque oficina de correos y telégrafo dentro 
del edificio; este suntuoso establecimiento, que DO 
conoce rival en cuanto á comodidades, se halla 
en comunicacion directa con todas las partes de 
mundo. 
Son las ocho de la mañana, y el ex-capitan del 
húsares se pasea inquieto por delante de la pue! 
ta del reducido despacho del empleado de correo, 
esperando la llegada del cartero. 
Es un hecho positivo, aunque por demás en0 
joso, que cuando se espera con gran impaciencia 
una persona ó una cosa, parece que siempre tal”. 
da mas en llegar. Ni aun los carteros son siemp! 
puntuales, como puede reconocer Ryecroft: * 
amable y activo individuo que viste la levita Co) 
botones dorados y bocamangas rojas, y corre d 
puerta en puerta sin detenerse apenas, no Jleg! 
aquella mañana á Langham hasta muy cerca de 
las ocho y media. La niebla es muy densa y * 
piso de las calles está muy resbaladizo, lo cual é 
ya una razon para justificar la tardanza. 
Colocando su saco en la tabla que sobresale de 
la ventanilla del despacho, y echando alli el col! 
tenido, el cartero sale presuroso para dirigirse 
otro punto. « 
El capitan Ryecroft mira con mal content b 
impaciencia cómo el empleado reparte en mont j 
nes las cartas, que llevan sellos de muchas ciu 4 
des y países, de casi todos los puntos civilizadO') 
del globo; y que seguramente excitarian la Co 
cia de los aficionados á formar colecciones co 
esos pedacitos de papel que representan la imágW: 
de un soberano. 30 
Sin dar apenas tiempo al funcionario para de 
positar las cartas en sus respectivos compar 
mientos, Ryecroft se acerca á él, y pregúnta, 
si hay alguna á su nombre, dando á conocer est hb 
al mismo tiempo. al 
—Ninguna, contesta el empleado, despues d 
examinar todas las cartas que están en la casill 
correspondiente á la letra K. A 
Al oir esto, aléjase el capitan con aire de enoj” 
la negativa denota que no se ha escrito contest! 
cion, y esto le irrita en extremo, pues arécell. 
que con ello se le hace sufrir una segunda hum 
llacion, despues de haber perdonado él la pY* 
mera. | 
Ya no se rebajará mas, ni dispensará el agravi” 
esta es su última resolucion , adoptada al sub 
la escalera que conduce á su cuarto, para hace! i 
al punto sus preparativos de viaje. al 
El vapor que presta el servicio entre FolkestoW” 
y Bolonia es tardío: al consultar la Guia, el cap! 
tan vé que no saldrá hasta las cuatro de la tard% 
y de consiguiente, aun puede disponer de va! 
horas. 
¿En qué las ocupará? No tiene el menor des 
de divertirse; nada de lo que hay en Lóndi* 
bastaria para distraerle, ó consolarle un solo 1 
mento. ye 
¿Dónde irá despues? Lo mejor es dirigirse y 
París, y así lo hara. Muchos hombres, y tambié 
mujeres, han sepultado allí sus pesares, depor 
tando demasiado á menudo en la misma tumba”. 
inocencia, su honor y su reputacion. En la 6p0 A 
de Napoleon el Pequeño se pudo formar alli Y. 
gran cementerio para los que llegaron á tan tre | 
estado; hombres que entraron en la gran capta 
puros y sin tacha, se rebajaron tanto como *.. 
mismo régimen imperial de entonces. "o 
Podria suceder que tambien el capitan sucU di | 
biese á tan maléfica influencia, y nada mas 4.2 
  
  
  
> 
  
  
atendido el estado de su espiritu. No seria el y” 1 
sd
	        
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