Full text: Una boda aristocrática

  
  
48 BIBLIOTECA ILUSTRADA DE TRILLA Y SERRA. 
es una coincidencia extraordinaria. ¡Bolonia, Bo- 
lonia! 
—Si, capitan, la balandra era de aquel puerto; 
y allí voy yo. 
—Y yo tambien, Jacobo; iremos juntos. 
CAPITULO XXXIL 
PLAN SECRETO. 
— Ya se ha marchado; ha desistido, y podeis 
daros por muy contenta, señora. 
Así dice Rogerio al entrar en la sala de la casa 
de Llangorren, donde se balla la señora Murdock. 
—¿Cómo, Rogerio? ¿(Quién se ha ido? 
—El capitan. 
—¡Ah! exclama la señora Murdock con aire 
de satisfaccion. ¿Estais seguro de ello? La noti- 
cia me parece demasiado buena para ser cierta. 
—Pues lo es; no tengais duda que ya está fuera; 
mas no podré aseguraros si es para siempre ó no, 
Debemos esperar lo primero. 
—Lo deseo con toda mi alma. 
—Bien haceis, señora, porque era mas temible 
ese perro de caza que todos los demás. Sin embar- 
go, aun no podemos darnos por seguros del todo, 
á menos que, hallando fria la pista, renuncie del 
todo á la persecucion, segun espero que suceda, 
gracias á mi pequeño trabajo en la roca. No fué 
poca fortuna haberle sorprendido yo cuando 
practicaba su reconocimiento, y me parece que 
estuve oportuno con mi estrategia. ¿No os pa- 
rece así, amiga mia? 
—Magnifico; desde el principio hasta el fin, 
habeis probado que sois un hobbre hábil, estima- 
do Rogerio. 
— Y digno de Olimpia Regnault. ¿No es así? 
— Muy cierto. 
— Gracias; esas palabras son muy satisfactorias 
para mi, y vuestro esclavo reconoce que no ha 
trabajado inútilmente; pero aun hay mucho que 
hacer antes de llegar con nuestro buque á puerto 
seguro, y es necesario no dormirse un instante, 
porque ya tengo vivos deseos de disfrutar un poco 
de la vida. Figuraos que nuestro buque se halla 
rodeado de rompientes, en las cuales podríamos 
naufragar de un momento á otro; y tened en 
cuenta que el capitan Ryecroft no era, ó no es la 
única. 
—¿Aludís acaso al cazador furtivo? 
—No, no, de él no se debe temer lo mas míni- 
mo; tengo sus labios sellados, por una cuerda que 
le he puesto al rededor del cuello, y cuyo lazo 
corredizo puedo estrechar cuando sea necesario. 
(Quien mas ime inquiete es vuestro señor esposo. 
— ¡Cómo! 
— Afortunadamente, la señorita que sabeis no 
tenia parientes muy cercanos en la linea de varon, 
ni persona alguna que se interesase mucho por 
su suerte, como no fuera su novio y aquel otro 
pretendiente rústico llamado Shenstone. De este 
último no se debe hacer caso, pues aunque sospe- 
che, no tiene la suficiente destreza y talento para 
descubrir un plan tan bien combinado como el 
nuestro. En cuanto al ex-capitan de húsares, es- 
peremos que se ha entregado á la desesperacion, 
volviendo adonde antes se hallaba. No es poca 
suerte tambien que no tuviera en Hereford ami- 
gos intimos ó conocidos, pues de otro modo no 
habria sido acaso tan fácil desembarazarnos de él. 
— ¿Y creeis que se haya ido de hecho? 
— Yo si, Óó por lo menos asi lo parece, pues se 
ha llevado todo su equipaje, segun me ha dicho 
un Criado de la casa, con quien estoy en inteligen- 
cia. Se tambien que en la estacion tomó billete 
para Lóndres, aunque esto no significa gran cosa, 
porque bien podia dirigirse á cualquier otro pun- 
to. Yo éspero que habrá emprendido un viaje de 
circunnavegacion. 
  
No estaria Rogerio tan satisfecho si supiera que 
al tomar el capitan su billete, preguntó si podria 
trasladarse directamente á Bolonia; y mucho 
menos si hubiera visto que en vez de un billete 
se tomaron dos, uno de primera clase para el ca- 
pitan, y otro de segunda para el barquero Win- 
gate, quienes viajaban juntos, aunque en coches 
separados, como para dar á conocer su distinto 
rango en la vida. | 
No sabiendo nada de esto, Rogerio está muy 
satisfeeho, al pensar que en la partida jugada por 
él tan habilmente ha desaparecido otro peon ene- 
migo del tablero de ajedrez. Apenas queda ya 
ninguno ; la reina, los alfiles, los caballos y las 
torres han desaparecido tambien, y solo queda el 
rey, pero vacilante, porque Lewin Murdock, que 
es á quien se refiere Rogerio, se ha dado á la be- 
bida de una manera espantable. 
— ¿Ha firmado el testamento? pregunta Rogerio 
despues de una breve pausa. 
—Si, contesta la señora Murdock. 
— ¿Cuando? 
— Esta mañana, antes de salir; el notario vino 
ya con los testigos para..... 
—-Ya sé todo eso, interrumpe Rogerio, pues yo 
mismo los envié; pero veamos el documento. 
¿No lo teneis aquí? 
—Si, contesta la señora Murdock, sacando el 
objeto pedido del cajon de una mesita. Tomadlo. 
Asi diciendo, extiende el testamento, no para 
leer lo escrito, sino para examinar las firmas. 
Harto sabe Rogerio el contenido, puesto que él 
mismo le ha dictado. 
Es un testamento hecho por Lewin Murdock, 
y segun el cual lega el dominio de Llangorren, 
como único poseedor con derecho á disponer de 
él, á Olimpia Regnault. En caso de morir ésta, la 
herencia debe pasar á sus hijos, si sobreviene al-- 
guno; y de no á Rogerio el escribano. Si no exis- | 
te ninguno de estos herederos los bienes se cede- 
rán al convento de X....., en Bolonia (Francia). 
—Por esta última cláusula, dice la señora Mur- 
dock á Rogerio, el convento de Bolonia debe 
estaros muy agradecido, ó por lo menos la Su- 
periora. 
—Asi lo creo, contesta el escribano, sonriendo 
irónicamente; mas por desgracia para ella, la re- 
version de los bienes me parece muy lejana; y 
teniendo que pasar estos por tantas manos, no 
quedará seguramente mucho para la Superiora. 
Sin embargo, añade despues de una pausa, y 
con tono mas grave, si no se adopta alguna me- 
dida para poner coto á lo que sucede, no quedará 
gran cosa del dominio de Llangorren para nadie, 
ni aun para vos, señora. Entre los dedos del ca- 
ballero Murdock, siempre con los naipes á vuel- 
tas, todo esto se derretirá como la nieve á los 
rayos del sol en la falda de una colina. Tal vez en 
este mismo instante suceda ya algo de esto. 
— ¡Dios mio! exclama la señora Murdock con 
aire inquieto. ¿Creeis que tan grave sea el peli- 
gro? . 
— No extrañaria, continúa Rogerio, que hoy 
mismo se leescaparan áLewin Murdock cuatro ó 
cinco mil duros de entre las manos. Cuando salí 
de Ferry estaba en el Arpa Irlandesa, segun me 
han dicho, despilfarrando las monedas de oro; y 
ahora mismo, rodeado de esos tahures que for- 
man su camarilla, no hay duda que pierde todo 
cuanto juega, porque los caballeros de industria 
que son sus amigos, no desperdiciarán tan buena 
ocasion. Si no ponemos fin á esto muy pronto, 
lo que heredeis no bastará ni para pagar ese pe- 
dazo de pergamino. ¿Me habeis entendido, amiga 
mia? 
—Perfectamente; pero ¿cómo se ha de poner 
remedio al mal? En cuanto ámí, no me ocurre 
nada. ¡Teneis alguna idea! 
Al hacer la aventurera esta pregunta, se inclina 
  
  
  
 
	        
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