LA RESURRECCION DE ROCAMBOLK
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tan frecuentes deserciones, acababa de tomar
- Va medida terrible, decretando que los deser-
lores no fueran fusilados como los demás pri-
Sioneros de guerra, sino que habian de ser gui-
Otinados, :
o IQué tiemposl—exclamó el viejo coronel
e escuchaba atentamente la narración del
Stneral,
—El desgraciado Ancel—dijo el general ter-
-—Miaando su historia—fué guillotinado,
La baronesa fué sobrecogida de un temblor
Nervioso, que no pudo disimular.
; El vizconde de la Morliere, que la observa-
ba, no pudo menos de fruncir las cejas. '
Les diez dieron en el péndulo,
E! cura de Bellefontaine se levantó,
—¡Cómo, capellánl—dijo el general; —¿partís
esta hora?
—Sí, señor marqués,
—Sabéis que aquí tenéis siempre aloja-
Miente,
Muchas gracias, señor marqués. Si hiciera
tl mal tiempo de la última noche aceptaría con
Mucho gusto; pero hace luna; el aire es tibio
- £0mo en Setiembre y tengo que decir misa ma-
Dana temprano, misa de requiem.
—¿Habéis traído la mula?
—SÍ; señor,
—Primos—dijo el vizconde de la Morliere mi-
Pando sucesiva mente al barón de Passe=Croix
-—Yal caballero de Morfontaine, voy á haceros
Wa proposición,
Habla, vizconde,
—¿Vamos á acompañar al capellán hasta mi-
tad del camino?
-—Con mucho gusto.
—Partamos, pues,
---—Mis sobrinos—dijo el general sonriendo, —
20% verdaderos parisienses... son noctámbulos.
Y yo, mi general, os pido permiso para re-
- Urarme—dijo á su vez el viejo coronel:—he pa-
Sade la última noche á caballo y...
Diana había dominado su emoción. S
Lueyo que el cura y los tres jóvenes partie-
Pon, el general llamó.
—Conducid á estos señores á sus habitacio-
Nes—dijo al criado que se presentó. se
Ll mismo general tomó una luz para acom-
Pañar á su antiguo camarada,
-. Entonces el joven capitán de húsares se
mo có sin afectución á la baronesa y le dijo en
de Jaja: z ,
b —Senora, me atrevo á suplicaros tengáis la
Yo
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A :
y Diana le miró con extrañeza al principio, y
das : Sá
e con una especie de terror vago é inde-
iba.
—Hablad, caballero—balbuceó la viuda;—mi
2dre ba salido y estamos solos.
—Señora—dijo el capitán con voz alterada, —
£hdad de eoncederme un momento de entre-.
Y ua pobre soldado de dortuna, Cuyo NONA- |
bre debe serós bien conocido... me llamo Caro
los Aubin,
Diana se ruborizó.
—Os engañais, capitán; yO..
—No, señora—repuso el capitán en voz más
baja aun—y el rubor que sube á vuestra frente
me está diciendo que habéis adivinado en mí
un amigo.
—Caballero...
—Señora baronesa, yo he estado de guarni-
ción en Puitiers y era su amigo íntimo.
Diana se puso roja, E
—Soy el único—continuó diciendo el capitán
—el único á quien él hxtya confiado sus dolores
primero, sus esperanzas y alegrías después.
Hemos dormido juntos en los desiertos del Afri-
ca; éramos como hermanos, ¿Podía tener yo se-
cretos para él ni él para mí?
—¡Ahl ¡callad por Dios!l—exelamó la baro-
nesa llena de confusión y espanto.
—Perdonadme, señora, perdonadme; pero yo
debo hablaros de él; es preciso. :
“El acento del capitán dominó á Diana y ba-
jólos ojos.
—Os escueho—balbuceó.
Entonces el capitán se inclinó y le dijo en
voz tácita; * ;
—Senora, conozco á Héctor, es bravo hasta
la temeridad; os ama hasta el delirio... y estoy
convencido de que hace diez leguas todas las
noches por...
—¡Ah, callad! caballero, callad...
—Señora, si le amáis, exigidle que no vuelva
más aquí... que abandone la Francia, pues creo
desesperada su Causa,
—¡Ahl caballero; Héctor tiene una voluntad
de hierro y un corazón de león—contestó Diana
suspirando. .
—fs preciso, sin embargo, que yo os diga
esto, senora,
—¡Dios mío! ¿Qué tznéis que decirme?
—Héctor, señora, busca la muerte, si viene
| aquí.
—¡Ah!
ha coronel ha: recibido esta noche pasada
órdenes terribles del ministro de la Guerra. La
deserción del comandante Main-Hardye ha pro. .
vocado las iras del gobierno, y ol despacho
que el coronel ha recibido es breve... pero es-
pantoso. es
—¡Dios mío!
—«Si el comandante Main-Hardye—dice el
ministro--cae en vuestras manos, tenéis cia
días para fusilarlo.» , :
— ¡Jesús! —exclamó Diana estremeciéndose
profundamente y volviendo á su temblor ner-
vioso, Si
—Bien comprenderéis, señora—repuso el ca.
pitán,—que ni yo, ni el coronel, ni ningún ofi.
cial del cuerpo procuraremos prender á Héc-
tor. Pero puede caer en manos de uno patrulla.
y... ¡por Dios, señora, y Por vuestro amor, 6Xi-=:
gidlel..- :
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